Lina Sinisterra

Bogota

Pintores

Abstracto

 


 Lina Sinisterra

pintora
 

A ColArte

 

   

LINA SINISTERRA: Bogotá en 1970. Estudió Psicología en la  Universidad de Los Andes. Bogotá, Bellas Artes en el Miami Dade Community College, EEUU, Clínica en Psicosis en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires y Sicodrama en la Escuela Argentina de Sicodrama y en el Hospital Neuro-psiquiátrico Braulio A. Moyano. Buenos Aires, Argentina. Estudió Pintura en la Escuela Superior de Bellas Artes de la Nación Ernesto de La Carcova. Buenos Aires, Argentina y es Magíster en Artes con Mención en Artes Visuales de la Universidad de Chile. Principales Exhibiciones Individuales: 2010 Galería Santa Fé, Planetario Distrital, Bogotá; 2008  Galería Óscar Ascanio, Caracas; Galería el Museo, Bogotá; 2005 Centro de Extensión Universidad Católica de Chile; 2003 Galería Casa Cuadrada, Bogotá; 2002 Exposición Piel Artificial, Centro cultural Matucana 100.  Santiago de Chile; 2000 Escala 1/10. Museo de Santiago Casa Colorada. 1999 Ciclo de Instalaciones Casa Colorada. Museo de Santiago, Chile; 1998 Galería Gabriela Mistral. Santiago de Chile; 1997 Centro Cultural de Espańa. Santiago de Chile. Ha participado en exhibiciones colectivas en Brasil, la Feria Internacional de Arte de Bogotá ? ArtBo, y Argentina, entre otros.

Texto gentilmente suministrado por la Fundación Corazón Verde, 2011

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Exposición EXCÉNTRICA  

El presente trabajo de Lina Sinisterra gira en torno de un arduo,  exhaustivo y minucioso ejercicio que se acerca a lo compulsivo y lo obsesivo. Cuidadosa y pacientemente realiza círculos - círculos dentro de otros círculos, círculos alrededor de otros círculos -  en una dinámica ininterrumpida que se hace obsoleta, que dilata y comprime el tiempo en secciones incomprensibles e imposibles de medir.  En el obsesivo y mil veces repetido recorrido de la mano el tiempo pierde su vertiginosa carrera: se desacelera, se expande, se deshace.  La proliferación de círculos de Lina Sinisterra se puede asemejar al Ritornello de Deleuze: la   canción que se canta en silencio una y otra vez en la necesidad de acallar el caos del acelerado mundo contemporáneo; aquello que permite lidiar con el ruido, la confusión y el desenfreno de las emociones.  Cada círculo parece afirmar y confirmar la propia existencia en una pequeńa pero bien audible voz: existo aquí, ahora, porque pinto; pinto y repito para existir.

Los círculos son metódicos pero la mano, el pulso y la pulsación de la artista siempre se dejan entrever por entre los resquicios del delirio. En la obsesiva repetición la mano aprende y perfecciona la acción con cada movimiento, de manera que sin necesitar recurrir a otra cosa que no sea la misma dinámica de reiteración el círculo afina sus bordes, se hace presente y constantemente más redondo.  En esta acción no hay significados  intrínsecos más allá de la forma: la forma que a fuerza de repetirse  pierde su sentido igual que el nombre que se repite hasta convertirse en  puro sonido, o la melodía que se olvida y se recuerda simultáneamente en  la repetición compulsiva.  La forma redonda que se hace redundante sólo  permite atestiguar la acción tenaz y obstinada de Sinisterra, con la que  el espectador se encuentra atónito en medio de la sorpresa y el deleite de  la forma misma.

La insistencia con la que Sinisterra reitera el círculo incesantemente conlleva una presente abnegación que reconocemos en varios tópicos femeninos, dado que la reiterativa acción manual (bordar, enroscar un hilo alrededor de sí mismo hasta convertirlo en una prenda, hilar en la rueca, entrelazar en el telar) se liga como acción a la desprendida paciencia femenina.  Este tópico se encuentra preconizado en la figura de Penélope,  que usa el tejido como pretexto para esperar obstinadamente a que su marido regrese de una guerra terminada décadas atrás. Lina Sinisterra repite la misma acción dilatando el tiempo igual que Penélope, y cada círculo se convierte en una constatación del tiempo pasado, y se convierte también en un pretexto para dejar pasar el tiempo.  Igual que la Penélope de la Casa Tomada de Julio Cortázar, Sinisterra se mantiene en un presente  que parece suspendido en el sólo hecho de hacer, en un presente al que sólo le importa existir libre de complejidades y desprovisto de todo atisbo de las complicaciones del mundo externo a la propia acción.

Paula Silva Díaz
Crítica y curadora independiente

Tomado de www.galeriaelmuseo.com  , 2008

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Comer del arte, dulce experiencia

por Sara Araujo Castro

Un mes entero tardaron la artista plástica Lina Sinisterra y su equipo de pegadores artísticos armando las letras de la frase multicolor que invade la Galería Santa Fe ?en el Planetario de Bogotá? y conforman la obra Quiero 115 mil veces. Al principio, los bombones, gomitas, marshmellows y otros dulces se convirtieron en un increíble placer para el paladar y la vista. Pero con los días la gula dio paso al hostigamiento y a la náusea, no sólo estomacal, sino visiva. "El olor y el color del dulce en grandes cantidades se volvió insoportable. Fue una experiencia que me sorprendió y me hizo reflexionar sobre este hostigamiento, incluso en el arte", afirma la artista bogotana.

Sinisterra llegó al arte por un camino único, pues la psicología clínica ocupaba su tiempo. "Todo empezó con unas clases de dibujo en Miami. Luego, mientras trabajaba en un hospital psiquiátrico en Buenos Aires, estudiaba artes y cada vez era más placentero hacer lo segundo que lo primero". Así, poco a poco, las artes tomaron su vida. A sus pacientes de psicoterapia un día les anunció que sería sólo su maestra de arte e ingresó en la maestría de bellas artes en Santiago de Chile. Ahí empezó a forjar su carrera como artista plástica tras ganar la Bienal Gunter de Pintura.

Aunque el trabajo de Sinisterra se relaciona más con el manejo y la intervención del espacio, con un arte más efímero y performático, en la obra Quiero 115 mil veces es evidente una sensibilidad por el color que viene de la pintura. El movimiento cromático de esta obra y la composición de cada letra se construyó como si fuera un lienzo.

Sin bocetos ni cálculos, Lina y el grupo, que se fue reduciendo con los días, hicieron composiciones sobre la marcha con base en la materia prima: 115 mil dulces donados por Colombina. "Soy muy manual, no uso el computador. Fue dispendioso, pero primero seleccionamos por colores y a partir de ahí y de lo que íbamos encontrando (como unas colombinas con la carita de Blancanieves) construimos la obra", cuenta la artista.

Ese trabajo en equipo va más allá de la construcción de la obra. Lina y su hermana Paula Sinisterra, directora del grupo de teatro Velatropa, llevan varios ańos trabajando en la mezcla de las dos disciplinas y tras ańos de poner las artes plásticas al servicio del teatro, hoy desarrollan un trabajo que está en la mitad. Se trata de las acciones públicas (algunas se hicieron durante el Festival Iberoamericano de Teatro), en las que la obra de Lina se entrelaza con el trabajo de Velatropa. Una de las acciones públicas con Quiero 115 mil veces se llevará a cabo el próximo 6 de junio cuando llegue la hora de desmontar. Los artistas y quienes hayan aceptado la invitación que aparece en carteles públicos marcharán con las letras como seńal de protesta por la dificultad que es comer del arte.ť

Archivo El Espectador, 20 de mayo de 2010

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Entre el deseo y la dificultad

por Melissa Serrato Martínez

Lina Sinisterra solía inscribirse en todas las convocatorias de pintura que se abrían en Bogotá, Buenos Aires y Santiago de Chile, que eran las ciudades en las que había vivido y estudiado, pero la respuesta siempre era la misma: "Gracias por participar, vuelva a intentarlo el próximo ańo".

Lina SinisterraEn 1997, cuando estudiaba una maestría de Artes Visuales en la Universidad de Chile y dividía su tiempo entre la plástica y las terapias para pacientes del hospital de salud mental Braulio Moyano, pues también es psicóloga de la Universidad de los Andes, se abrió la V Bienal Günther de Pintura en Chile.

Esa vez participó con la obra Archivo de concurso número 7. La hizo en un rollo de tela, imprimió una reproducción de las últimas seis pinturas que le habían rechazado, con las cartas de los jurados en las que nunca le explicaban el motivo de la negativa y con un sello casi notarial que decía en tinta roja y mayúsculas: Rechazado. "Además -recuerda-, dejé un espacio en blanco para esa obra, que estaba segura también me iban a rechazar y le ańadí esta frase del crítico de arte Edward Shaw: Premiar la obra de alguien que nunca ha sido premiado es arriesgarse demasiado, es dar un salto al vacío ".

El salto

Sin embargo, el verdadero salto al vacío es el que han dado Lina y otros millones de artistas que le han apostado su vida al arte. De ahí es precisamente de donde nace su nueva obra, Pervivencias, creada en su totalidad con más de 120.000 dulces de colores y formas distintas, a través de los que reflexiona sobre el deseo y la lucha que significa tratar de ganarse la vida con el arte.

"Todos los seres humanos, sin excepción, nos hemos comido un dulce y hemos tenido la experiencia de saborearlo y deleitarnos con él; al igual que un deseo, no uno cotidiano, sino uno grande. Todos lo hemos tenido y hemos experimentado la ańoranza de cumplirlo", dice.

Así, el dulce se convierte en un material universal, mediante el cual ella establece una relación de fondo y forma, pues, según explica, no derrite los dulces para convertirlos en pintura líquida: "Los empleo intactos, respetando su materialidad para mostrar mi deseo por pintar; es decir, metafóricamente, pinto con el deseo mismo".

Su exposición abarca los dos pisos del Espacio 2 de la galería El Museo. En el primero, hay varias esculturas, entre las que es posible identificar un grupo de tótems, péndulos y hongos, que forman un mundo aparentemente bello, casi perfecto y armónico, pero con grandes defectos, que Lina ha puesto allí intencionalmente. Por ejemplo, cuando se rodea uno de los péndulos, hechos solamente con colombinas, el visitante se encuentra con un espejo convexo, que deforma la imagen de quien se mira en él.

Esto sucede porque, según ella, el mundo de los deseos es dual. "Todos nos hemos abstenido de consumir dulces y hemos sentido la frustración de no poderlo hacer, como los deseos no realizados, que al truncarse se anclan aún más en la mente y la voluntad; exactamente igual que con un dulce: de tanto saborearlo, llega a hostigar".

De ese mundo hecho de dulces de tonalidades fascinantes, intenso por el brillo de la resina con la que están cubiertos y con sabores evocadores, se llega al segundo piso de la muestra, no sin antes leer una cita, también de dulce, de la artista estadounidense Jenny Holzer: Protect me from what I want ("Protégeme de lo que quiero").

Allí, la artista retoma un concepto que había trabajado en su muestra pasada, Quiero 115 mil veces, que se presentó en la galería Santa Fe, gracias a que el ańo pasado ganó la convocatoria para exposición en salas del Distrito, de la Fundación Gilberto Álzate Avendańo.

En las paredes de este nivel se lee la cita "Comer del arte quiero", que ya había empleado, solo que esta vez se dio a la tarea de mostrar algunos de los motivos que la han hecho querer comer del arte: cada una de las letras de esa frase reproduce, con dulces, alguna de las pinturas que más la han conmovido, como El grito, de Edvard Munch; Los girasoles, de Van Gogh; El beso, de Marc Chagall, y la célebre Marilyn, de Andy Warhol.

"Para Lina, el uso del dulce como dador de color y forma de pintura no es un capricho, sino que ha encontrado en él otro modo de pensar en el medio pictórico", comenta Juanita Solano, curadora de la exposición.

La carrera

Pocos días después de enviar su Archivo de concurso número 7 a esa V Bienal, con una repisa y varios metros de tela que sugerían que estaba preparada para nuevas descalificaciones, recibió la noticia de que se había llevado el primer premio. Desde entonces, su carrera ha ido en ascenso, ha hecho más de 11 exposiciones individuales, otras tantas más colectivas y, en esta ocasión, vuelve con Pervivencias, a pesar de que muchas veces su deseo de "comer del arte" la ha dejado, .literalmente, "sin con qué comer".

Tomado del periódico El Tiempo, 23 de mayo de 2011 

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Lina Sinisterra, Psicóloga egresada de la Universidad de los Andes, hace estudios  de bellas Artes en la Universidad de Miami, hace una especialización en sico-drama en Buenos Aires, Argentina con  Rojas Bermúdez.  Después hace una maestría en artes visuales en la Universidad de Chile y ha participado en exposiciones en diferentes Galerías: Gabriela Mistral- chile, Galería el Museo-Bogotá, La Perrera centro Cultural-Chile, entre otras.  Fue la Ganadora de la Bienal  Premio Gunther, en Chile.  Y es fundadora del colectivo artístico velatropa, desempeńándose como directora de artes visuales del colectivo siendo un elemento fundamental en la concepción e investigación de las artes visuales en espectáculos: 8 y 1/4, Mama Túnel, Sin Fin y Acto Público.  Actualmente es profesora y directora de tesis de la Universidad Jorge Tadeo Lozano en el programa de Bellas Artes

Texto gentilmente suministrado por Vanessa Arce - Teatro Nacional, 2012

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Logra lo que se propone

Lina Sinisterra fue la única extranjera invitada a un concurso hecho por el ministerio de Obras Públicas de Chile. Se presentó con el proyecto Volando en la misma dirección con el propósito de entendimiento. “Es una escultura de aviones, como los de las piñatas, en fibra de vidrio traslúcida, escalados a un tamaño más grande y montados en postes que alumbran”, describe la bogotana. La obra fue elegida para exhibirse de manera permanente en el Aeropuerto Internacional Comodoro, de Santiago de Chile, y su montaje finalizará en agosto. Tener una de sus obras en semejante vitrina es un reconocimiento al talento de una mujer curiosa, impulsiva, obsesiva, radical, polifacética, profesora, madre (de Tobías y Matilda) y, sobre todo, artista. Lina inspira a soñar: no importa cuán descabellada o inviable parezca la idea, ella demuestra que sí es posible. Tal vez por eso su vida ha sido un salto constante, desde renunciar a su trabajo como sicóloga para dedicarse al arte, hasta el momento de regresar a Colombia solo porque “quería sembrar un árbol y verlo crecer”.

Lina SinisterraDe niña las pinturas paisajísticas de su tía abuela, Blanca Sinisterra, y la necesidad de buscar petroglifos (piedras grabadas) en la finca marcaron su infancia. Pese a ello, al terminar el colegio estudió sicología. Luego de cuatro años de ejercicio viajó a Miami y se inscribió en dibujo “con el ánimo de aliviar el peso de ser terapeuta y, además, porque era una nueva fuente de conocimiento; desde entonces, nunca más pude separarme del arte”, recuerda.

Hoy reconoce que concatena los eslabones de la sicología con los de su otra profesión, pero en ese momento, a los 27 años, eran temas aislados. “Me metí de fondo en el oficio, viajé a Buenos Aires y estudié sicodrama y pintura mientras era terapeuta en un hospital de salud mental”.

En medio de la búsqueda llegó a Chile, hizo un magíster en artes visuales, y solo allí se aceptó como artista. “Me ganaba la vida como sicóloga, no se me ocurría hacerlo mediante el arte. Así que me impuse un horario de pintar mínimo 8 horas diarias”. De allí surgió 11 Jornales, un carrete de 50 metros a blanco y negro en carboncillo, lápiz y acrílico. “Estaba obsesionada con la figura humana. Me dediqué a dibujar siete cuerpos y los repetí hasta terminar el rollo”.

En la galería, una mexicana le compró un trozo de la obra y con esos mil dólares se sostuvo unos meses. “Me sentí multimillonaria. ¡Era dueña de mi tiempo! Y  justo cuando la plata se acababa recibía otro correo pidiendo que les vendiera un retazo más, y así duré seis años, sin trabajar”. En ese tiempo se dedicó a viajar. “Amanecía y mi única cita era con mi deseo: ¿hoy qué quiero?  ¡Uy! ¡Qué delicia amanecer en el desierto! Acampaba, me quedaba tres semanas y volvía al taller”.

El paso siguiente fue inscribirse en todas las convocatorias. Participó en la Bienal Günther de Pintura, pero fue rechazada seis veces. No desistió y en 1997 se presentó con Archivo de concurso #7 Un rollo de tela con sus últimas seis pinturas declinadas, las cartas de los jurados y la marca de un sello: ‘Rechazado’. “En la pieza cité al crítico de arte Edward Shaw: ‘Premiar la obra de alguien que nunca ha sido premiado es arriesgarse demasiado, es dar un salto al vacío’. Casualmente, uno de los jurados no llegó y para reemplazarlo llamaron a este señor. Y gané. Todo lo que uno se propone lo logra, los fracasos son solo una posibilidad de transitar a otro lugar”.

Pero el verdadero salto en el camino de Lina, tanto en técnica como en estilo de vida, ocurrió al cumplir 30 años. “Quería volver a Colombia para sembrar un árbol y verlo crecer”, entonces les puso precio a sus pertenencias y con ese dinero regresó junto a sus dos perros adoptados, una mesa y 15 tulas de pelotas de una instalación que iba a regalarles a sus sobrinas.

El sueño de sembrar un árbol lo cumplió cuando vivió cuatro años a las afueras de Bogotá, en una finca autosostenible. “Planté 15 mil. Me obsesioné. Solo intercambiaba jabón y papel higiénico por la leche que producían mis animales. Incluso, viví por un tiempo en una maloca y hasta fui traductora entre unos indígenas colombianos y los Lakota, de EUA”.

De todas esas experiencias nació la policromía de su arte. “Mi obra es un tejido de fragmentos de mi existencia. Cada exposición y cuadro és un punto del total de puntos, en este caso, de color”. La obra Pervivencias, por ejemplo, es hecha con 115 mil dulces cubiertos con resina. Aquí, Lina reflexiona: “El deseo y la lucha para adaptarse y vivir del arte es un problema de todo artista comprometido”. Esa, quizás, es una de las máximas que la han llevado a cumplir cada meta trazada, hoy, a sus 44 años.

Tomado de la Revista Gente, No. 801, enero de 2015

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