Norma Nivia

Libano, Tolima

Modelos, Actores (Pasarela, comercial, artistica)

Personaje

 

Norma Nivia Giraldo

Modelo, actriz

Ver: Imágenes en ColArte

en las más sexies

 
 
Líbano, Tolima

Actriz, filmografía

  1. Cuando vivas conmigo (TV - 2016)
  2. Si me estima (teatro - 2015)
  3. La suegra (TV- 2014)
  4. Los espías de Dios (2013) 
  5. Todas para uno (2013)
  6. Mentiras perfectas (TV - 2013)
  7. Chica Vampiro (TV .2013)
  8. La Madame (TV - 2013)
  9. La viuda negra (TV - 2012)
  10. Correo de inocentes (2011) ... Fernanda
  11. Kdabra  (2009) ... Marissa Rodriguez
  12. Victorinos (TV 2009)
  13. Nuevo rico, nuevo pobre (2007) ... Paulina
  14. "Zona rosa" (2007) TV series .... Victoria Castillo
  15. El pasado no perdona
  16. Yo soy Betty, la fea
  17. Historias de hombres, solo para mujeres
Personal
  1. "Isla de los famosos - Colombia, La" (2004) TV series

 

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Parace una mujer sin demasiadas presunciones, pero cuando salta a la pasarela o posa frente a una cámara se transforma: es camaleónica.  Una mezcla de misterio, frescura y sensualidad la envuelve.  Su figura de 1.79 m y su rostro de enormes ojos verdes se volvió familiar gracias a Betty la Fea, pues es la modelo que aparece en el cabezote de la exitosa novela.  Nacida en Líbano, Tolima, Norma Nivia, 21 años, ha sido imagen de Guess, Oscar de La Renta, Giovanni Scutaro, Versace y Louis Vuiton, entre otras marcas.  En agosto de 2001 toma parte del séquito de modelos que participarán en el Morumbi Fashion en Sao Paulo, Brasil.

Tomado de la Revista Alo, No.327, abril 6 de 2001

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Esta tolimense comenzó a los 17 años.  Hoy tiene 26.  En el 2001 participó en comerciales de Pepsi y Doritos, en México.  Ha desfilado para Carolina Herrera, Dior, Chanel y Angel Sánchez.  Protagonizó una campaña de la revista Bazar y modeló en España, en la pasarela de Cibeles.  Woman, de Hugo Boss, es su fragancia preferida, rumbea en Cha Cha.  Se destaca por su expresividad en pasarela

Tomado de la Revista Alo, Edición No. 437, 19 de agosto de 2005

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  Es el perfecto ejemplo de una modelo. Con sus 1,82 metros de estatura y sus 60 kilos de peso, es el cuerpo y la cara de las pasarelas. Prácticamente ubicua en este último año en cuanto desfile hubo, esta tolimense deslumbró en cada aparición y en el Círculo de la Moda se destacó y fue una de las favoritas de los diseñadores. Además su rostro estuvo en las prestigiosas publicaciones de moda y los periodistas especializados la califican como `la mejor pasarela:

Tomado de la Revista Carrusel No.1375, 14 de julio de 2006

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Modelo para armar

por Iván Beltrán

Sus ojos son raros y devoradores, como si todo el tiempo estuvieran atestiguando un prodigio. Algo tiene de actriz del cine mudo, algo de lánguida belleza neo-romántica, un toque equívoco de ambigüedad sensual que los malintencionados calificarían de sáfico, un extrañamiento adorable que la emparienta con las bellas dementes de los manicomios, y algunos de sus rasgos semejan los de las heroínas de la pintura surrealista de René Magritte o Paul Delvaux. Pero también es una mujer muy moderna, digna de las metrópolis atafagadas de edificios y de carros voladores que se anuncian en el porvenir. Aunque es una modelo de aparición reciente –su primer desfile grande ocurrió en Medellín en agosto de 1997– es quizá la más cotizada, la más deseada, la más buscada y la más calumniada de la hora reciente. 

Siempre pensó, desde los tiempos en que era una niña y miraba a hurtadillas los bailes y los rituales de los adultos en los grandes salones del Líbano, su población original en el norte del Tolima, que el hombre se ve tan desamparado y absurdo y extranjero porque perdió la desnudez, y desde entonces carga con el estigma de una culpa indescifrable y ardiente. Por eso cuando se vio ante la posibilidad de recuperar, gracias a unas fotografías, aquel edén abolido, no puso reparos sino que se convirtió en la cómplice de su propio fulgor. Sencillamente escogió la lente, el periodista y el medio de comunicación que le parecieron más apropiados para su ejercicio de rebeldía inocente.  

Así fue feliz mientras se realizaba el trabajo, comparándose con los árboles, levitando suavemente entre el trigo, imitando el contoneo del viento, estirando sus brazos delgados y hermosos como llamando a los pájaros para que aniden en ellos, convirtiendo su espalda de huesos extraños y protuberantes en un fragmento del paisaje, copiando a las tiránicas fuerzas naturales y exhibiendo sin pudor ni sonrojos los senos que se regaló hace dos años por medio de una cuidadosa y triunfal cirugía plástica y que son redondos y perfectos como frutas tropicales. Esos senos, dice, la enorgullecen porque antes se sentía en el cuerpo de un niño imberbe y pensaba, no sin molestia, que tenía el mismo pecho de su padre.  

“Pero lo que busco con este trabajo es convertirme en cero mamacita, cero motivo de ensueños paganos y antítesis del símbolo sexual, tan natural como un arroyo y lejana a la pose del erotismo barato que no me interesa, así como no me interesa ser un artificioso fenómeno de masas, ni un oscuro objeto del deseo, ni cualquiera de esos clisés medio gringos y medio pendejos que están de moda entre algunas con las que trabajé pero poniendo a buen resguardo mi flor secreta, mi jeroglífico de carne´´.

Norma Nivia habla con una desenvoltura de niña irresponsable, y escuchándola se siente en algunos instantes la extraña sensación de que si los hombres quisiéramos, podríamos volvernos amnésicos de todos los problemas y todas las heridas, y ya desembarazados de aquella carga dramática, ingrávidos y limpios, volveríamos a subir al cielo. Esta mujer altísima, que a los doce años medía un metro con ochenta y dos centímetros, nada tiene de trágica, de soterrada, de sibilina, de prosaica o de reptante, aunque cuando llegue a la actuación del cine y el teatro, que son dos de sus sueños predilectos, sí quisiera interpretar mujeres aciagas y turbulentas, desequilibradas, sórdidas, pérfidas y calculadoras. “Porque lo lindo de la actuación es que te permite desdoblar tu personalidad, abrir la baraja de otras que se apertrechan adentro, y soñar con la pureza o la maldad, para cuidarse de esas dos malas señoras”. 

La infancia, período de luz y única patria verdadera, sigue todavía viva en Norma Nivia, y para no dejar que se le atrofie el músculo de la nostalgia, conserva a todas sus amigas y vigila su cariño con el cuidado de quien vigila la salud de una rosa. Por eso nombra algunas con delicadeza extrema: Alex Joana, Patty, Mauren, Catherine, Luisa... También recuerda las muertes prematuras de algunos otros compañeros de viaje, casi todas en accidentes violentos, o de seres angustiados que decidieron suicidarse. Cuando Norma Nivia habla de las cosas terribles, llora, llora mucho, llora siempre.

Y sabe que nunca será una mujer atenazada por la angustia, pues “todo lo boto afuera, todo lo exteriorizo, todo lo bailo, lo canto, lo lloro, y entonces quedo limpia, y hasta mis labios vuelve a subir la sonrisa”.  

Llegó a Bogotá en un auto que le pareció diminuto frente a esta urbe que se abre de piernas como una loba hambrienta tragándose a todos los foráneos y que muchas veces no da leche sino sangre oscura. Tuvo miedo de quedarse, supo que comenzaba una nueva vida y que en Bogotá perdería los días alucinados de la niñez y superaría para siempre la inocencia. Pero pronto descubrió que amaba la independencia, el vivir sola, hacer las cosas según su regla y su medida, y desde entonces nunca ha vuelto a vivir con sus padres ni con ninguna autoridad distinta de su ética y su disciplina.  

Mauricio Mendoza, el fotógrafo pionero de los calendarios eróticos que se publicaron en Colombia, fue el primero que la captó con su cámara. Y desde entonces la existencia de Norma Nivia ha sido una reiterada cadena de triunfos, de pasarelas, de desfiles, de propagandas y de grandes actos de la moda. Pero como no hay paraíso sin serpiente, también ha tenido que soportar el acecho de los sátiros de siempre, y hasta debió parar de forma violenta los embates de algún regordete y millonario viejo verde que pretendía volverla famosa solamente después de haberla llevado a la cama. También ha sido presentadora de programas periodísticos, y hace poco fue una de las primeras expulsadas del reality fatigoso La isla de los famosos. 

A los veinticinco años, dando la sensación ilusoria de que sigue creciendo, Norma Nivia hace maletas para instalarse en Madrid y seguir la huella de su destino. Ya vivió anteriormente en Ciudad de México, pero, asegura, “No soy de las que van consiguiendo amantes advenedizos en todos los lugares y ciudades. Me gusta el amor, me gusta el deseo, pero me fascina la fidelidad y adoro ver cómo se solidifica un noviazgo gracias a la libertad, la imaginación y la transparencia de las partes”.

Los hombres le gustan mucho, y casi siempre ha tenido, a tiempo que trabaja, una relación a la que se entrega sin reparos ni pudores. No obstante, cuando la pasión se acaba, o la agenda impone la hora de la separación, ella asume el asunto con una frialdad y una racionalidad digna de un maestro de cálculo integral. Así se cuida de las heridas y los sinsabores que dejan todos los contactos humanos. 

“Pero los hombres que adoro no son los galanes de ensueño de los melodramas, ni los chicos tontos y musculosos de los gimnasios, ni lo yuppies de zapato puntiagudo y celular repiqueteante. No. Me gustan más bien flacuchentos, más bien morenos, y por supuesto inteligentes. Soy de las que terminan enamoradas de poetas, de pintores, de ilusos, de místicos y de hombres tiernos y no pocas veces débiles. La gente, con frecuencia tan imaginativa, se sorprende mucho cuando se entera de esto”. 

Norma Nivia dice que está de acuerdo con cualquier opción sexual definida y corajuda, como la heterosexualidad y la homosexualidad, pero “No me gusta la bisexualidad porque es ambigua, peligrosa, poco clara. Si alguna vez me cansara de los hombres, podría considerar la posibilidad de cambiar de devociones pasionales. Eso no me asusta como idea. Hasta se me pasa por la cabeza cuando encuentro hombres vulgares, machistas o intolerantes con el universo femenino. Pero esa fantasía jamás sucederá porque no logro que me gusten las mujeres ni que me dejen de gustar los hombres”. 

Norma Nivia quiere casarse, quiere tener un hogar sosegado aunque no tradicional o godo, quiere tener hijos y no quiere, por ningún motivo, continuar creciendo. Ama las cosas que son suyas y se entrega a ellas con el fervor que un niño entrega a sus juegos y sus ritos venerados. Todo le parece blanco, aunque conoce de más de un enemigo que la odia con ternura, y sabe que el universo de la fama es más denso y estremecedor que algunos escenarios del averno. Por eso cuando la alaban, cuando la abrazan fuertemente, cuando le piden autógrafos, cuando le mandan flores, cuando la elogian y cuando intentan convertirla en un nuevo tótem de las vanidades, apenas si mira con sus ojos grandes, y es como si estuviera mirando un prodigio al contrario.

Tomado de http://www.revistadiners.com.co/noticia.php3?nt=24263

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Camaleónica

Por: Paola Andrea Guevara
 

La niña mimada de los diseñadores colombianos, sin duda la mejor modelo del país y una joven promesa de la actuación, nos cuenta su historia y confiesa quién le endulza la vida.

"Nunca podría ser reina de belleza", dice Norma Nivia, y es difícil creerle después de verla entrar por la puerta con sus 1.84 metros de estatura, piel de diosa, rasgos de muñeca y unos ojos verdes que hablan por ella. De hecho, sin estarlo buscando, le rogaron que representara a su Tolima natal en el reinado de Cartagena, pero ella declinó la oferta a pesar de las protestas de su madre.

"Lo que pasa es que yo vivo en jeans y zapatos bajos, con la cara lavada y sentado de niño. No podría vivir sobre un par de tacones y arreglada todo el día", asegura Norma, y añade que lo mejor del modelaje y la actuación es que le permiten jugar a ser alguien diferente solo por un ratico: a veces sofisticada, otras veces dramática, malvada, sensual, misteriosa o dulce como un algodón de azúcar.

Sin embargo, conoce muy bien las diferencias entre los dos oficios: "Una cosa es ser modelo. Otra cosa muy distinta es ser actriz. Por eso no concibo que una modelo, por muy conocida que sea, salga a las pasarelas a repartir besos y a saludar al público como si su popularidad fuera el centro de atención", afirma.

"Cuando me subo a una pasarela no intento vender mi imagen personal. Quiero que las creaciones de los diseñadores se roben el protagonismo y brillen a través de mí, pues soy consciente del enorme trabajo y esfuerzo que hay detrás de cada colección", dice Norma, quien, a diferencia de otras modelos, no teme tomar riesgos ni experimentar con su apariencia en búsqueda de la imagen perfecta.

"Mi trabajo es diversión pura, por eso en las fotos de moda me gusta usar pelucas, adoptar poses inusuales y convertirme en otra por un rato. No me asusta verme diferente ante el espejo, porque no tengo una imagen rígida y establecida que deba conservar", dice esta mujer que a fuerza de sencillez y profesionalismo se ha convertido en la niña mimada de muchos diseñadores y fotógrafos colombianos.

La versatilidad de Norma Nivia es tan sorprendente que se da el lujo de aparecer en varias ediciones consecutivas de las revistas de moda sin que los editores se preocupen por saturar a los lectores con su imagen. Al fin y al cabo ella es cada vez distinta. Tiene poderes camaleónicos.

Modelo por casualidad

La idea de ser modelo jamás pasó por la mente de Norma Nivia. Su infancia transcurrió de forma tranquila en el Líbano (Tolima) y el sueño de actuar la trajo a Bogotá a los 17 años. A sus padres no les sonaba la idea de tener una actriz en la familia: "Mi mamá me decía que si estudiaba actuación iba a terminar disfrazada de mimo en una esquina", recuerda Norma con una carcajada. Por insistencia de sus padres empezó a estudiar bacteriología, pero no soportó ni un semestre completo, se inscribió en una escuela de teatro y en esas andaba cuando, en 1995, le ofrecieron hacer un catálogo de maquillaje. Norma aceptó sin saber que este pequeño hecho le abriría las puertas del modelaje. Gracias a este catálogo, Stock Models supo que un rostro espectacular andaba suelto por allí y que no podían dejar pasar la oportunidad de encontrarlo. La agencia se dedicó a buscar a Norma Nivia por cielo, mar y tierra hasta dar con ella, aunque convencerla de ser modelo no fue tarea fácil. Ni las promesas de ganar fama y dinero, ni los cursos gratuitos de pasarela, glamour y maquillaje convencieron a la adolescente rebelde.

Finalmente, la idea de viajar por el mundo la tentó. En 1996 comenzó su camino como modelo y desde entonces no ha parado hasta convertirse hoy, a sus 28 años, en una de las modelos más destacadas, queridas y respetadas del país. Gracias a su trabajo ha tenido la oportunidad de vivir en México, España y Miami; y aunque tardó un poco más de lo esperado, su sueño de actuar también se cumplió.

Aunque es muy recordada por su participación en Betty la fea, su primer papel fue en Hístorias de hombres solo para mujeres, serie en la que protagonizó dos capítulos. Obtuvo su primer papel antagónico en El pasado no perdona, donde interpretó a una mujer llena de conflictos personales. Luego llegó la oportunidad que estaba esperando para interpretar a Victoria, una joven idealista y de carácter fuerte, en la serie Zona rosa.

En la actualidad recibe muy buenas críticas por su actuación como Paulina en Nuevo rico, nuevo pobre y, como si fuera poco, el próximo año actuará en una nueva telenovela con ingredientes cómicos de Caracol. Definitivamente, Norma Nivia, quien se convirtió en una de las mejores modelos del país casi sin quererlo, está rumbo a ser la actriz que siempre soñó.

Tomado de la Revista Carrusel No. 1439, 26 de octubre de 2007

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"Sobre una pasarela me siento poderosa"

por Sergio Ramírez

No todas lo logran. La, la más pequeña, la más vulnerable, la única que va a todos los desfiles acompañada de su madre, da un mal paso, cae, se levanta, sube la mirada y tiembla hasta quedar a salvo tras bambalinas, donde comienza a llorar desconsolada.

"Eso es un poco por falta de experiencia. Si estás inseguro, si no te sientes bien pasan cosas como esas", asegura Norma Nivia, nacida en Líbano (Tolima), 30 años ("muy bien vividos"), cabello naranja, 1,83 metros de estatura, 13 años como modelo. Antes de salir a la pasarela que a todas tiene tan nerviosas, se sienta en el suelo, cruza las piernas en posición de loto, une sus dedos y comienza a meditar, mientras a su alrededor hay prisas, carreras, tensión. "Trato de respirar, porque los nervios tienen mucho que ver con la respiración; además, busco quitarme de encima pensamientos negativos, sacudo las manos para sacar lo malo y me concentro en pensar que todo va a salir bien".

Antes de que muchos empezaran a leer El secreto, ya Norma Nivia tenía claro que era importante pensar positivo. Si es una pasarela difícil no puedo estar todo el tiempo pensando: no me puedo caer, no me puedo caer, no me puedo caer, porque cada que digo caer me imagino cayendo. Tengo que decir: todo va a estar bien, voy a caminar divino".

Un año antes

Medellín. Julio de 2008. Lunes. Oficialmente la feria comienza esta noche, pero ya Norma Nivia está tan agotada que se ha quedado dormida en el automóvil que nos lleva desde el Centro Comercial El Tesoro, al suroriente de la ciudad, donde acaba de terminar el ensayo de un desfile de ropa interior, hasta el Jardín Botánico de Medellín, al noroccidente. Su jornada de trabajo, a la que todavía le falta un ensayo más, terminará a las tres de la mañana. "En feria sólo se duerme unas cuatro horas diarias", asegura. Nos dirigimos a lo que se conoce como un fitting, una prueba de vestuario, la sesión en la cual el diseñador se asegura de que las prendas luzcan en la modelo como se las imagina en la cabeza.

Era su última semana en Colombia, antes de darse un año sabático en Inglaterra, y se la pasó cumpliendo con la rutina: castings, ensayos, desfiles. Norma Nivia es la última de su generación de modelos de primera línea que sigue sometiéndose a semejante trajín. Lo hace porque la emociona la sensación de caminar sobre una pasarela. "Me siento lo máximo, hermosa, gigante, súper poderosa; es que tiene que ser así para que salga bien, tienes que sentirte segura, porque eso es lo que vas a proyectar. Pienso que debe ser lo que siente un músico cuando da un concierto".

Ama su oficio. Sin embargo, no era modelo lo que soñaba ser en sus días de adolescente, lo que Norma Nivia Giraldo buscaba cuando llegó a Bogotá era convertirse en actriz y para lograrlo emprendió un recorrido de las pasarelas a los set de grabación, que pasó por La isla de los famosos (reality del que fue la primera eliminada), y por programas como El pasado no perdona; Yo soy Betty, la fea; Cómplices, o Nuevo rico, nuevo pobre.

Hace un año, cuando comenzó esta entrevista, estaba lista para alejarse de todo. Tanto, que desde el momento en que decidió irse cerró sus oídos, no quería que nada ni nadie la convenciera de aplazar una vez más sus planes de convertirse, por un tiempo, en una anónima estudiante de inglés en Londres. "Ocho días antes me llamó Jorge Sandoval, de RCN, para proponerme un proyecto. No me digas nada que me voy en una semana, le dije". Y se fue. Durante esos meses el único trabajo que realizó fue la campaña mundial de Cotton USA. Viajó a Estados Unidos y unas semanas más tarde su rostro estaba en gigantescos carteles en los taxis y los rojos buses británicos que transitaban por Oxford Street. "Nadie me reconoció, pero igual yo sabía que era yo".

De anónima a protagonista

Regresó al país hace tres meses, y desde entonces ha presentado dos pruebas y ambas se han convertido en personajes: Cristina, una ambiciosa madre soltera en Los Victorinos (que produce RTI para Telemundo) y el antagónico de una nueva producción del Canal Caracol que comenzará a grabarse en septiembre. "Para algunos puede ser suerte, pero yo siento que tengo el talento, el amor y la disciplina necesarios para ser una buena actriz, lo mismo que he tenido en el modelaje".

Y vaya si es dedicada. Este año participó en 14 de las 23 pasarelas que tuvo la feria, pero de eso no habla, asegura que no le gusta marcar diferencias ni generar envidias; sin embargo, después de casi 15 años de carrera forma parte de ese selecto grupo que las agencias llaman Special Booking y que la gente del común conoce simplemente como top models.

Para quien está sentado disfrutando de un desfile el trabajo de una modelo puede parecer sencillo. 60 segundos de un lado a otro. ¿Y eso es todo? No, realmente. Fuera del esfuerzo (y la inversión) que para algunas representa su profesión (gimnasio, rutinas de belleza, cosméticos, cámaras bronceaduras, salón de belleza, etc.), las jornadas de una modelo pueden sumar 18 horas, muchas de las cuales se pierden detrás de los escenarios sin mucho que hacer.

"La gente a veces no comprende lo que significa ser una modelo, y no sólo por lo pesado que es, porque es muy pesado, una feria de estas te acaba físicamente, pero además está la responsabilidad que tienes con una persona que invierte su talento, su dinero y meses de preparación en un desfile. Ese vestido tiene solamente un minuto para que la gente lo admire, y depende sólo de ti que pueda lucirse, si uno pensara en eso antes del desfile, seguro no salía, pero yo sí lo tengo muy claro".

Como tiene claro que su prioridad es ser actriz; por eso, aunque no ha pensado en dejar el modelaje, se da la oportunidad de ser cada vez más selectiva y sabe que la actuación ocupará la mayor parte de su tiempo en los próximos meses; luego, en un año, mientras corra de un lado a otro para participar en las principales pasarelas de la feria de moda más importante del país, seguramente tendrá las maletas empacadas para partir de nuevo. "Aún no sé muy bien a dónde, pero la idea es seguir viajando. Soy un espíritu libre, necesito volar. Estar encerrada, encasillada, me destruye el corazón. Quiero conocer... y me falta demasiado".

Tomado de la Revista Gente, Año 2 No. 8, agosto de 2009

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Norma Nivia en pijama

por Germán Hernández

Norma Nivia es una de esas afortunadas muchachas que se dan el lujo de soñar en colores. Enlazados detrás de los párpados, sus sueños en technicolor le restallan en las pupilas cada vez que llega un amanecer, y debe de ser por eso que adquieren el fulgor de la esperanza. Los ojos verdes de Norma Nivia parecen reflejar la satisfacción de quien ha tenido muy pocas pesadillas. Sin embargo hasta el año pasado había una quimera rebelde que se resistía a saltar a este lado de la realidad. "Toda la vida quise vivir en Londres: era como una obsesión", dice la modelo y .actriz.

Era como un espejismo que la persiguió durante casi tres décadas. La acompañó en las clases del colegio del Liceo Nacional del Líbano, Tolima, donde nació, y se vino con ella a Bogotá cuando le dio la ventolera de estudiar teatro, a 2.600 metros más cerca de las estrellas. Y estuvo a su lado hibernando en el susto de los primeros desfiles de la moda casual, en el agobio de los primeros calendarios eróticos, en el afán de los primeros capítulos de la televisión romántica, en la tristeza de los últimos amores frustrados. "Pero el año pasado me di cuenta de que estaba a punto de cumplir los treinta y que ya tocaba acabar con la espera", dice. Cuando habla se adivinan chispas invisibles que se escapan en toda dirección, las mismas que debieron de advertir los agentes de inmigración del aeropuerto de Heathrow el día en que llegó a Londres procedente de Bogotá. Había acabado de grabar la telenovela Hombre rico, hombre pobre y llevaba libras esterlinas suficientes para buscar sin afanes el santo grial de sus ilusiones aplazadas.

Como una paisana más, arrendó un apartamento de habitaciones compartidas en Camden, un refugio que parecía haberla esperado con las puertas abiertas desde que al rey Jorge IV se le ocurrió fundar este curioso barrio londinense. Y durante nueve meses fue feliz: estudió inglés puro con el rigor de un inspector británico, pero por las noches se volaba a soberbios conciertos de Oasis y a destaparse los oídos en Los Establos, el bar de moda construido en una granja, con pacas de heno, ginger ale y tubos de striplease. "Fueron mis primeras vacaciones largas desde que tenía diecisiete años", dice mientras abre esos ojos voraces y devastadores que parecen siempre estar contemplando un milagro. Pero fue también un período propicio para aliñar el -ese sí- sueño de su vida: ser estrella de cine. Regresó al país el pasado 2 de abril, un día antes de su cumpleaños, con las reservas monetarias agotadas y los bolsillos llenos de ambiciones. Su corazón también volvió solo.

Y estaba allí, pastando los recuerdos de todas esas noches hervidas al rurry que tuvo que sufrir con sus estridentes vecinos hindúes, cuando apareció un papel en la serie Los Victorinos, de Telemundo, y logró viajar por el tiempo gracias a la fábrica de sueños de la televisión, y otro rol de villana en Mi bella Ceci, nueva comedia que Caracol TV planea estrenar este 21 de octubre. "¡Otra vez de mala!", exclama mientras las chispas invisibles le acentúan el cabello anaranjado. Al mismo tiempo que grababa la telenovela, tomó cursos de actuación en cine y grabó seis cortometrajes y se puso una docena de trasnochadoras pijamas que ilustran el catálogo de la nueva colección de VC Dreams, la firma de refinadas confecciones creada por su amiga Viviana Castrillón. Su belleza adormecida es arropada al amparo del satín y el algodón mientras ella parece soñar con cuentos alucinantes de doncellas seducidas en los feudos del castillo Marroquín.

Las grabaciones de Mi bella Ceci deben terminar en marzo del año entrante, y Norma Nivia piensa que ese será el comienzo de la primavera de una nueva ilusión: ir a estudiar cine en Nueva York. Su deseo íntimo es llegar a trabajar con directores de la talla de Pedro Almodóvar o Tim Burton, y nada tiene de extraño que esta pretensión se cumpla, contra todos los pronósticos. "Mi mamá me decía que si estudiaba actuación iba a terminar disfrazada de mimo en una esquina", advierte.

Pero allí, en cualquier esquina, también se habrían destacado sus 1,83 metros de lánguida belleza, pues ella además los refuerza con un optimismo necesario para merecer las metas imposibles. "Amanecerá y veremos", parecen decir sus ojos con esa fe bella y férrea que hace que tras ellos se alcance a ver el milagro envuelto en sueños de color esmeralda.

Tomado de la Revista Diners No.475, octubre de 2009

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La camaleónica

Con sus 1,83 metros de estatura era difícil que esta tolimense, que soñaba con ser actriz, no terminara destacándose en las pasarelas colombianas. Norma no pasa desapercibida y el día en que lo entendió, a los 16 años, gracias a Irma Aristizábal de Stock Models, decidió aventurarse como modelo y se lo tomó tan en serio que fue una de las mejores. No tuvo inconveniente en cortarse o teñirse el pelo cuando se lo requerían, maquillar su cuerpo de negro, decolorarse las cejas, desnudarse, en fin, todo lo que fuera necesario para verse diferente y lograr el objetivo de sus campañas o desfiles. Por eso se ganó el apelativo de mujer camaleón, puesto que conoce bien sus ángulos y los explota para ofrecer siempre propuestas novedosas y arriesgadas. Norma se preparó como actriz en la academia Chariot hasta conseguir su primer papel, un antagónico en El pasado no perdona. Después siguió el protagónico, hace seis años, en Zona Rosa. Hoy está en una obra de teatro, al tiempo que graba la serie Kadabra para Fox internacional; también actúa en La Traicionera, del Canal RCN, y en diciembre estrenará el largometraje El escritor de telenovela, dirigido por Felipe Dothee. Hace un año se despidió de las pasarelas, se casó con el ingeniero de sonido argentino Augusto Bruechet, y tiene planes cercanos de hacer crecer la familia, pues confiesa que tener hijos le hace más ilusión que ganarse la lotería.

Tomado de la Revista Caras, 19 de noviembre de 2011

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http://www.revistadiners.com.co/noticia.php3?nt=24263

 

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http://www.eltiempo.com/carrusel/2007-10-26/ARTICULO-WEB-NOTA_INTERIOR-3783473.html

 

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http://www.my-forum.org/descripcion.php?numero=66&nforo=257756

 

 

 

 

 

 

 

 

Tomado de www.efrenisaza.com  (Recomendado)

http://www.revistadonjuan.com/revista.php?edicion=08-2006