Hector Osuna

Medellin, Antioquia

Caricaturistas

Caricatura, ilustracion

 

Héctor Osuna

pintor, caricaturista

 

 

Osuna de Frente

Prólogo de Gabriel García Márquez

La historia vista de espaldas

Cuenta un amigo que en sus tiempos de conspirador juvenil se disfrazó tan bien para hacer un viaje clandestino, que había burlado retenes policiales y emboscadas de sicarios, hasta que alguien que lo conocía desde la escuela, y que no lo había reconocido de frente, lo reconoció por la espalda. Comprendí mejor esta aventura cuando vi una película en que el poeta Eugeni Yevstushenko encarnó como actor a un anciano diseñador de aviones. Era una caracterización impecable, no sólo por el maquillaje, que era muy convincente, sino por la erosión de la voz y la incertidumbre senil. De pronto, en una escena en que el personaje se alejaba de espaldas, toda la magia de la ficción se vino abajo: por un instante ya no fue más el anciano patético que había logrado convencernos de frente, sino el amigo Eugeni en cuerpo y alma, con sus cuarenta años apenas cumplidos y su empaque de nadador de torrentes siberianos. Cuando alguien le señaló esa única falla de su muy buena actuación, Yevstushenko dijo: "Es que nadie se conoce a sí mismo de espaldas".

Hasta hoy pensé que tenía razón. Por eso la primera sorpresa de este libro sorprendente es el dibujo de la carátula, donde el autor se ve a sí mismo de espaldas, y sin embargo el parecido es más notable que en los otros muchos dibujos en que se ha visto de frente. Lo cual revela de entrada el alto grado de su peligrosidad artística, porque nadie puede estar a salvo frente a un caricaturista que conoce tan bien a los seres humanos, que conoce inclusive el espacio reservado a su propio Angel de la Guarda. Es también una prueba inmediata de la maestría de Osuna en el arte misterioso de la caricatura, y un resumen magnífico de este libro.

El método de Osuna es la organización de las situaciones más complejas de un modo que sólo él conoce, para reducirlas luego a un símbolo único con la simplicidad y el filo sangriento de una cuchilla de afeitar. Todo un sistema de represión de cuyo nombre seguimos acordándonos aunque no lo quisiéramos, quedó identificado para siempre con la imagen de dos caballos guasones en la caballeriza convertida en laboratorio de torturas. Al gobierno actual, desde sus orígenes, lo redujo a la complicidad de una monja escapada de un cuadro de Botero que está colgado en el Palacio Presidencial, y un ministro que se tiene como el más cercano a los afectos de¡ presidente. Osuna nos ha enseñado a pensar que esa es al mismo tiempo la complicidad y el conflicto entre la conciencia y el subconsciente de un gobierno que sabe muy bien lo que quiere, pero que no puede tanto como sabe que quiere. Es la historia vista de espaldas, con las miserias cotidianas de sus costuras, como nos ha sido servida semana tras semana durante más de veinte años con el desayuno dominical, y con un sabor tan propio y un condimento tan variado, que ya empezamos a preguntarnos cómo serían nuestros domingos si no existiera Osuna.

Quienes lo conocemos de frente, pensamos que es un hombre que calza un alma varios números más grande que él. Para calificarlo sólo existe un adjetivo que por falta de uso está a punto de ser un arcaísmo: atildado. Todo en él es de un rigor sacramental: su atuendo metódico, su urbanidad milimétrica, su edad de niño. Uno podría creer que su sentido más útil es el de la vista. Pero hablando con él se descubre que no está tan pendiente de los gestos como de los pensamientos menos pensados que se quieren esconder detras de las palabras, y que los busca sin piedad con unos espejuelos glaciales de entomólogo, que más parecen microscopios para escuchar. Cómo esa materia oral se convierte en la felicidad visible de nuestros domingos, es algo tan sublime y diabólico que sin duda tiene mucho que ver con el aparato digestivo de la poesía.

Quienes sólo lo conocen por su arte dicen que Osuna no tiene corazón. Yo creo que lo tiene, y muy grande, pero dotado de una química personal que sólo asimila a los justos, y para Osuna no hay casi nadie que lo sea en esta vida. En ese sentido es una reliquia histórica: el último cristiano puro que nos queda. Su oficio dominical es inclemente, sin una debilidad simple, sin una grieta de lástima. Aunque se le considera como el caricaturista político más lúcido y feroz que ha tenido Colombia, su ferocidad es mucho más que política, porque es sólo moral. Carece de¡ cálculo matrero, de las pasiones efímeras, de los apetitos terrestres de los políticos. Su negocio parece ser la salvación de las almas. Y su única posición legítima, en consecuencia, sólo puede ser la de los cristianos primitivos, que en el circo romano se dejaban comer por los leones cantando plegarias de amor, porque estaban tan convencidos como Osuna de que en la lógica de Dios eran ellos quienes se estaban comiendo a los leones.

Tomado del libro: Osuna de Frente de Ancora Editores

horizontal rule

 

 

Antología de Rasgos y Rasguños

por Fabio Castillo, especial para El Espectador 

Con una meticulosidad que parece estudiada, a dos minutos de las siete de la noche Héctor Daniel Osuna Gil toma el control de su televisor  de 14 pulgadas, abre una carpeta llena de hojas blancas, alista una pluma estilográfica Parker 51 de cubierta plateada y se sienta a esperar el desfile variopinto de rostros, gestos, corbatas y perfiles que encarnan los hechos que habrá de retratar cada domingo. Así lo ha hecho durante los últimos 40 años. 

Antes, la labor era igual de metódica, pero más dispendiosa: con unas tijeras guardadas en un delicado estuche de piel café, se dedicaba a cortar una a una las fotos publicadas en los periódicos, las pegaba de forma cuidadosa en hojas en blanco y luego las organizaba en un desfile impresionante de carpetas que guardaba en un archivero de madera, en estricto orden alfabético.

De ahí surgió una de sus primeras características: saber identificar -por la dimensión de los hechos que lo involucraban, o por la claridad de un pensamiento bien y oportuna mente expresado- a la persona, hombre, mujer o niño, que habría de tener protagonismo en el futuro de Colombia y, por tanto, en sus Rasgos y Rasguños de los domingos mingos en El Espectador. Y así durante los últimos 46 años. Porque si alguien quiere conocer a protagonistas y antagonistas de la realidad política, sobre todo, del último medio siglo, y verlos destacados sus contradicciones, los rasgos emblemáticos de su personalidad, o el contexto de alguna de esas hecatombes regulares que suelen sacudir el muermo nacional, no tendrá más remedio que consultar los trabajos del maestro Héctor Osuna, el operador de rayos X de nuestra trastornada realidad.

La publicación de su segundo libro, Osuna 84 05 (Editorial Aguilar, Bogotá, diciembre 2005) significa por eso una selección de los hechos más relevantes de la alta edad contemporánea de nuestra historia patria, y por eso mismo la herramienta política más útil para entendermo, por qué, para quién y desde cuándo el país anda de tumbo en hueco y de hoyo en bache.

Los Rasgos y Rasguños de Héctor Osuna tienen varias características, todas ellas hijas del ejercicio del más claro periodismo de opinión editorial: nunca se le encontrará una caída de estilo, una calificación o descalificación personal, una valoración subjetiva distinta a la capacidad de síntesis de una frase o actitud, y un gracejo que, a fuerza de llevar el argumento al extremo, exhibe con un rasgo de ingenio el sofisma de moda para perturbar la lectura obvia de nuestra cotidianidad.

Su arte es, para tomar prestada la expresión del infaltable bardo inglés, "una chanza inadvertida, insondable, invisible, como la nariz en el rostro de un hombre". Son las características que sorprenden, por que todos tuvimos a disposición los mismos hechos y protagonistas, pero uno no está seguro de haberlos entendido, hasta cuando conoce la síntesis de Osuna en el domingo.

Ya hace años, los protagonistas de sus rasgos abandonaron la pretensión de enviarle rectificaciones, tal vez porque en tendieron a Harry Truman cuando decía: "El que no aguanta el calor, que no se meta en la cocina". Una vez un sacerdote de apellido Grillo lo llamó alimaña, y el caricaturista le respondió: "Lejos de mí mencionar ante usted alimañas, reverendo padre Grillo".

Héctor Osuna ha pagado un alto precio para preservar su independencia, jamás ha ocupado un escritorio en las redacciones de los periódicos y revistas donde ha trabajado, no va a cocteles políticos -"llevo más de 50 años viviendo en Bogotá y no conozco a Ivonne Nicholls", cosa imposible si uno asiste a cocteles en esta ciudad-, no hace parte del jet set criollo, y para rematar, declina todo premio de periodismo que le quieran imponer.

Por eso no tiene vida pública, porque una intensa vida social genera unas dependencias no siempre afortunadas para el oficio crítico que debe desempeñar un buen caricaturista. Osuna 84 - 05 es el segundo libro de Héctor Osuna y recopila una selección de más de 300 caricaturas, que en orden cronológico van del final del gobierno de Belisario Betancur hasta nuestros días. Es una edición de lujo, de gran formato e ingenio, como lo muestra su portada, con un enigmático Rafael Núñez mascando chicle.

Para describir a Héctor Osuna sólo hay que recordar a Gabriel García Márquez: "No está tan pendiente de los gestos como de los pensamientos menos pensados que se quieren esconder detrás de las palabras, y que los busca sin piedad con unos espejuelos glaciales de entomólogo, que más parecen microscopios para escuchar".

O como afirmó Álvaro Gómez: "La gran función de no dejar adormecer la sociedad es tarea insigne, preciosísima, no siempre reconocida en lo que vale. Osuna la ha cumplido bien, con perseverancia, asumiendo riesgos, entre ellos los de sus propias exageraciones. Por ser un ejemplo de arrojo y de independencia, este amigo se ha convertido en uno de los valores actuantes de nuestra democracia".

¡Ah, y el libro tiene prefacio de Sor Palacio!

Tomado del periódico El Espectador, 11 de diciembre de 2005

horizontal rule

 

 

Osuna por dentro

Todos parecen estar de acuerdo en que Héctor Osuna es el mejor caricaturista del país. Bueno, no todos, hay quienes no comparten esa apreciación, como la columnista María Isabel Rueda, que alguna vez aseguró que el también articulista de El Espectador hacía caricaturas muy difíciles de entender. Sin embargo, entre sus colegas la opinión, por lo menos en público, parece ser unánime.

De Osuna sus compañeros de oficio respetan el que haya podido mantenerse durante 45 años siendo testigo del país, especialmente del político, sin importar quién estuviera al frente del Gobierno. "Rendón fue caricaturists mientras el país estuvo gobernado por los conservadores, luego se suicidó porque se quedó sin nada que hacer", asegura Vladimir Flórez (Vladdo).

Héctor Osuna sabe que ha logrado algo que ningún otro caricaturista ha conseguido. "Es muy difícil, por los mismos dibujantes -asegura-, porque a la gente le da pereza, no es bien remunerada o no tiene el sentido de la política, que es algo que les pasa a muchos. Yo he defendido mi independencia y he tenido mucho respeto por parte de los directores de los medios".

Pasa gran parte de su tiempo en su casa en la Sabana de Bogotá y prefiere evitar invitaciones y reuniones, "porque cuando comienzan a invitarlo a uno que a almorzar y esas cosas es para debilitarlo", opina Álvaro Montoya Gómez, caricaturista de El Nuevo Siglo.

Sin embargo, al lanzamiento del nuevo libro de Héctor Osuna asistieron precandidatos presidenciales, artistas, poetas, políticos, estrellas de los rnedios de comunicación y académicos. Un verdadero resumen de lo que llaman "ser nacional" convocados por un hombre que se enorgullece de no ir a cocteles. "fampoco es que viva encerrado -aclara- pero prefiero los petit comité, las reuniones pequeñas con cuatro o cinco personas".

Cuando Osuna comenzó a publicar sus caricaturas en El Siglo, por allá en 1959, nunca pensó que su afición de secundaria de plasmar en dibujos compañeros y profesores se le convertiría en profesión. Por aquel entonces ya había desistido de ser jesuita, una de sus primeras vocaciones, por lo que decidió aceptar la invitación de un compañero, quien le contó que en el "Diario de La Capuchina" (como llamaban a El Siglo en ese tiempo por quedar cerca de una famosa iglesia bogotana) necesitaban un caricaturista.

Al otro día comenzaron a aparecer sus dibujos en El Siglo y algunas semanas más tarde se presentó con una muestra de su trabajo en las oficinas de El Espectador. Más tarde publicó sus caricaturas en los dos medios "con la tolerancia de ambos directores", pero con el tiempo las distancias políticas entre ambos periódicos hicieron insostenible la situación y Osuna salió de las páginas de El Siglo.

Luego, intentaría ser abogado. Terminó materias en el Rosario pero nunca se graduó. lncluso pensó en ser pintor, cuando regresó de Europa, con la firme intención de montar un taller y dedicarse a los óleos. Sin embargo, sólo había una actividad que combinaba su afición por el dibujo, especialmente por el retrato, y su precoz interés por la política.

Muy pequeño, tendría unos 10 años según recuerda, se sentaba en la puerta de su casa en Medellín a hablar de política con el hombre que limpiaba los zapatos de la familia. Por aquella época, mientras los demás niños jugaban al fútbol él creaba "repúblicas imaginarias", en las cuales, asegura, "pasaban cosas" y en las que aplicaba sus incipientes conocimientos políticos.

Con el tiempo decidió, en lugar de ejercer la política, convertirse en un observador. No piensa que los caricaturistas sean una especie de justicieros, como se afirmó recientemente en una revista, ni tiene aspiraciones de ser conciencia moral como lo llaman algunos. "Yo ya no creo que uno vaya a cambiar el país a punta de dibujos", asegura. Algún día, quizás, pensó que sería posible, pero ahora sostiene que un caricaturista es sólo alguien que se divierte, divierte a los demás, complementa gráficamente un periódico y, de vez en cuando, incide en la opinión.

Al final, la caricatura se convirtió en profesión y la pintura en afición, por eso, sostiene, quizás hoy disfruta más pintando, y aunque quienes han visto sus retratos destacan la calidad de su trabajo, Osuna está convencido de que difícilmente podría lograr mayor reconocimiento como pintor del que ha conseguido como caricaturista. "Ahora sólo quiero pintar bien, dejar alguna obra y que a la gente le guste".

No le preocupan mucho los horarios. No tiene una rutina de trabajo, aunque a veces, "trabajo bajo la presión del cierre".

Lo que sí reconoce es que es un obsesionado por el orden. El bien iluminado estudio donde realiza su trabajo está impecable. Ni un papel fuera de lugar.

Mantiene un archivo con todos sus trabajos, hace bocetos de sus caricaturas antes de dibujar la versión final en plumilla y con tinta china y difícilmente abandona una tradicional elegancia, completamente alejada de la idea bohemia del artista. Sin embargo, Héctor Osuna es un artista, un artista que la política le arrebató a la pintura.

Tomado de la Revista Cromos No.4582, 19 de diciembre de 2005

horizontal rule

 

 


Osuna 40 años

Durante 40 años los presidentes Colombianos, asediados desde el primer 7 de agosto de su cuatrienio por la lagartería y la alabanza permanentes, han recordado que son mortales comunes y corrientes al verse en las caricaturas del maestro Héctor Osuna. Todos ellos le deben a Osuna ese favor, que no es poca cosa. Si no fuera por el maestro los mandatarios ascenderían al cielo, de puro orgullo y vanidad, como Remedios, la bella. De ese destino terrible los ha salvado él, una y otra vez, amarrándolos al piso: Osuna señala sin clemencia sus debilidades y equivocaciones, los rasgos de carácter que los colombianos quieren olvidar al depositar en ellos sus esperanzas, y resume en un solo trazo el carácter de todo un gobierno. Es así como, entre otros muchos, una monja recuerda el cuatrienio de Betancur, un caballo el de Turbay, una perra dálmata el mandato claro, un elefante el anterior gobierno.

Hoy Osuna es el más grande de los caricaturistas colombianos. Pero más que eso, es la conciencia crítica más lúcida de la vida nacional. En un país en el que la búsqueda de compromiso es con frecuencia el instrumento para resolver las dificultades, Osuna se niega a transar y aplica la máxima del Tao, según la cual quien no pierde su eje, resiste. Mientras en la actividad política unos y otros cruzan las fronteras de los partidos y desdibujan las líneas de lo ideológico, Osuna permanece en el mismo lugar en el que estaba en 1959. Cada vez que alguien pretende creer, desde lo más alto del poder público, que lo que hace es nuevo y único en el mundo, Osuna trae hasta el presente lo que todos habían olvidado, retazos de la ignorada historia republicana. A diferencia de quienes temen a los poderosos, Osuna los captura en su pincel y los expone: si son mezquinos, Osuna los ve y los muestra mezquinos; si grandes, así aparecen; si corruptos, nada los salva de la guillotina del maestro.

A Osuna lo han temido por igual los presidentes y los generales; los banqueros y los ministros del despacho; los arzobispos y los embajadores de las grandes potencias extranjeras; los grandes industriales y los dueños de los medios de comunicación. Ni uno solo de ellos diría en público la vergüenza que siente, a veces, al verse capturado por Osuna infraganti. Ninguno de ellos osaría enfrentarse abiertamente a Osuna.

Los rasgos y los rasguños

Así ha sido desde el 6 de marzo de 1959, cuando un joven tímido llegó a la sala de redacción del periódico El Siglo con una carpeta debajo del brazo y preguntó por Alvaro Gómez.

Le indicaron la oficina en donde se hallaba Gómez en compañía de Juan Pablo Uribe y Guillermo Gómez Moncayo. Se dirigió allí, saludó y se presentó como caricaturista. Abrió la carpeta y mostró varios bocetos a lápiz de sus dibujos y uno —sólo uno— hecho en tinta china que hacía alusión al hecho político del día.

Alvaro Gómez y sus compañeros los observaron con atención. Después de un corto diálogo le pidieron que dejara la caricatura terminada y que volviera después. Cuál no sería la sorpresa del joven tímido al ver publicada su caricatura en la página editorial del día siguiente. La acompañaban las iniciales HO.

Esa fue la primera de más de las 10.000 caricaturas políticas que ha publicado el maestro Héctor Osuna durante 40 años y el inicio de su brillante carrera profesional.

Poco tiempo después Osuna, declarado ya caricaturista y conservador, ingresó a las filas del diario El Espectador. Durante 38 años estuvo vinculado al diario de los Cano y desde su sección Rasgos y rasguños libró algunas de sus mejores batallas, discrepando a veces de la línea editorial del periódico.

En el prólogo al primer libro de caricaturas de Osuna, decía Gabriel García Márquez: "Es la historia vista de espaldas, con las miserias cotidianas de sus costuras, como nos ha sido servida semana tras semana durante más de 20 años con el desayuno dominical, y con un sabor tan propio y un condimento tan variado que ya empezamos a preguntarnos cómo serían mis domingos si no existiera Osuna".

Además de su facilidad para el dibujo y su poderoso instinto para capturar las fisonomías, dotes esenciales para el arte de la caricatura, Osuna posee una acendrada vocación política, una vasta cultura humanística y una desconcertante disciplina personal. Las anteriores características, sumadas, le dan esa insólita capacidad de análisis —a la vez juguetona y profunda— que lo ha convertido en el mejor caricaturista político de todas las épocas en Colombia.

Contra lo que pudiera pensarse, el maestro Osuna no es un caricaturista del momento, no es un simple registrador estático de las personas y los acontecimientos que han hecho nuestra historia. No. Existe en él —en sus caricaturas— un elemento de movimiento difícil de definir que lo muestra más como director que como simple fotógrafo de la película en la cual estamos inmersos. Aunque individualmente consideradas son muy buenas, hay en ellas algo de fotograma que indica continuidad. Es decir, no están solas, no llegan solas, siempre hubo una antes y habrá una después. Esa es la ventaja que el maestro Osuna tiene sobre los demás caricaturistas

En noviembre de 1997, cuando El Espectador fue vendido por la familia Cano al Grupo Santo Domingo, el maestro Osuna se retiró del periódico. Y se vinculó a la revista SEMANA en el mes de enero de 1998.

Ningún caricaturista colombiano ha mantenido su vigencia por tantos años. Durante su larga carrera profesional al maestro Osuna le ha correspondido vérselas con 11 presidentes de la República y, fiel a su esencia de caricaturista, nunca ha sido gobiernista, así haya tenido simpatías por algunos de ellos.

El imperial Alberto Lleras Camargo y su luna de miel con el país gracias al triunfo del frente civil que derrocó la dictadura militar; el hidalgo Guillermo León Valencia y sus afanes de cazador por pacificar la Nación; el autoritario Carlos Lleras Restrepo y sus arrestos de transformador con reforma constitucional incluida; el soberbio Misael Pastrana Borrero y su frente social para desinflar la prepotencia del populismo anapista. En resumen, los cuatro gobiernos del Frente Nacional y sus presidentes fueron blanco permanente de su pluma y permitieron que ese joven tímido de 1959 se fuera cuajando como caricaturista.

De alguna manera estos cuatro presidentes le sirvieron al maestro Osuna de sparrings y, a medida que cambiaban, la contundencia del caricaturista se hacía mayor.

Por eso, cuando en 1974 asumió la presidencia Alfonso López Michelsen, se encontró a un caricaturista hecho y derecho, en plena madurez. Sus caricaturas durante el mandato claro fueron de antología. Sus dibujos del Presidente y la perrita Lara le dieron al maestro Osuna proyección nacional.

De los caballos al elefante

A Julio César Turbay Ayala no le fue mejor. Durante su campaña aparecía con las espaldas enormes, vestido con un saco cruzado a rayas, corbatín, zapatos negros y sombrero. Su estado policivo, representado en el estatuto de seguridad, dio nacimiento a los famosos caballos que marcaron a ese gobierno y a los sucesos de violencia estatal en el interior de las caballerizas de la XIII Brigada en Usaquén.

En 1982 asciende a la presidencia Belisario Betancur. Los choques contra Jaime Michelsen y la arrogancia del Águila, combate en el que El Espectador demostró una enorme valentía, los fallidos esfuerzos de paz con la guerrilla, las tensiones en el interior del gobierno con los militares y los arranques populistas de Belisario —el sí se puede—, terminaron resumidos todos en una imagen: Sor Palacio, la monja del cuadro pintado por Fernando Botero y obsequiado a la Presidencia. El horror de Sor Palacio ante los primeros zarpazos del narcoterrorismo, la desaparición de Armero y el holocausto del Palacio de Justicia resumían el horror de todos los colombianos.

Antes de ganar la Presidencia, en 1986, Virgilio Barco había sido blanco de una fuerte oposición de las caricaturas de Osuna, que sirvieron como abrebocas a lo que fue el gobierno del "dale rojo, dale". Barco fue también blanco permanente del humor de Osuna y en las caricaturas dominicales aparecía con frecuencia como un ausente mandatario, seguido siempre de cerca por don Germán Montoya.

En 1990, después de una sangrienta campaña presidencial, asume la presidencia César Gaviria. Osuna caracterizó al gobierno del revolcón con sus caricaturas de Simón y María Paz, el llamado kínder de Palacio, la Asamblea Nacional Constituyente, la guerra contra los carteles, la búsqueda del sometimiento de los narcos a la justicia y el fracaso de La Catedral. Ninguno de sus ministros estrella —Rudolf Hommes, Rafael Pardo, Noemí Sanín, Juan Manuel Santos— escapó a su mirada severa.

Por su parte el presidente Samper no tuvo un día de respiro. Osuna fue de lejos la más dura oposición a un presidente que llegaba al Palacio de Nariño bajo la acusación de haber financiado su campaña con dineros del narcotráfico. La caricatura que Osuna hiciera en su momento del elefante, al que hizo referencia monseñor Pedro Rubiano, es hoy una síntesis única del gobierno pasado.

El regreso de la monja

En agosto de 1998 —en medio de una gran expectativa— se posesionó Andrés Pastrana, enarbolando la bandera del cambio. Y al contrario de Tirofijo —que no le cumplió la cita al recién inaugurado gobernante—, la famosa Sor Palacio, de la mano de la pequeña Valentina, volvió al lado del Presidente. En estos siete meses, como en los tiempos de Belisario, ha vuelto por sus fueros, convertida en la conciencia del gobierno.

Como acertadamente lo expresara en su momento Alvaro Gómez, el maestro Héctor Osuna, sin quererlo, en 40 años de ejercicio ininterrumpido como caricaturista político, "se ha convertido en uno de los valores actuantes de nuestra democracia". Y  más allá de eso, como lo dijera Gabo en un prólogo a un libro de Osuna en 1983 "su negocio parece ser la salvación de las almas. Y su única posición legítima, en consecuencia, añadía el Nobel, sólo puede ser la de los cristianos primitivos, que en el circo romano se dejaban comer por los leones cantando plegarias de amor porque estaban tan convencidos como Osuna de que en la lógica de Dios eran ellos quienes se estaban comiendo a los leones".

Menos mal, para la historia nacional, en el caso de Osuna esa figura relatada por Gabo —los cristianos dando buena cuenta de los leonesresulta casi siempre acertada. Los leones, que en este país suelen hacer siempre de las suyas, le tienen pavor a la pluma del maestro Osuna.

Tomado de la Revista Semana No.881, 22 de marzo de 1999