Olga Lucia Jordan

Calarca, Quindio

Fotografos (Retrato, arquitectura, paisaje urbano)

Figura

 

Olga Lucía Jordán

fotógrafa de artistas

A ColArte

 

 
 

ARTISTAS EN LA LENTE DE

Olga Lucia Jordan

Fernando Botero; foto de Olga Lucia JordanEs conocida como "la fotógrafa de los artistas". Ciento sesenta de ellos -grandes maestros y nuevas figuras, pintores y escultores, colombianos y extranjeros- han posado ante su lente, algunos más pacientemente que otros. Sin embargo, todos se han visto sorprendidos por un mismo motivo: a pesar de que sólo trabaja con la cámara que lleva en su cartera, esta quindiana "dispara" sin luces, ni exposímetros, ni aparatosos equipos, y así logra excelentes retratos.

Una muestra de su trabajo está expuesta desde el sábado 4 de diciembre en la Galería El Museo, de Bogotá, paralelamente al lanzamiento de una agenda especial para 1994 editada por esta galería con fotografías de Olga Lucía de doce artistas (Bernardo Salcedo, Gregorio Cuartas, Alejandro Obregón, Muriel Angulo, Luz Elena Caballero, Vicky Neuman, Luis Fernando Rodríguez, Rafael Ortiz, Gabriel Silva, Carlos Salas, Javier Mantilla y Carlos Salazar). Dos acontecimientos para ratificar el placer estético del arte fotográfico.

Tomado de la Revista Diners No.285, diciembre de 1993

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ARTE Y PARTE

Cuatro décadas en el arte colombiano

por Fausto Panesso

Artista Alvaro Barrios; Fotografia de Olga Lucia JordanCuando apareció por primera vez por la revista Diners, traía un portafolio gigante, del que brotaron, como de un sombrero de mago, centenares de enormes fotografías.  Rostros conocidos, que a su vez lo miraban a uno. Eran los pintores dc París, que como una tropa de asalto se tomaban la oficina de Consuelo, la directora. Ahí estaban todos los de "la tribu" (como los bautizara Plinio Mendoza su biógrafo), tapizando con su nostalgia parisina el atiborrado escritorio. Ahí estaban también dos años de trabajo de Olga Lucía, dos años de ella misma.

Lo que había distinto en sus fotografías era su particular modo de disparar la cámara. La forma como lograba fundir al artista con su obra. Obra y rostro injertados en una acertacla trampa visual, en donde el artista parecía pintado por sus propios cuadros. Y detrás de esto, otra cosa que también podría considerarse esencial: Su propia manera de establecer con los artistas alguna especial complicidad para lograr ese resultado tan anti-convencional, tan insólitamente distinto.

Desde entonces entró a formar parte del staff fotográfico de la revista. Asignada a Arte, se tornó en mi compañera de equipo en esas páginas. He estado pues con Olga Lucía Jordán en muchos estudios de artistas a que nos lleva el trabajo, y he sido, en verdad, testigo de excepción de cómo actúa y cómo logra esa originalidad que es fin y fundamento de su quehacer. Ante todo, he admirado el que por solo equipo (lejos de la parafernalia de sus colegas) ande pertrecha apenas con dos cámaras que estoy seguro terminan fatigadas después de una de sus sesiones. Porque ella y la cámara, una vez que hacen su aparición, se tornan en un solo cuerpo instintivo y sincrónico. Una sola entidad, nerviosa y veloz, que lejos de intimidar al artista (a despecho de esa timidez casi siempre perceptible que hay en ellos), los va envolviendo en su ritmo. Recorriendo el entorno, haciendo una selección de elementos, con una con una absoluta frescura reporteril, gracias a esa velocidad con que resuelve mentalmente la ecua ción de sus encuadros, consciente de que esa luz, ese gesto exacto, ese ademán súbito, tienen la existencia efímera del segundo, apenas la duración de un click, que lo hacen inmediato y definitivo, frágil y perdurable. Cuando esto sucede, y creo que los ángeles la miman, pues ocurre con frecuencia, lanza gritos; sí, literalmente gritos de júlbilo, que arrancan gratas sonrisas, de su, hasta ese momento, distante modelo, consiguiendo el abandono necesario, el ambiente cálido y desprevenido, la distensión que considero básica para un final feliz: el retrato como algo logrado.

En esas jornadas "al alimón" como hicimos este libro, en que le arrebatamos a los pintores horas que pertenecían a su labor, a veces la sesión planeada para un cortísimo tiempo se prolongaba insensiblernente en las variaciones y los enfoques que sobre la marcha ella se iba inventando, movida por la am bición de ser una visión, un estilo. Y desde luego lo consigue.  Los lectores lo comprobarán en las fotografías que le esperan producto de esas jornadas.  Por el nivel de lo que capta, he creído justo presentarla a ustedes, asegurándoles que eso de trabajar con los artistas no es tarea fácil, pero ella lo ha logrado, y esa es su mejor fotografía...

FAUSTO PANESSO

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Fragmentos de naturaleza

por Ricardo García

Las flores desparraman su belleza sangrante sobre todo el papel. Ningún contorno las oprime, al contrario de lo que ocurre con su belleza cotidiana. Para !as líneas ondulantes de !os caracoles apenas quebradas por sus profundidades vitales y absorbentes, tampoco hay término posible.

Allí, donde los límites de la lente recortan de un tajo la explosión de colores y de formas, sólo comienza el recorrido caprichoso de la fantasía.

El fragmento libera a las cosas de sus manifestaciones rutinarias. Y eleva el detalle, la forma escondida o la línea a mitad de camino, a protagonistas de la Estética. Lo que antes era subalterno, resaltado en primer plano por la cámara, pasa a ser la totalidad de una nueva forma recreada.

Que, por cierto, es lo que constituye el eterno, duro y dulce oficio del Arte, condenado a la manera de Sísifo, a recrear y recrear siempre a la realidad.

No otro ha sido el propósito de OLGA CUCIA JORDAN, con las flores pertenecientes a los jardines sin dueño, que flotan como estrellas de colores ignoradas. Y con los caracoles, trasegantes por geografías ajenas a sus mares remotos.

Pero sin despojar a unas y otros de su naturalidad, y, sin embargo, con muestras de un formidable control sobre el diseño.

El color iluminado, el equilibrio de las formas, el trazo definido y el ritmo con que éste se desplaza, son manejados con destreza por la artista, que parece volcar su sensibilidad de pintora al instante fugaz y avasallador del golpe de luz de su cámara.

OLGA LUCIA JORDAN, es egresada de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Bogotá y actual Directora del Centro de Ayudas de !a Universidad Distrital "Francisco losé de Caldas" de Bogotá.

RICARDO GARCIA D.

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Gota a gota la vida

por Jairo Mercado Romero

Sorprendentes y hasta conmovedoras las imágenes que esta vez ha logrado apresar Olga Lucía Jordán en la red milagrosa de su cámara: gotas de agua en el éxtasis puro del desprendimiento, detalles de alas de mariposas, pompas de jabón en el instante de disolverse en nada.
Cualquiera que haya seguido de cerca el proceso creador de la artista, se siente autorizado a creer que estos trabajos son fruto del mero ingenio y de una artificiocidad desinteresada.

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Niños

Niños adultos marcados por el estigma del desamparo y la miseria, arrastrados por el río de las calles urbanas, vendiendo baratijas, recogiendo desperdicios, soportando sobre los hombros fardos inverosímiles, y sin embargo mirando de frente y con ojos de serena nobleza la vida.  Podría suponerse que la cámara fatigada de plasmar los tonos sombríos de la protesta social, haya resuelto apuntar hacia la espléndida poesía de luces y colores oculta en los pequeñísimos seres del mundo.

Pero no. Quien haga una cuidadosa retrospectiva del ya crecido repertorio de impresiones fotográficas de Olga Lucía, advertirá sin esfuerzo el hilo sutil que atraviesa y ata el tejido temático de su obra.  Este hilo es la ternura por todo lo que anima vida sobre la tierra y hoy está amenazado de muerte por la orgía depredadora del hombre.  Ternura por lo que recién empieza a vivir, por las cosas frágiles e indefensas, y que comienza a escasear día tras día en un planeta cada vez más erizado de odio entre prójimos y de zozobras de guerras entre pueblos.  Esas mansas gotas de rocío resbalando sobre la piel de una hoja, esas burbujas inocentes, en cuto fondo prismático se refractan las moles de hormigón de la gran urbe, esos tramos de hijo celeste y gualda y los firmes trazos de incendio contrastando con manchones de sombra en las tenues alas de las mariposas, en fin, esas diminutas maravillas de la creación universal, rescatadas para la peremnidad de la poesía, gracias al poder de la máquina y al aliento de ternura que les imprimió la mano de Olga Lucía Jordan, nos dicen de nuevo, pero como si la oyéramos por primera vez, la infinita canción que resuena en el corazón de los simples objetos terrestres.  Nos enseñan que la existencia puede ser más alegre y más plácida.  Y nos advierten que no podemos seguir siendo ciegos y sordos e insensibles ante los clamores de la luz, de los colores y de la música fantástica de las esferas

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Editorial

Por Carlos Salas

La primera vez que escuché hablar acerca de la fotógrafa Olga Lucía Jordán fue en París, hace poco más de veinticinco años. En ese momento ella estaba visitando a los artistas colombianos radicados allá para fotografiarlos en sus talleres. Unos meses después sus fotografías salieron en un libro de lujo de esos que eran tan raros en el campo editorial colombiano, revelándonos parte de la intimidad del hacer artístico y ofreciéndonos otra mirada a la obra.

Olga Lucia Jordan expone sus fotografías en la Galería Mundo, 2011Desde esa época, con mucho tesón, Olga Lucía ha venido coleccionando artistas y obras. Es muy singular lo que ella construye con sus fotografías, a partir de elaborar imágenes en las que obra y autor se confunden. Para ello acude a su cámara y a su simpatía con las que puede convencer hasta al más renuente de los artistas a ser fotografiado y asumir las poses más inesperadas. Ese fue mi caso: conocía Olga Lucía en Gaula, un espacio cultural que fundé con unos amigos artistas. Allí me propuso hacerme unas fotografías. Le pedí salir en un plano secundario pues no me parecía adecuado ser fotografiado con la obra. Ella accedió y un tiempo después estaba fotografiándome en mi taller, luego en otras exposiciones y también para distintas publicaciones. Así fue como poco a poco me fue ganando la partida haciéndome olvidar mi rechazo por los retratos, que como un mito y un cliché, hemos mantenido muchos artistas.

Olga Lucía ha logrado echar por tierra ese cliché. A diferencia de los escritores que buscan ser retratados por los mejores fotógrafos para salir en los forros de sus libros o en las reseñas de sus obras, los artistas en cambio preferimos las imágenes de las obras. Así como Thomas Bernhard y J. D. Salinger, hay también artistas que se resisten a ser fotografiados, pero posiblemente es que ellos aún no han tenido una fotógrafa tan persuasiva como Olga Lucía Jordán.

Retratar a los artistas ha sido motivo de interés de grandes fotógrafos. Pienso que con ello quieren indagar sobre los misterios de la obra a través de la imagen del artista, haciendo de cada retrato una biografía que revela rasgos de carácter. En el caso de Olga Lucía cada uno de sus retratos nos permite conocer a través del rostro, la actitud y el entorno, algo de lo que guarda oculto la obra.

Olga Lucía ha podido acceder al taller y a la vida privada de 239 artistas colombianos que son los que componen este especial número de Mundo. No son tan sólo 239 retratos si no que cada uno contiene encerrado en sí mismo, una historia.

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La mirada subjetiva de lo racional

Por Ana María Escallón

OIga Lucía Jordán es una fotógrafa descomplicada que por el entusiasmo que le pone a su trabajo tiene magia. Por ejemplo, no carga con la parafernalia de su profesión porque ella es justa con sus propósitos naturales, hasta el punto que no utiliza el flash ni luces como recurso. Solo importa la luz natural. A la artista le interesan los diversos tonos y brillos de las diferentes horas al día, porque busca captar la historia de los significados en perpetua metamorfosis.

Es una fotógrafa descomplicada que llega a sus sesiones amable y alegre. Para ella la vida es la prolongación de esos instantes detenidos en sus fotografías. Cada foto justifica a un mundo de mil facetas donde ella selecciona un orden simbólico de códigos visuales.

Su personalidad parca y algo tímida se transforma cuando, en el momento de capturar una foto, festeja con asombro un encuentro particular de las Infinitas posibilidades que tiene la realidad en sí misma, con sus enormes e insondables límites trazados que, al capturarlo lo convierte en memoria. Ese acto con su trabajo, otorga sentido de anécdota a la realidad. Su compleja mirada artística tiene la virtud de la naturalidad. Por algo, su hijo León García ha conseguido sin problemas, interpretar el mismo camino de búsquedas. El mundo de León tiene una enorme prioridad intelectual con el tema que estudia y lo presenta con la sutileza y la racionalidad poética de un francés de finales del XIX o uno de comienzos del XXI. Olga Lucía Jordán tiene en su acervo un enorme archivo fotográfico; en los retratos, sus personajes están llenos de detalles y de instantes irrepetibles. Ella capta otra realidad posible en donde convergen circunstancias de una crónica de las luces, brillos, matices que son parte de una narrativa visual. Todo en su trabajo depende de un factor primordial: la luz natural.

Como acto segundo, busca la armonía de la composición. En sus retratos busca el alma de sus personajes, en sus naturalezas muertas la quietud sublime, en sus ventanas los secretos que se asoman con una autonomía de vuelo. Las ventanas, como formas comunican el interior desde el exterior. Estos detalles singulares van de la mano de otro de sus temas preferidos como es su interés por la arquitectura que, en su espacio fotográfico, busca una óptica angular. Otro momento dentro de este enorme repertorio es su relación singular con la belleza en el discurso de la naturaleza. Por ejemplo, es minuciosa su atención cuando consigue buscarle en una mañana el rastro a una gota sobre un pétalo o seguir de cerca el proceso de la gestación de una flor. Otro de sus temas mayúsculos con su historia descriptiva del mundo natural son los animales. Todos ellos simbolizan a su amada perrita Sofía. También aparece con pasión el tema de los perros y sus dueños.

Como siempre en su trabajo fotográfico, a Olga Lucía Jordán la composición le resulta demarcada por una gran diagonal que le da rigor al ritmo, al movimiento, al equilibrio o sección áurea. Olga Lucía Jordán insiste en desarrollar un entrenamiento pictórico que recibió en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional (donde la armonía y todos sus valores son una necesidad intrínseca).

En el tema de los retratos de artistas busca encontrar una simbiosis entre el artista y su obra. Una integración que resulta una tercera obra que es la propia.

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La fotografía neo-pictorialista de Olga Lucía Jordán

Por Eduardo Serrano*

Olga Lucía Jordán es una fotógrafa versátil en cuanto los múltiples sujetos que ha abordado con su cámara, pero es al mismo tiempo una fotógrafa de arraigadas convicciones las cuales han permanecido incólumes no obstante la diversidad de su temática, locaciones, condiciones de trabajo y del paso de la fotografía análoga a la digital. Gracias a estas convicciones, por ejemplo, la fotógrafa ha trabajado con cámaras de amplia circulación, pero logrando con ellas la nitidez, la densidad, o la suavidad cromática dispuestas como metas de sus obras. También gracias a la seguridad que le proporciona esta permanencia en enraizadas cualidades y valores, la artista sólo emplea una cámara para sus trabajos y no carga con exposímetros, ni con equipos de iluminación. Su única exigencia es que sus imágenes sean plasmadas con luz de día, para lo cual sabe a la perfección qué horas son las mejores, las más apropiadas para el tipo de registros que se ha propuesto en las diversas latitudes y regiones de la geografía nacional, y en países como Francia, España y Venezuela, donde también ha llevado a cabo su trabajo.

Las modalidades fotográficas practicadas por Olga Lucía -al igual que sus temáticas-, son innumerables, contándose entre sus sujetos favoritos el paisaje y otras manifestaciones de la naturaleza como las flores, las cuales -haciendo caso omiso de la tradicional cursilería con que han sido registradas- ha logrado captar sin sentimentalismos, en todo su esplendor formal y cromático, con todas las sugerencias de su diseño abstracto y con todos sus componentes. El hecho de provenir de un departamento tan rico en ecosistemas como el Quindío ha influido sin duda en esta predilección, no siendo extraño que la mayor parte de sus tomas de este tipo hayan sido realizadas en esa región. Otros trabajos como su temprana y conmovedora serie sobre los derechos del niño, han sido confrontados con plena conciencia de sus implicaciones sociales y con igual minuciosidad, en tanto que otros, como las gotas de agua suspendidas en las hojas y las ramas han sido registrados con intenciones primordialmente estéticas y no sólo con el propósito de captar su iridiscencia, transparencia y fragilidad, sino también con el ánimo de transmitir esa sensación de suspenso, de brevedad, de presentida fugacidad que patentizan en su débil resistencia a la gravedad. Su trabajo se da por lo regular en series, en extensos registros sobre el mismo tema, los cuales son celosamente archivados con fines no siempre muy claros al principio, pero de segura relevancia. ¿Una hipótesis, un presentimiento, una exposición, una revista, un libro? Jordán va componiendo poco a poco su repertorio hasta cuando surgen ya claramente definidos sus objetivos, lo que le permite finalmente concentrarse en ellos, dedicarse a la transmisión de sus apreciaciones en la materia, a la expresión de aquello que pensó al decidir tomar la fotografía, y que sintió al enfocarla y apretar el obturador.

Otro tema en el que se ha involucrado Jordán es el de las ventanas cuyos registros se emparentan con las tomas de la naturaleza puesto que por lo regular es naturaleza lo que muestran en el fondo y en el plano medio, pero el cual le permite también solazarse con juegos de luz, con los contrastes, los contraluces, los claroscuros y las sombras. Las ventanas, por la similitud que tienen con la pintura dada la semejanza de su formato con el bastidor cuadrado o rectangular que contiene una imagen, constituyen un claro indicio de algunos de los valores que rigen en su obra.

Es claro, por ejemplo que las fotografías de Jordán ponen de relieve algunos de los atributos de la pintura y de hecho sus composiciones, a veces complejas y a veces-simples pero con amplia preponderancia de las diagonales, hacen manifiesta su formación pictórica. Pero sus fotografías no intentan parecer pinturas. Por el contrario, son enfáticamente fotografías, sus valores son eminentemente fotográficos, producto de una mirada y de una mentalidad fotográfica que tiene en cuenta conceptos como el enfoque, el encuadre, la profundidad de campo, el color o la luz en primera línea de pensamiento cuando escudriña el mundo. Puede tener más ideas en mente, incluso ¡deas profundas o propósitos de significativos alcances a los cuales habrá de dar rienda suelta, pero sólo después de haberse cuidado de su técnica en el encuadre y de haber calculado el posterior ajuste y proceso de impresión en el soporte escogido para que se adapte al tipo de discurso que quiere articular.

 Podría afirmarse que, de cierta manera, su trabajo busca revivir la intención pictorialista de algunos fotógrafos de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Pero no porque sus imágenes busquen efectos pictóricos ni hagan uso de desenfoques expresivos o de imprecisiones a la manera de los registros de Julia Margaret Cameron, sino precisamente por todo lo contrario, porque proponen la fotografía como un arte diferente e independiente, no siendo extraño que se haya concentrado en retratar pintores y escultores, ya que de esta manera puede puntualizar y hacer explícitas las diferencias entre las realizaciones de estos artistas y su fotografía. Porque, no obstante lo visto hasta el momento, la modalidad fotográfica y el tema que más asidua e ingeniosamente ha desarrollado Olga Lucía Jordán es el retrato, predominantemente de artistas. Jordán es sin duda la más prolífica e imaginativa retratista colombiana de la generación que sigue a la de Hernán Díaz y Abdú Eljaieck, con el aditamento de que ella se especializó en un tipo de retrato que es al tiempo, semblanza de los personajes, comentario sobre su trabajo e investigación de manifiesto interés sociológico. Es decir, Jordán no sólo tiene la intuición para captar a los artistas en el momento en que su rostro, su ademán, su gesto, resultan claramente reveladores de aspectos de su personalidad, sino que sus retratos son de un excepcional valor documental y obedecen al propósito de conformar en su conjunto una obra, un pronunciamiento artístico de valiosas implicaciones históricas. Ellos conforman un perceptivo testimonio de la parte no pública, de la parte íntima de la escena plástica nacional de finales del siglo XX y comienzos del XXI, al tiempo que permiten recrear y comprender buen número de las maneras de producción de los artistas, de sus condiciones de trabajo, de sus predilecciones cotidianas e inclusive de la satisfacción que les producen sus propias obras. A diferencia de los de Hernán Díaz, sus retratos se dan con frecuencia en contextos abigarrados, y a diferencia de la mayoría de los de Eljaieck, son a color. Pero se trata, además, de registros de taller en los que los protagonistas posan sin remilgos, sabedores de que no se trata simplemente de imágenes para su ego, sino de testimonios acerca de su producción y de su entorno.

En la mayoría de estos retratos el pintor o el escultor aparece ubicado en el contexto de su obra, en algunas ocasiones repitiendo las poses y actitudes de sus personajes, en otras ocasiones complementando en el plano fotográfico las acciones descritas en las pinturas, otras veces insertando las pinturas en lugares que parecen su prolongación, otras veces introduciendo al artista en sus propios trabajos, en otras ocasiones enmarcándolo en diseños geométricos o mostrándolo por entre los intersticios de las esculturas, y así sucesivamente, siempre patentizando la estrecha relación que hay entre su producción y sus personas, entre su piel y las superficies de sus obras, entre su actitud y el carácter de sus trabajos, pero siempre patentizando también su propia índole de imagen fotográfica, su condición de productos de la mente visibilizados por medio de la cámara.

Un aspecto de su trabajo que aflora fácilmente en sus imágenes es la respetuosa pero cordial relación que parece establecerse de inmediato entre la fotógrafa y los artistas, quienes dan la impresión de despojarse fácilmente de la natural aprehensión que causan las cámaras y de su prepotencia o timidez según el caso, para no sólo posar sin impaciencia, sino inclusive para seguir sin mayores protestas las indicaciones, a veces no tan ortodoxas, que se les imparten. Sin duda son conscientes de que estos retratos son parte de un proyecto que entraña una detenida y extensa investigación como es propio del arte contemporáneo. Olga Lucía Jordán hace un empleo parco del photoshop -apenas para corregir algún detalle nimio-, y esa descomplicación de su trabajo ofrece algunas claves respecto de sus logros. Puede afirmarse, por ejemplo, que su obra es al tiempo reflexiva y espontánea: reflexiva en cuanto al significado de sus series y a las implicaciones de sus imágenes; y espontánea en cuanto a la ya mencionada naturalidad con que aborda los sujetos y a su rápida pre-visualización en el mismo plano del protagonista y el fondo,.y del arriba y el abajo; es decir, a su inmediata y peculiar manera de prever la bidimencionalización del mundo.

Tomado de la Revista Mundo No.38-39, 2011

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Los rostros de 239 pintores

La fotógrafa Olga Lucía Jordán expone sus fotos de creadores colombianos en la Galería Mundo.

por Melissa Serrato Ramírez

Retratos de artistas es la exposición que alberga por estos días la Galería Mundo, con 239 fotografías de los más destacados artistas colombianos y que han sido captados por un mismo lente: el de Olga Lucía Jordán, fotógrafa originaria de Riosucio (Caldas).

Cada una de las fotografías muestra a un artista diferente; pero, en conjunto, guardan una relación: la intención de integrar al artista a su obra, pues según explica Jordán, a lo largo de los 25 años que han hecho posible esta serie, nunca les ha pedido que posen al frente de sus creaciones con una sonrisa fingida o con un pincel limpio para que se hagan los que pintan.

Sin embargo, no hay que creer que haberse convertido en la fotógrafa de los artistas fue un evento casual o accidental; por el contrario, fue perfectamente deliberado y planeado desde los días en que estudiaba Bellas Artes en la Universidad Nacional, cuando empezó a planear un viaje a París para estudiar fotografía. "Me fui con la idea clara de hacer fotos de todos los pintores colombianos que vivían allá. Yo llevé una lista de 20 a los que quería tomar y después de que retrataba a alguno, le decía: dígame quien me falta", recuerda.

El paisajista Antonio Barrera fue el primero que captó su cámara en la Ciudad Luz, pues eran compañeros de estudios. Y, a partir de ese primer clic que dio, fue estableciendo su rutina de trabajo: Ir sola, sin auxiliares, sin luces, sin exposímetro y con la cámara en la cartera. Eso -dice- es lo que hace que se suelten frente a la cámara y "que les permite hablarme con tranquilidad y contarme las ideas que a ellos mismos se les van ocurriendo. Más ahora, que, con la cámara digital, uno les puede ir mostrando cómo están quedando".

Dé ese viaje quedó el libro Nuestros pintores en París, que cuenta con textos de Plinio Apuleyo Mendoza. Luego, Jordán trabajó para la galería y la revista Diners, donde acumuló otro importante número de fotografías de artistas y de allí siguió trabajando por su cuenta con galerías para elaborar los catálogos de las exposiciones.

Así, logró juntar 239 fotografías de artistas, que multiplicadas por aproximadamente 50 tomas (mínimo) que hace de cada uno y miles de negativos, dan un número imposible a la hora de seleccionar una sola de cada uno para la muestra y, claro, un sinnúmero de anécdotas que tiene más presentes que las mismas imágenes, como la que recuerda de Luis Caballero, a quien duró seis meses tratando de convencer para que se dejara tomar fotos. Cuando lo logró y terminó la sesión, le mostró su lista de pintores y le preguntó quién le faltaba: "Con ese humor devastador que tenía, me dijo: ¿Quién le falta? ¡Le sobran!".

La exposición cuenta con fotografías de Ana Mercedes Hoyos, David Manzur, Bernardo Salcedo, Luis Caballero, Fer-nado Botero, Alvaro Barrios, Edgar Negret y Alejandro Obregón, entre muchos otros.

Tomado del periódico El Tiempo, 18 de abril de 2011

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A través de los otros

Hay artistas que se muestran a través de los demás. Como Olga Lucía Jordán. Su obra la esconde infinitamente y sin embargo la revela en los rostros de los que fotografía. De tanto esconderse en ellos cada vez que los persigue para retratarlos, esta artista quindiana nacida en el municipio de Calarcá ha terminado por crear una definición clara de sí misma. La fotógrafa, por ejemplo, ha venido coleccionando imágenes de artistas que posan al lado de sus obras y ha recopilado centenares de imágenes en las que la obra se funde con el autor. La más reciente revista Mundo reúne 239 retratos de artistas colombianos a los que ha retratado esta mujer que ha vivido entre Bogotá, Armenia y París, y que prefiere aparecer poco y hacer aparecer a los invisibles. Luego de estudiar pintura en la Universidad Nacional entendió que era capaz de aplicar sus conocimientos y su humanidad en la fotografía para revelar seres a los que pocos conocen, salvo por sus obras. Sin usar flash y sin la parafernalia de su profesión, usa la luz natural para componer como forma de arte y para destacar autores como Abiézer Agudelo, Santiago Cárdenas, Saturnino Ramírez, Enrique Grau, Fernando Botero, Carlos Salas, Augusto Martelo, Hernando Tejada, Edgar Negret o Alvaro Barrios, entre muchos más.

Como lo dice la crítica de arte Ana María Escallón: "Su compleja mirada artística tiene la virtud de la naturalidad". O como señala el curador Víctor Guédez: "Ella hace que cada fotografía se convierta en un cuadro del artista... y logra concretar un cuadro dentro de otro cuadro".

Tomado de la Revista Diners, junio de 2011