Fiestas de San Pacho Religiosa

Festival (Musica folclorica, Baile, Pirotecnia)

Personaje

 

Fiestas de San Pacho

www.sanpachobendito.org 

en Quibdó, Chocó, septiembre

Quibdo: Fiestas de San Pacho - Archivo Semana
A ColArte

 

 


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  En homenaje al Santo Patrono de Quibdó, San Francisco de Asís, se considera el principal espacio alegórico a la vida social, cultural, religiosa y política de la capital del departamento del Chocó. Los doce barrios de la ciudad: Tomás Pérez, Kennedy, Las Margaritas, La Esmeralda, Cristo Rey, El Silencio, Cesar Conto, Roma, Pandeyuca,Yesquita, Yesca Grande y Alameda Reyes, despliegan todo su
potencial artístico por medio de disfraces, desfiles, bailes, procesiones, comparsas y otros eventos marcados por los ritmos de la música autóctona del Pacífico colombiano. En diciembre de 2012 la Unesco las declaró Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad.  

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La diversión y el regocijo tienen un encuentro cada año en Quibdó, capital del departamento del Chocó, que vive entre lo místico y lo carnavalesco las Fiestas de San Pacho, nombre con el que los quibdoseños denominan a su santo patrono, San Francisco de Asís.

Las crónicas relatan que el 4 de octubre de 1648, un monje franciscano inauguró el templo consagrado al santo y para festejar el acontecimiento realizó una procesión en canoas a lo largo del costado derecho del río Atrato, justo frente al primer caserío construido en el lugar donde hoy se levanta la ciudad. Desde entonces se viene celebrando la festividad.

Durante casi 300 años las fiestas patronales se limitaron sólo a los oficios religiosos, pero a partir de 1926 las celebraciones incluyeron desfiles y comparsas en los que participaron todos los barrios que por aquella época tenía Quibdó. Hoy se conserva esta tradición, que permite a los habitantes de los diferentes sectores engalanarse con disfraces en homenaje a San Francisco de Asís.

Las fiestas se inician oficialmente en los últimos días del mes de septiembre, cuando se realizan procesiones conocidas con el nombre de Marchas de la Fe. En ellas las oraciones y los cantos al santo patrono congregan en la fe y la diversión a todos los quibdoseños. A partir del 20 de septiembre, la música y los bailes se toman la ciudad; es entonces cuando de los barrios franciscanos salen los desfiles y comparsas que recorren las calles, danzando al son de la chirimía chocoana en un acto de devoción hacia el santo cuyo fervor fue difundido en la región desde los días de la conquista.

EVENTOS DE LAS FIESTAS DE SAN PACHO

Alborada: En la primera noche de celebración se inician las fiestas con la alborada. De cada sector salen las procesiones, que se concentran en el Parque Centenario para asistir a la eucaristía. Concluido el servicio religioso, se hace entrega a cada uno de los barrios franciscanos de las banderas que simbolizan la responsabilidad de realizar las fiestas.

Balsada, desfile de disfraces y juegos pirotécnicos: Como recordatorio de la primera celebración al santo, en el mes de octubre se realiza la balsada, un desfile por el río Atrato en el que participan balsas que llevan la imagen de San Francisco  de Asís sobre elaborados altares.

Para el desfile de disfraces cada barrio elabora el caché, nombre con el que se denomina al disfraz en las Fiestas de San Pacho y cuyos orígenes se remontan al teatro religioso español. Estos atuendos representan a princesas africanas, personajes de la vida nacional o situaciones relacionadas con el acontecer del país y con ellos se viste a muñecos articulados que posteriormente desfilan en carrozas por la ciudad. Durante los desfiles se realiza el revulú, una celebración espontánea en donde la gente forma enormes grupos para cantar y bailar. Cierran la jornada los juegos pirotécnicos.

Gozos Franciscanos, procesión y misa campal: El día 4 de octubre, fecha que conmemora el fallecimiento de San Francisco de Asís, las festividades tienen un tono ceremonial y religioso. La ciudad amanece silenciosa para dar inicio a los gozos franciscanos, que despiertan a los pobladores. Se trata de procesiones solemnes que recorren las calles hasta llegar a la Catedral de Quibdó, donde se realizan misas en homenaje a San Francisco de Asís.

Durante el trayecto, los quibdoseños visten atuendos franciscanos y adornan la imagen del santo con collares y otros objetos de oro, como símbolo de devoción y como un tributo de la tierra chocoana a su patrono.

Cierre de las fiestas y desfile de Arriada de Banderas: El día 5 de octubre, en las horas de la tarde, se realiza un desfile que recorre las calles de la ciudad. En él los abanderados arrían las banderas, mientras que las chirimías y la pólvora anuncian el final de las Fiestas de San Pacho, que regresarán un año después con sus manifestaciones de alegría, música, danzas y devoción.

Tomado del folleto Vive Colombia, Septiembre a febrero de 2010

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Instantáneas de un pueblo

El fotógrafo León Darío Peláez lanza un libro sobre las fiestas de San Pacho en Quibdó. El primer registro visual de esta tradición.

Hace cinco años, el fotógrafo León Darío Peláez registró por primera vez las imágenes de las fiestas de San Pacho en Quibdó. Al regresar, decidió que su trabajo no estaba terminado y continuó yendo cada septiembre, hasta que el año pasado, con una selección finalizada, se propuso hacer un libro. San Pacho, un santo blanco para un pueblo negro, el único registro visual que existe en Colombia sobre la tradicional celebración, se lanzó la semana pasada en el Centro Cultural de Moravia en Medellín y se lanzará en Quibdó el próximo septiembre.

La fecha coincide con la inauguración de la fiesta de San Pacho el 20 de septiembre, en honor a San Francisco de Asís, patrono de Quibdó. La conocida historia del santo que dejó sus posesiones para dedicarse a los pobres se materializó en el sentir de los 100.000 habitantes de la capital más abandonada del país. En contraste, una tierra de exuberancia natural y con una sólida herencia cultural celebra durante 15 días los favores recibidos por San Pacho, un milagroso al que le rinden honores, pero que ven como a un quibdoseño más.

La ocasional lluvia y la temperatura de casi 35 grados no son obstáculo para que los residentes de los 12 barrios franciscanos de Quibdó se armen con sus coloridos uniformes -a los que llaman caches- y se vuelquen a las calles al ritmo de las chirimías. Un día por barrio. Doce días. Hay también un desfile de banderas, amaneceres y verbenas, desfiles de balsadas en el río Atrato, misas y dos procesiones mayores. Todo esto viene acompañado por los disfraces, que son los carros alegóricos, cuyo tema se mantiene en secreto durante un año y que, por lo general, es una crítica social y un llamado a los gobernantes para que detengan la corrupción y la indiferencia.

El libro está dividido en cuatro secciones, más un video documental dirigido por Carlos Mario Muñoz. Las fotos registran no solo las fiestas oficiales, sino sus preparativos y la cotidianidad de los participantes. Pero, además, visibilizan el contraste entre el colorido de los vestidos y la alegría de la gente, con los huecos en las calles y las paredes tapizadas de avisos políticos.

Y también hay historias, como la de la comunidad gay de Quibdó, que crea los mejores caches, aunque nunca ha recibido un premio. O la de las verbenas de los ancianos. O la procesión del 4 de octubre en la madrugada. Este año se celebra la edición número 85 de San Pacho, y para quienes no han ido el libro de Peláez es una buena iniciación.

Tomado de la Revista Semana, Edición No. 1476, 16 de agosto de 2010

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San Pacho, cuerpo y alma de los chocoanos

por León Darío Peláez *

Fiestas de San Pacho; foto: Leon Dario PelaezEl 27 de septiembre de 2005 llegué a Quibdó, Chocó, para fotografiar la Fiesta Patronal de San Francisco de Asís, popularmente conocida como San Pacho. Desde entonces, he asistido durante cinco años de manera consecutiva y estoy seguro de que seguiré haciéndolo. Es fácil enamorarse de este inmenso acontecimiento cultural, un verdadero carnaval de profundo sentido étnico, social y religioso donde se congrega lo más granado del arte musical y la danza negra, en un desfile de comparsas y verbenas callejeras que tienen lugar desde hace 84 años entre los meses de septiembre y octubre.

Son 15 días de fiesta en los que 12 barrios franciscanos se turnan sucesivamente la conducción diaria de la celebración. La más arraigada fe cristiana, una fe santera que halla en San Francisco de Asís una fuente anual de milagros, protección y algarabía, se expresa diariamente en las más coloridas procesiones religiosas.

Con mucho respeto y con una infinita alegría, me sumergí con mi cámara fotográfica en cada uno de los instantes de estas fiestas patronales, mirando y aprendiendo en extasiado silencio.

Debo confesar que en Quibdó me siento feliz. Disfruto mucho esos días de jolgorio en los que se alternan el sol y la lluvia. Puedo pasar horas contemplando el río Atrato, que siempre me recuerda los versos del poeta Alfonso Carvajal: "Entrar en San Pacho es estacionarse en un lugar privilegiado del infierno. No es un carnaval, es la liturgia de la pobreza. No es la fiesta de un pueblo, es la lujuria de una cultura. Los chocoanos no son objeto de San Francisco, el santo es un instrumento corporal de los chocoanos. Un lazo espiritual los une: el eros y la ternura luchando contra la adversidad". A San Pacho, siempre querré volver.

Tomado de la Revista Avianca No. 67, octubre de 2010

* El fotoperiodista León Darío Peláez recopiló en un libro la desbordante alegría de las fiestas de San Pacho, en Quibdó, 2010

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La religión y lo afro se funden en una fiesta

por Catalina Oquendo B

Quibdó (Chocó). Tal vez sea el guarapo, tal vez la chirimía o el revulú, pero, por un momento, en las fiestas de San Pacho uno pierde de la noción de dónde está. ¿Esto es África?, preguntamos. La calle sin pavimentar, las casas coloridas y un río de gente bailando frenéticamente al son de una tambora seguían diciendo que sí.

Un hombre negro y alto de traje verde fosforescente, sombrero tipo kufi y un bastón de mando; mujeres con peinados afro, que se hacían llamar diosas, y la música posesionada de sus cuerpos gritan que es el continente africano.

Y eso es. La expresión más evidente de la diáspora que se quedó en Chocó y que sale por los poros en las fiestas de San Francisco de Asís, el patrono del Chocó, la celebración más larga de Colombia y la única con una carga tan religiosa como pagana. Una fiesta que tuvo que esperar 363 años para ser nombrada Patrimonio Inmaterial de la Nación y está en proceso de serlo de la Humanidad.

El que peca y reza...

Estamos en el barrio Tomás Pérez, uno de los 12 que participan en los desfiles de las fiestas, y es el 21 día de la celebración, que empieza a principios de septiembre y termina el 4 de octubre: un mes completo de fiesta y rezos a san Pachito, como le dicen cariñosamente al santo.

El desfile está a punto de empezar. Desde el solar de su casa de cemento, la profesora Betsaida Rentería mira con nostalgia la algarabía, los cuerpos que sudan y brillan bajo el sol de las 2 de la tarde. Quisiera estar de ese lado.

Este año, aunque su cuerpo le salta desde adentro, no puede bailar, como lo ha hecho por más de 50 años. Hace meses la arrolló una de "los millones" de motos que hay que esquivar en las caóticas calles quibdoseñas y, como dice ella, tuvieron que volverla a armar. "Estuve muerta por 20 minutos. De no ser por mi san Pachito no estaría viva", dice.

Elegante, de cabello al rape,, la profe es la muestra viva de la tradición de esta fiesta. Para ella y el barrio entero, participar es un ritual sagrado. Recogen dinero durante un año para la carroza que los va a representar y a la que ellos llaman disfraz, y para el guarapo y el sancocho de tres carnes que ofrecen en cada casa a la que lleguen a festejar. Ponen heliconias, velas blancas e imágenes de san Pacho en sus vestidos.

"Los disfraces son nuestra manera de manifestarnos contra las injusticias sociales y de recordar nuestras tradiciones: nuestro arroz atoyao, tapao, guarrú", va hablando Betsaida y, para ese momento, ya hay 8 vasos de guarapo en una mesa improvisada y se reparten pedazos de pan recién hecho entre los invitados, también improvisados.

Es como si ante toda la injusticia que han vivido no tuvieran más opción que protestar bailando. Están seguros de que sirve. El año pasado, aseguran, el disfraz fue sobre la necesidad de una terminal de transportes y se la pusieron, y en otra oportunidad pidieron el estadio de fútbol y, aunque empezaron a construirlo, apenas van unas graderías. Por eso, ponen su fe en san Francisco.

Así ha sido desde 1648, cuando el misionero fray Matías Abad navegó por las aguas del río Atrato con la imagen de san Francisco y los chocoanos lo acogieron como su patrono. Desde entonces, se celebraron las fiestas de forma exclusivamente religiosa, pero en 1898, por iniciativa de las mujeres de la región, la fiesta se convirtió en una expresión de la cultura chocoana.

Así, empezaron a hacer misas y danzas con tambores en honor de su santo, al que no siempre ofrecen pan o vino, sino chontaduro, borojó y todos los productos de la región. "Es que a él lo sentimos como uno más del pueblo, como un compañero, logramos humanizarlo y para nosotros ya no es italiano: es un santo con corazón de negro", dice la profesora Ana Lida Ayala.

La prueba son los miles de niños chocoanos bautizados con el nombre del santo, que se encuentran en cada esquina.

Jackson Ramírez es otra encarnación del fervor por san Pacho. Decidió hacer una manda (promesa) de humildad, se despojó de anillos y se dejó una barba que lo asemeja a san Francisco, de la que cuelga una trenza afro, que piensa dejarse hasta que las fiestas sean declaradas Patrimonio de la Humanidad.

"San Pacho es la máxima expresión de patrimonio afro-descendiente, simboliza un sincretismo religioso, una amalgama", asegura el documentador de las fiestas.

Viene el revulú

Por esa razón, en la mañana antes del desfile, el mismo barrio que ahora parece África en fiesta tuvo un momento de misa, para adorar a san Francisco, y después dedicarse a la gozadera. "Ahora, en la tarde, es el momento del sabroseo, de disfrutar estas fiestas, que son hipermegafabulosas, impresionantemente bonitas", dice Didier Peña y se va a bailar.

Es entonces el momento de la acción y de sabrosear, blandear, sudar, brincar, rempujar, revulutear y motear, pues no falta el que quiere seguir el desfile en moto.

Salen las comparsas y, en cuestión de minutos, detrás de ellas se forma el revulú, el desorden, la brincadera, tal como lo describe Beto Zaa en su canción:

No acaben la fiesta que esto es de amanecida/ que esta fiesta es buena y no se ve todos los días./ No me rempujes, no me rempujes/ Revulú, revulú, viene el revulú, viene el revulú.

La fiesta no se acaba y dura ocho amanecidas más, como en la canción, entre aguardiente y guarapo.

No todos están tan felices. "A mí no me pregunte nada de la fiesta, que eso me parece una tornadera de trago", me dice sorprendentemente un joven que atiende el hotel donde se hospedan los músicos de las fiestas.

Para su alivio, y para tristeza de muchos chocoanos, la celebración se extiende hasta el 4 de octubre, cuando la gente de los barrios deja atrás la algarabía y prepara cadenetas de colores y arcos para la procesión, en la que se escenifican pasajes de la vida de san Francisco. Luego explotan los juegos pirotécnicos y el santo vuelve a la catedral, mientras el sonido silenciado de las chirimías anuncia el final de la fiesta.

Tomado del periódico El Tiempo, 24 de septiembre de 2011 

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Festejo de 363 años, Patrimonio Cultural de la Humanidad

Las fiestas de San Pacho, expresión de la diáspora de Africa en el Chocó. La Unesco oficializó  la declaratoria.

Fiestas de San Pacho en Quibdo"Yo tengo 38 años, y de ellos he dedicado 36 a las Fiestas Franciscanas. Incluso, yo fui producto de ellas, porque mi mamá quedó  en embarazo durante las fiestas de San Pacho".

Con estas palabras, el gestor cultural Jackson Ramírez Machado reportó anoche desde París el éxito de la delegación colombiana ante la Unesco, para que las festividades de San Francisco de Asís (o San Pacho), que se realizan en Quibdó (Chocó) desde hace 363 años, fueran declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Ramírez habló ante el auditorio de la capital francesa, y no tuvo que leer un discurso porque tiene grabada en su mente la importancia de las fiestas. "Yo le pedí al ‘Seráfico’ (San Francisco) de Asís,  nuestro patrono, que me acompañara, y le ofrecí dejarme crecer la barba, que hoy está muy grande, con moñas y todo. Aspiro a estar afeitado el lunes para la rueda de prensa en Bogotá", dijo.

Las fiestas de San Pacho ya eran Patrimonio Inmaterial de la Nación y una de las celebraciones más largas del país: arrancan con desfiles y comparsas, al empezar septiembre, y acaban el 4 de octubre.

Adriana Molano, coordinadora de Patrimonio Inmaterial del Ministerio de Cultura, explicó que "la designación implica un compromiso para la comunidad y los gobiernos nacional y local: hacer el plan especial de salvaguardia, que garantizará que las fiestas sigan vivas". Estas fiestas son consideradas la expresión más evidente de la diáspora africana que se quedó en Chocó y la única con una carga tan religiosa como pagana.

Tomado del periódico El Tiempo, 6 de diciembre de 2012

Información adicional en http://www.eltiempo.com/colombia/occidente/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12435887.html

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El Desencantado De La Eternidad

Por: Alfonso Carvajal *

LAS FIESTAS CHOCOANAS DE SAN PACHO, homenaje a San Francisco de Asís, acaban de ser declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Este es un fragmento de la única novela (editada por El Camello Sonámbulo) que se ha escrito inspirada en esta tradición religiosa

Permanecer mucho tiempo en la muerte da ganas de soñar.

San Francisco llegó a Quibdó una noche bañada por los vientos profundos del río Atrato. Un olor, como cuando se cambia bruscamente de clima, dulcificó sus sentidos. Un olor a almizcle, a caña de azúcar, destapó sus poros resecos por la inmovilidad de los años. Tomó en sus manos su aureola adornada de espinas, que en la tierra adquirió un peso mayor, y la arrojó a las apacibles aguas sintiendo alivio.

Una pequeña barba roja le cubría el rostro como una herradura. Su frente amplia relució en la noche como el casco de un navío emergiendo victorioso de la tempestad. La ciudad tenía una fachada de pueblo y una húmeda temperatura febril le daba un aspecto espiritual, que no había previsto en su vida, ni posteriormente en su larga muerte.

Una arquitectura desordenada, hecha con los machetazos inconfundibles de la pobreza: viejas casas de madera, desgajándose tibias en la oscuridad, y algunos edificios modernos, era el espectáculo que veían sus ojos de recién despierto.

Una frase, unas palabras ligadas por el azar, lo habían devuelto al mundo de los vivos: “San Pacho es un bacán”; mundo que estuvo lejos de sus recuerdos hasta que un ángel negro, amante de las palabras y la perturbación, le contó la historia durante un desayuno casual, donde los espíritus errantes de Dios encuentran un momento para comunicarse. Diálogos eventuales para no extraviar el uso del lenguaje y la conciencia, que en la muerte son innecesarios porque la existencia trasiega perenne como ideas puras, sucesivas y vacías de eternidad.

El vecino del cielo le relató que a principios del siglo XVI, el día exacto era un misterio, los conquistadores españoles y los misioneros franciscanos entraron quinientos años después de su muerte, la imagen de él (imagen que la religión fue transformando en un símbolo de sufrimiento, pureza y bondad), a través del río Atrato, y fundaron a San Francisco de Quibdó.

Los dueños del lugar, los aborígenes que habitaban estas tierras, maliciosos y fervientes creyentes en sus dioses sin rostros humanos: el sol, la luna, las fieras, ignoraron aquella estatuilla sostenida como una divinidad por los misioneros franciscanos.

Los otros hombres que llegaron siglos después por un macabro destino a estas selvas remotas, negros cimarrones y atletas de la adversidad, adoraron de inmediato esa faz melancólica y de ojos dolorosamente bellos, y lo bautizaron San Pacho. Con el tiempo la veneración religiosa se convirtió en un extraño ritual de la carne. La raíz africana brotó en ese pedazo verde de la naturaleza suramericana, y nació una fiesta anual llamada San Pacho, que permitiría un escape a la desolación y a las tribulaciones de una raza perseguida por la mentalidad perversa de la historia. Un grito de libertad y sensualidad. El culto de un lenguaje corporal: un canto al señor de las chirimías.

La noche estaba serena. Francisco caminó por el solitario malecón y al otro lado del río distinguió un titilante pesebre: era el caserío de Bahía Solano. Luego vio una gigantesca mole gris, imponente en el silencio de la noche: la Catedral San Francisco de Asís. Cierto espasmo de narcisismo recorrió su antigua columna vertebral. Divisó sus torres y la gran puerta de chocolate, y el reloj, detenido mecánico en una hora ancestral.

—Paisa, regáleme unos pesos por amor a Dios —le dijo la voz que salía de la penumbra. Una voz de mujer ronca, asfixiada.

San Francisco se acercó y observó a una anciana con un trapo blanco en la cabeza y una muleta sosteniendo la locura. Era Ana Lucía, cómplice del prócer César Conto, que tiene su sitio, nicho de piedra, en la esquina del Parque Centenario mirando hacia el occidente.

—De allá vienen ustedes los paisas —afirmó la mujer y señaló el horizonte imaginario, una latitud borrosa escondida detrás de la cordillera. Perturbado (aun no acababa de llegar), por las aseveraciones de la mujer, en un tono bíblico expresó que él venía de Italia, y que su último hogar había sido el cielo y que un inesperado azar lo trajo por estos lugares. Ana Lucía soltó una carcajada que sonrojó al santo.

Atrás quedó Ana Lucía, con la silueta erguida de un pirata miserable. A San Francisco no se le ocurrió otra cosa: escogió dormir en la Catedral. Se acomodó en una de las puertas laterales del aposento. En cierta forma, la iglesia le pertenecía, su nombre había perdurado incólume en la memoria de piedra. Le pertenecía un pedazo del mismo material de los sueños, un pedazo que no tiene contextura sino en el recuerdo.

El sonido de un piano y el candor de unas voces femeninas lo despertaron. Abrió los ojos con lentitud como si temiera amanecer en otro mundo. La misa de siete irrumpió en la mañana. Todavía no se acostumbraba al cambio de las horas. Tiempo que no estaba regido por las manecillas del reloj, sino por la unión compacta del cielo y la tierra.

Entró temeroso a la Catedral y vio a un hombre blanco, canoso y delgado; por su atuendo descubrió que era un claretiano. El padre Isaac Rodríguez lo miró con una mezcla de intimidación y de estupor. Un grupo de mujeres negras, adustas, concentradas en una seriedad providencial, entonó un ritmo vocal que sedujo sus oídos del siglo XII.

Se sentó en la primera banca y advirtió desolado que su presencia era inadvertida por los feligreses. Recordó los ojos escrutadores de Ana Lucía y del padre Isaac, y prefirió olvidar el asunto. Todavía no creía su odisea, pensó en darle más tiempo al tiempo para clarificar si se hallaba en un sueño o en una realidad que superaba cualquier hipótesis.

Por el portón principal, como un cañonazo solemne y pacífico entró un coro angelical, suave tropel de ángeles negros. Un puñado de hombres y mujeres llevaba alegre, a cuestas, a un pequeño santo, San Pachito. La réplica, idéntica a otras, repetición del mito, fue colocada en el altar. Francisco pasó los dedos temblorosos por sus ojos. No lo podía creer. Ahí estaba, su pequeño doble como un príncipe sin trono esculpido en la madera. Según la tradición permanecería todo el día en la Catedral: dormiría, soñaría y al día siguiente, después de la vigilia estática de la noche, un nuevo San Pachito, otra de sus personalidades, de otro barrio, de otra porción de patria del universo, ocuparía su lugar. Era la ley transgresora y alegórica de las fiestas de San Pacho.

Se agarró la sotana por la cintura para comprobar si estaba vivo, gesto ridículo pero sobrenatural, o si soñaba delirante en algún rincón perdido del cielo. Se levantó con la pesadez del asombro y el padre Isaac le envió desde la distancia una bendición, conjuro paralítico de las manos religiosas. Asistió hasta el fin de la ceremonia, extraña a sus apetitos celestiales, pero muy cercana al estallido momentáneo de su piel.

Los hombres cargaron el San Pachito, como si arrastraran la salvación instantánea de sus deseos. Acompañados de una música melancólica y espiritual abandonaron la Catedral.

En la calle un carro destartalado llevaba un pequeño faraón, y a su alrededor tres ancianas vestidas con faldas multicolores bailaban al son de las chirimías. El faraón era Vicente Díaz, emérito funcionario público, que apenas medía un metro treinta centímetros de estatura. Después de mirar al pueblo con solemnidad africana, comenzó a leer el pergamino que anunciaba el inicio de San Pacho. La proclama prohibía que se fueran el agua y la luz, en una ciudad sedienta de servicios públicos. Además se encarcelaría a los revoltosos hasta que el gobierno construyera el canal Atrato-Truandó. Es decir, se les condenaría a cadena perpetua.

Las últimas palabras de Vicente Díaz dominarían esas extrañas fiestas religiosas: “Pueblo de Quibdó, vamos al corrinche general...”.

La caravana del bullerengue partió rítmica. San Francisco la siguió, imantado, hasta el barrio Kennedy, barrio memorable de polvo y pobreza juntos. Suburbio ardiente de la selva. La polvareda como un humo inofensivo se enderezaba en las calles y se escurría en el horizonte. Las sonrisas de las poderosas dentaduras blancas de los niños colorearon esa mañana inédita. Era el bautizo premonitorio de un futuro incierto.

“Hermano sol alumbras y abres el día, eres bello de dicha y tu esplendor lleva por los cielos crónicas de tu autor”, exclamó ensimismado, parodiando la recuperación de su individualidad.

Esa nueva vida, ese fulgor avasallándolo, acaloró el corazón del santo de Asís. Esa negrura venturosa que le producía aquella remota ciudad, construida con parches de madera y de música de carnaval, de humildes cantores, le permitía volver a sentir el encanto fugaz y luminoso de la existencia. Sonrió entre la multitud como si fuera la primera vez, y una lágrima milenaria, fatigada de no ser, cayó en la calle natural y destapada que pisaba su desbordada alegría.

* Novelista, cuentista y poeta, director editorial de Ediciones B en Colombia. Ha publicado los libros ‘Memoria de la noche’, ‘Un minuto de silencio’, ‘Los poetas malditos, un ensayo libre de culpa’, ‘Pequeños crímenes de amor’ y ‘Hábitos Nocturnos’.

Tomado del periódico El Espectador, 23 de diciembre de 2012

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  CULTURA POPULAR: Patrimonio universal

Las fiestasdeSan Francisco de Asís, llamadas de San Pacho que se realizan desde hace 363 años en Quibdó, fferon declaradas por la Unesco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

En las Fiestas de San Pacho, que se remontan a 1648 -aunque su forma actual data de 1926-, la locura comienza el 20 de septiembre cuando la fiesta más étnica de Colombia arranca con el Desfile de Banderas de los 12 barrios llamados franciscanos. Luego, cada uno de ellos presidirá los 12 días siguientes, en los que presentan sus comparsas y sus chirimías para acompañar su disfraz: una carroza con figuras talladas en balso por ‘disfraceros’ que representan escenas cargadas de crítica social y política.

Durante las tardes de estos 12 días, el carnaval o ‘revulú’ recorre como un huracán los barrios de Quibdó. Después de la última verbena, en la noche del 3 de octubre, con orquestas, baile y sancocho de siete carnes, los ‘sanpacheros’ se reúnen, a las dos de la madrugada, en el atrio de la catedral San Francisco de Asís. De allí parte la Procesión de los Gozos por el mismo recorrido de los’ revulú’, pero con una estación en el altar de cada barrio. Al amanecer, regresan jubilosos a la catedral para la misa de seis e ir a dormir hasta las tres de la tarde, cuando se inicia la majestuosa procesión central. Por única vez en el año, San Pacho sale adornado con joyas de oro chocoano que los devotos le han dado en gratitud, para recorrer casi veinte kilómetros bajo un sol demoledor o un aguacero descomunal. En el crepúsculo, los feligreses regresan con San Pacho a la catedral, en cuyo atrio se celebra otra solemne misa como culminación de la fiesta. Como dice el investigador Julio César Uribe Hermosillo:.. La fiesta ha terminado y habrá que esperar hasta el próximo año para volver a vivirla, es decir, para volver a celebrar la dicha de estar vivos para vivir a San Pacho, a ¡San Pacho Bendito!, un santo blanco para un pueblo negro, un santo pobre para un pueblo empobrecido al que lo único que no han podido expoliarle es la alegría.

Tomado de la Revista Semana, 10 de diciembre de 2012 

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  2013

El regreso anual de San Pacho bendito a su casa

Las tradicionales fiestas de Quibdó concluyen hoy, luego de haber sido declaradas patrinnonlo de la humanidad.

por María Alejandra Toro Vesga
   
  Quibdó*. “Este es San Pacho en un día”, dice Gilberto Mosquera, un saxofonista oriundo de Medio San Juan, un municipio a 75 kilómetros de Quibdó, cuando se le pregunta por la programación de la jornada en las fiestas chocoanas que
el año pasado fueron declaradas por la Unesco patrimonio de la humanidad.

Resulta que el programa del día incluye la balsada, un desfüe de botes que recorren el imponente río Atrato con la imagen de San Francisco de Asís, y otro desfile, esta vez de comparsas, antes del regreso de San Pacho a la catedral.

Balsas en el AtratoLa experiencia es una concentración de sensaciones penetrantes. Estamos cerca de la plaza de mercado, donde los colores huelen y los olores se confunden. El punto de encuentro es el barrio Niño Jesús, y allí la gente se alista para emprender el recorrido fluvial. Cada uno de los 12 barrios de Quibdó tiene su propia bandera y decora a su gusto la canoa, a la que llaman champa, con globos de colores y disfraces llamativos. Los barrios tienen nombres sonoros: Esmeralda, Pandeyuca, Alameda Reyes, Cristo Rey, Kennedy, César Conto...

La balsada está a punto de comenzar. En un extremo del río, se ven la selva y unos palafitos desde donde saludan unos niños. En el otro, la plaza de mercado y una multitud de personas que aplauden y observan el recorrido. Llaman la atención los mensajes de las balsas: “Respeto, fiesta, justicia, familia, y gratitud”, dice una.

Y es que, además de rendirle homenaje a San Pachito (como llaman al santo patrono de los afrodescendientes) se celebra la vida, y se hace un llamado a la tolerancia y a la paz. “Han matado a varias personas”, dice Richard, un joven que llegó al Chocó hace dos años, con su moto y con ganas de trabajar. Parece que las fiestas no han escapado de los hechos violentos, pero eso no las apaga, ya que son la muestra del sentir de un pueblo, que está empeñado en mantener sus tradiciones culturales y su identidad.

Las canoas desembarcan en el malecón y con ellas, la algarabía. Los disfraces de las mujeres, el sonido de la pólvora, las camisas floridas de los hombres y la música estridente son una muestra de lo que es este Quibdó, un exuberante paraíso selvático, olvidado por unos y desconocido para otros.

Se acerca im sacerdote. Su nombre es Evaristo Acosta, es capuchino y viene de la iglesia La Concepción, de Bogotá. “Estoy predicando, feliz en mi ambiente”, dice.

Ya han pasado 365 años desde la llegada de los primeros misioneros franciscanos al Chocó, con fray Matías Abad a la cabeza, y sus doctrinas permanecen latentes en los quibdoseños.  Esta es la primera vez que se celebra un San Pacho desde que, en el 2012, fue declarado patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. A las calles no les cabe un alma, pero todo transcurre en relativa paz. “Este año ha estado mejor organizado”, dice Liseth, una joven que espera, como todos, la llegada del santo.

Junto al predicador, llegan los músicos y las mujeres, ya de más edad, devotas de San Pachito, que tantos milagros les ha hecho. El comercio se mueve a la par con las personas, que cargan varios ‘san pachos’: el que va para la Iglesia, otros en versión miniatura, y algunos hechos en cartón e icopor.

La gente canta, y los músicos no paran de tocar. Marcelino Rodríguez, el ‘Panadero’, lleva 47 años soplando su clarinete, y no recuerda cuántas veces ha estado en . las fiestas de San Pacho. Perdió la cuenta. Ya dentro de la catedral, el sonido de la chirimía retumba, y la gente se regocija con la llegada de su santo. Una marea humana atraviesa la Iglesia, y se dispone a salir a las calles, porque en la tarde será el desfile de las comparsas.

Una crítica social

Pasado el mediodía, la gente se reúne en el parque Manuel Mosquera Garcés. Las carrozas visten de ‘caché’ (así llaman a su disfraz) y las comparsas están listas. Plumas, telas brillantes, lentejuelas, canutillos y mallas conforman los atuendos. Unos hombres están pintados completamente de rojo, otros disfrazados de mujeres, y unas muchachas se visten como japonesas.

Los mensajes de las carrozas muestran un inconformismo por el atraso de la región, como la del barrio Cristo Rey, que tiene un letrero que dice “Empuja tu desarrollo”. O la del Tomás Pérez: “¿El progreso del Chocó es un sueño?”

Una vez comienza, la gente se deja llevar por el baile. “Es que lo tenemos en la sangre”, dice Amada, una mujer del lugar. Niños y ancianos se ubican en los andenes para ver el desfile. Incluso, algunas personas que están en la funeraria salen un momento, con lágrimas en los ojos para ver pasar las carrozas.

Ya en la noche es la última misa de la novena franciscana, y el alumbramiento de los 12 barrios, cada uno con su propio santo, cuyo fallecimiento se conmemora el 4 de octubre. Luego, los gozos franciscanos, la misa campal, y por último, la detonación del cañón Goliat, que indica el final de las Fiestas de San Pacho, la forma más sincera y auténtica de honrar a San Francisco de Asís, quien, como muchos quibdoseños, conoció de cerca la austeridad._

Esta nota fue posible gracias a la invitación de Fontur.
Tomado del periódico El Tiempo, 05 de octubre de 2013 

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