Roberto Paramo Tirado

Medellin, Antioquia

Pintores

Bodegón, Figura Humana, Figura, Paisaje

 

Roberto Páramo

pintor

Retrato por Roberto Pizano

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El Paisaje
por Eduardo Serrano

De los tres grandes temas en que puede dividirse la obra de Roberto Páramo: Paisaje, Bodegón y Ciudad, el primero es el más conocido y comentado. El hecho de haberse dedicado, como la inmensa mayoría de los pintores de finales del siglo pasado y comienzos del XX, a la representación de la Sabana de Bogotá, tiene con seguridad que ver con ello.
Ya se ha dicho que, con esporádicas excepciones, la pintura de paisajes sólo empieza a ser confrontada por artistas colombianos con un ánimo primordialmente estético, no informativo o documental ni como fondo de otros temas, a partir de 1894; y que el hecho es el resultado de la influencia y de las clases que entonces comenzaron a dictar en la Escuela Nacional de Bellas Artes, Luis de Llanos y Andrés de Santa María. Se ha visto así mismo que la obra del primero sigue los dictados de la academia paisajista heredera de las tradiciones de la Escuela de Barbizón, que Santa María trabajaba bajo la influencia impresionista, y que ambos coincidían en la conveniencia de pintar al aire libre, es decir de percibir directamente la naturaleza para representarla bajo su influjo y con su luz.55

También se ha dicho que se puede hablar sin reticencias de una Escuela de la Sabana, puesto que el altiplano cundinamarqués juega un papel preponderante en el surgimiento de la pintura de paisajes en Colombia y que la obra de Roberto Páramo hace parte de dicha Escuelas, pero no se ha estudiado la particularidad de las representaciones de Páramo, ni sus predilecciones pictóricas, ni las reflexiones que incitaron su tratamiento del paisaje. Un rápido vistazo a su pintura es suficiente para percatarse de su particularidad. A Páramo, por ejemplo, no lo emocionaban como a Zamora los arreboles, ni le interesaban los sombreados caminos que motivaban a Borrero, ni lo conmovían los recodos de los ríos como a Núñez Borda, ni la presencia de los árboles que estimulaba a Peña, ni los chircales que inspiraban las espontáneas pinceñadas de González Camargo. Su trabajo es diferente tanto en los panoramas y parajes que registra como en su ejecución. Y si bien todos los paisajistas del período veían en la Sabana un tema digno de su creatividad, Páramo percibía los alrededores bogotanos de una manera especial y única que no sólo hace su obra inconfundible, sino también precursora de una tendencia que florecería en el arte nacional mucho más tarde.

Lo que le interesaba a Páramo de la Sabana era su colorido parco, húmedo y triste, y sobre todo, ese cierto orden que resulta de su planimetría y que es perfectamente detectable en sus potreros y sembrados, en sus cercas, tapias y caminos y en sus hileras de sauces y eucaliptos. En otras palabras, la Sabana, este lugar donde la naturaleza parece organizarse para desmentir la anarquía tropical, y que da la impresión de haber sido creado de acuerdo con un plan preconcebido, colaboró con el artista en lo que constituiría como la principal característica de su pintura: la apreciación de la naturaleza con un propósito de ordenamiento intelectual.

Porque la naturaleza en la obra de Páramo no acusa el caos que se le ha atribuído desde siempre. Por el contrario, las lejanas montañas enmarcan con ondulante resolución sus límites; los cultivos y caminos orientan lógicamente sus perspectivas; las rocas y colinas dan un justo balance a sus composiciones; los árboles proveen las verticales necesarias para contrarrestar el horizonte; y cuando el paisaje por sí solo no ofrece el equilibrio requerido, el artista busca la armonía entre el hombre y la naturaleza, contrapesando su representación mediante la inclusión de construcciones.

Algunos de sus paisajes consisten simplemente en dos franjas horizontales: tierra y cielo; en otros un grupo de árboles (y en ocasiones uno solo o una chimenea) se yergue centralmente; en otros prima la contundente geometría de las edificaciones; y en otros los elementos del primer plano establecen un balance con las montañas que aparecen a lo lejos. Pero en todos hay una ajustada distribución y una sólida articulación pictórica que permite hablar de euritmia en relación con sus representaciones.

Llama la atención la inmensidad que con frecuencia consigue incluir en las pequeñas dimensiones de sus obras, las cuales pueden equipararse en estos casos con visores que permiten atisbar y comprender el infinito. Para lograrlo no sólo hace gala de una extraordinaria organización espacial, sino también de una gran seguridad en el manejo de los tonos, obteniendo con ellos el efecto de recesión necesario para extenderse, plano a plano, hasta la lejanía. También utiliza algunos recursos como arboledas, hondonadas, gavillas de trigo, tapias y rocas para guiar el ojo suavemente, sin sobresaltos, de un plano al siguiente.

Si sus panoramas se presentan subordinados a una concepción ordenada e ideal, sus parajes, o representaciones de espacios más limitados, son clara evidencia de su atención a la estructura tanto de su pintura como de la naturaleza. Algunos de estos últimos presentan simplemente un sembrado que termina en una edificación; otros comienzan por un área sin vegetación cuya aridez contrasta con la feracidad inmediata; mientras que en la mayoría los barrancos y las tapias constituyen el medio favorito de articulación y estabilización. Es decir Páramo observaba con atención la realidad representando sus volúmenes de una manera precisa y contundente. Sus colores, además, son tan fieles que, a pesar de su desdén por el detalle minucioso, los árboles son perfectamente identificables mediante el verde de sus ramas. Los cielos pocas veces son azules en concordancia con su predilección por los paisajes sobrios, sin radicales diferencias o elementos discordantes, pero patentizan una inagotable variedad de grises en coherencia con las nubes sabaneras. La hierba se representa húmeda y robusta de conformidad con la fertilidad del suelo. E inclusive los caminos y barrancos comunican, a través de sus colores, la aspereza producida por el tránsito continuo o la erosión.

Cuenta uno de sus nietos que una vez salió con Roberto Páramo a pintar y ante su incapacidad de conseguir el tono de unos techos le pidió ayuda al artista quien se limitó a indicarle: "mire bien" Pero cada accidente natural y cada forma eran así mismo objeto de una profunda meditación como lo corrobora la gracia y atractivo de las rústicas viviendas que aparecen entre la vegetación (otras son construcciones señoriales), la ausencia de ingredientes prosaicos, y sobre todo, el refinamiento de sus breves pero precisas pinceladas, la economía y ordenamiento de sus ondulaciones, la simetría de sus componentes y su sutil entonación. Dicho de otra forma, aún cuando sus pinturas son producto de una observación intensa, el artista escoge sus puntos de vista con miras a una composición balanceada, omite todo aquello que considera superfluo o que no colabora con su ideal de un paisaje ordenado, incluidos los animales (en actitud poco franciscana), e impregna sus representaciones de un grave silencio y una solemne quietud que encauza al observador a reflexiones sobre el mundo y la existencia.

Por todo lo anterior puede afirmarse que su obra es precursora de la tendencia hacia la esencialización, que reaparecerá en la pintura colombiana con la obra de Ignacio Gómez Jaramillo y que se convertirá en una de las más sobresalientes características del arte del siglo XX. Si regresamos a su formación pictórica podría afirmarse que Páramo aprendió de Llanos a trabajar el pequeño formato con elegante sobriedad, y de Santa María a contemplar la realidad creativamente. Su obra sin embargo es singular y propia, ignorando la inclinación por el misterio del maestro español y la evoación por la espontaneidad y los reflejos de Santa María. Para Tomás Rueda Vargas la obra de Páramo condensa "la serenidad de nuestros paisajes"; serenidad que debió buscar a propósito dada la agitación política y las continuas guerras y recriminaciones partidistas que le correspondió presenciar en los períodos anterior y posterior al cambio de siglo. En este sentido su trabajo constituye una manera de mirar el país con esperanza de paz y armonía. Sus temas sabaneros cubren, según Joaquín Piñeros Corpas, "desde el rincón agreste, en la base del cerro, hasta el camino de arcilla con apariencia de haber sido modelado en chircal", incluyendo vistas y rincones de las grandes haciendas en las que Páramo encuentra, en coincidencia con Camilo Pardo Umaña, "toda el alma melancólica de la gran llanura". Aparte de los alrededores de Bogotá y Tenjo (lugar de nacimiento de su esposa, el cual visitaba con alguna frecuencia) el artista también pintó en cercanías de Choachí, Sogamoso y Gigante, donde se residenciaron temporalmente algunas de sus hijas.

De uno de sus viajes a Boyacá son dos de sus óleos de mayores dimensiones "La Laguna de Tota" y "Carretera a Sogamoso" (otros representan la "Inundación de Fontibón" e interiores de iglesias). Mientras que de sus visitas a Gigante son sus paisajes con vegetación de tierra caliente. El artista realizó igualmente unas cuantas obras en Fusagasugá donde se trasladó poco antes de su muerte.

Eduardo Serrano