Francisco Carranza

Fotografos (Social, personajes)

Retrato, Figura Humana

 

Francisco Carranza 

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fotógrafo

alegria ocultada
A ColArte
   
 


Por Gilma Suárez

alegria ocultada

Una imagen que impacta produce un vínculo afectivo que automáticamente genera el deseo de buscar a su autor. ¿Quién está detrás de ese instante irrepetible? ¿Qué poética se esconde detrás de ese lente? Por qué logra lo que otros no lograron con la misma temática? Dentro de las diversas ramas de la fotografía, hay una que estimula estos interrogantes de manera inmediata es la foto periodismo. Es así como, a lo largo de varios años el FOTOMUSEO y yo como su curadora, hemos venido siguiendo la carrera de Francisco Carranza, el fotoperiodista que ha dedicado toda su vida en medios como El Espectador, a plasmar la realidad colombiana de manera única con una sensibilidad que quizás se remonta al origen de su vocación.
La vocación de Carranza está ligada a la crónica como su arte mismo. Se inició a temprana edad cuando su padrino de bautismo, el fotógrafo de Monguí, bella localidad de Boyacá, le regaló una cámara. Con ella en las manos a los seis años de edad, el niño se convirtió en visitante asiduo del estudio de su padrino. Es por eso que el profesional de hoy parece guardar esa primera mirada de las cosas que da la infancia. Es tal vez por eso también,
que conserva gracias a la memoria de sus días de niño, la frescura y espontaneidad de sus imágenes, no obstante el dramatismo de muchas de sus obras.
Ya en Bogotá con su familia, Carranza, mantiene su obsesión por la cámara pasión que alimenta paralela a la culminación de sus estudios de primaria y bachillerato, pasión que es alimentada a su vez, por la pequeña mesada que le daban sus padres para sus onces de estudiante y que él convertía con alegría en rollos fotográficos y productos para revelar el material. Como un pequeño aprendiz de brujo, en el improvisado cuarto oscuro, el joven se encontraba con la magia inigualable que hechiza a todos los fotógrafos cuando ven salir lentamente desde el químico, la hoja de papel en la que se va formando la imagen revelada
En el sesenta y ocho, a la edad de diez y seis años y como trabajador del laboratorio de fotografía de El Espectador, viaja al Vichada y trae consigo el primer reportaje para el periódico; a partir de esa primera experiencia, comienza a “pegársele” a los reporteros de entonces: Alfredo Pontón, Sánchez Puentes, Guillermo Sánchez… a examinar con detenimiento los trabajos de maestros como Nereo López, Leo Matiz y Hernán Diaz. Posteriormente aprende del maestro Carlos Caicedo, las técnicas y perspectivas del arte
de la fotoperiodismo y es a Caicedo a quien Carranza considera fundamental para su formación y su principal mentor.
En el conjunto de la obra de Francisco Carranza se observa el ojo avizor del reportero.
En él confluyen el humor y la captación del gesto preciso, de ese instante que ya no volverá. La anciana que humilde y solitaria está totalmente recogida en su súplica, rodeada únicamente por sillas vacías, es una muestra de la agilidad del ojo de este artista.
Durante treinta años, Carranza ha recibido innumerables premios dentro y fuera del país;
ha recorrido los caminos de Colombia con su cámara y ha contribuído con su mirada a entregar a nuestra sociedad un documento no por estético menos verídico de lo que hoy somos.

Tomado de http://www.fotomuseo.org/francisco_carranza/texto_b.html 

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Flores mínimas

La interminable hermosura de la naturaleza se esconde a veces en mínimos detalles, alejados del alcance del ojo humano. Eso es justamente lo que inspiró a Francisco Carranza para emprender un viaje en busca de la belleza microscópica.

Carranza es uno de los más destacados reporteros gráficos de Colombia. Durante toda su vida profesional, se dedicó a retratar la realidad del país desde sus ángulos más disímiles: la ternura de un rostro infantil, la crueldad de la guerra, la abnegada labor del campesino o las encendidas  protestas estudiantiles. Mas, ya disfrutando de su jubilación, decidió darle  un giro a su lente, enfocándola más  hacia el lado artístico de la vida.

"En mi largo trajinar por los caminos del periodismo gráfico, en plena madurez fotográfica y con muchas experiencias, vi con buenos ojos reunir todo lo aprendido a lo largo de mi carrera y viajar hacia las profundidades de la macrofotografía, para explorar este inmenso micromundo", explica Carranza

De esta búsqueda, que consistió en retratar detalles pequeñísimos de la flora colombiana, surgió una de las colecciones que más reconocimientos le han traído a Carranza, producto de largas sesiones en Capilla de Tenza, un pueblito al sur occidente de Boyacá, caracterizado por su riqueza natural incomparable.

Allí, Francisco Carranza recurrió a la técnica de macrofotografía para captar imágenes de asombrosa belleza en las que se pueden apreciar detalles de las flores y hojas representantes de la exuberante vegetación colombiana. De esta manera, el fotógrafo invita a aguzar la mirada frente al milagro de la naturaleza para descubrir sus más hermosas formas y colores.

Tomado de la Revista Avianca No. 65, agosto de 2010


FRANCISCO CARRANZA

Como si fuera un presagio del destino, su padrino de bautizo le regaló una cámara fotográfica a los 18 días de nacido. La condición fue que la recibiría al cumplir los ocho años de edad. Fue así como la ruleta de la vida marcó poco a poco el camino y la profesión que ejercería Francisco Carranza, quien fue reportero gráfico del El Espectador por 35 años. 

Francisco CarranzaUna vez cumplidos los ocho años, Carranza recibió la “groban” alemana que le había prometido su padrino y comenzó su historia con la fotografía. “Mi padre era un ferviente lector de El Espectador, por eso a mí me gustaba ver las fotos que sacaban y luego iba al sitio donde las tomaron y trataba de hacerlas”.

Cuando su padre reveló el rollo fotográfico de aquellas primeras imágenes, mucho tiempo después de que su hijo las hubiera tomado, Patojito, como lo llamarían luego, se sorprendió de ver sus imágenes como en un lejano pasado. Era como transportarse en el tiempo. Su curiosidad lo llevó a desarmar la cámara para ver cómo era que ese objeto rectangular podía congelar el tiempo y el espacio por un instante y, a su vez, para siempre.

El 3 de marzo de 1967, Francisco Carranza entró a trabajar a El Espectador. Apenas era un muchacho. Se convirtió en el todero del periódico. Durante esa época le llamaba mucho la atención lo que hacían los fotógrafos. Su perseverancia y ganas de aprender lo llevaron a los laboratorios de fotografía, donde ayudaba a revelar las fotos.

“En esa época había ocho reporteros gráficos en el periódico y ellos fueron mis maestros, porque cada uno tenía un estilo distinto. Sus ejemplos me ayudaron a forjar mi propio estilo”, recordaría Carranza, a quien con cariño sus compañeros de trabajo y amigos lo apodaron como Patojito.

En el laboratorio aprendió todo acerca del revelado de los rollos. Usaba su tiempo libre para ir al archivo del periódico y ver ediciones anteriores, con el objetivo de observar con detalle las imágenes del pasado. Realizó varios cursos de fotografía. Su proceso de aprendizaje le abrió las puertas para conocer a fotógrafos reconocidos de la época a quienes también admiraba, como Nereo López, Leo Matiz y Hernán Díaz.  

En 1978, cuando tenía 16 años de edad, viajó al Vichada y trajo consigo su primer reportaje. Desde aquel momento se volvió inseparable de sus compañeros Alfredo Pontón, Sánchez Puentes y Guillermo Sánchez. “Yo decía que quería ser el mejor. Por eso, en una ocasión, el maestro Manuel Sevilla me preguntó: ‘¿Usted quiere ser un gran fotógrafo y aprender?’ Le dije que sí y él me aconsejó tocarlos. Que fuera y tocara a cada fotógrafo que me encontrara. Era tanto mi entusiasmo, que me creí el cuento y comencé a hacerlo”.

Desde ese momento empezó a hacer esto con cada uno de los fotógrafos que admiraba. Los tocaba en el hombro, en la espalda, pero sobre todo, aprendía de ellos. Eran sus referentes. Con ellos y por ellos aprendió las más secretas técnicas de la fotografía. Lo demás lo fue adquiriendo a través de obturar y buscar, y de preguntar y ver el trabajo que hacía Carlos Caicedo, por ejemplo.

Después de estar en el laboratorio de fotografía pasó a formar parte del equipo de reporteros gráficos de El Espectador, donde desarrolló todas sus habilidades y realizó toda su carrera de fotógrafo. Allí presenció momentos históricos, tanto del país como internacionales. Fue testigo de momentos importantes de la historia de este país: el asesinato de Guillermo Cano y la toma del Palacio de Justicia. Además, cubrió el final de la revolución sandinista en 1990.

“Cuando me desempeñé como fotógrafo me tocaba llevar el laboratorio portátil en los viajes. Al llegar al hotel, lo primero que hacía era mirar que el baño de la habitación no fuera muy pequeño, porque lo usábamos como un cuarto oscuro para revelar las imágenes. Eso era muy lindo. Mágico. Ahora no entiendo cómo sobrevivíamos en nuestra misión”.

Carranza se retiró de sus labores como fotógrafo de El Espectador hace 15 años, pero este no fue un alto en su camino de los lentes, ángulos y encuadres, al contrario, sigue congelando momentos en el tiempo. Por eso anda con su cámara colgada en el cuello y observando detalladamente todo aquello que considera puede ser una buena foto. “Me gustan todas mis fotos, pero las que más quiero son las que les tomo a mis hijas, aunque a mis fotos también las considero como mis hijas”.

Tomado de https://www.elespectador.com/noticias/noticias-de-cultura/tocar-la-realidad-articulo-721677  , 2017