Francisco Mejia

Copacabana, Antioquia

Fotografos

Figura Humana, Paisaje, Paisaje Urbano, Construcción

 

Francisco Mejía

fotógrafo

 

Enlace recomendado http://www.bibliotecapiloto.gov.co/patrimonio_imagenes/francisco_mejia/ 


Por varias décadas para la sociedad de Medellín fue de rigor mostrar en casa un retrato de la Foto Mejía. Con el paso del tiempo estas imágenes de la novia en los 30, del bebé rozagante de los 40, del bachiller de los 50 y del profesional con sus abuelos en los años 60, han adquirido el carácter sagrado de los objetos hogareños; y por estas razones de la vida doméstica  se ha ido hundiendo en el olvido público la labor de Francisco Mejía como fotógrafo comercial.

Con la presente exposición, el Banco de la República y la Fundación Antioqueña para los Estudios Sociales, FAES, desean resaltar y difundir este aspecto de su trabajo, a todas luces digno de una especial memoria. El valor documental de sus archivos ya de por sí amerita la más completa exhibición. 

Podría decirse que Francisco Mejía (1899-1979) fue de esos artistas que se dedican a su oficio movidos por las circunstancias más que por las urgencias, alardes muchas veces, de una vocación. Como suele ocurrir en estos casos, esto le permitió producir una obra pareja, serena e imparcial; es decir, trabajar con lo que hoy en día designamos con la palabra profesionalismo. Nació en Copacabana, en el seno de una familia que, como tantas otras de comienzos del siglo, conoció la fortuna y la penuria alternativamente. Su padre era minero y alguna vez fue alcalde de esta población. Su madre fue una mujer emprendedora, valioso apoyo cuando tiempos difíciles los obligaron a trasladarse a Medellín. Ya en la ciudad, ella montó una pequeña industria sombrerera y un servicio de lavado de ropa al por mayor que hicieron posible educar sin estrecheces a los hijos. Francisco viajó a Bogotá con la intención de estudiar ingeniería con los hermanos cristianos, pero nuevos percances económicos al poco tiempo lo hicieron regresar a Medellín, en el año de 1917. 

Suspendió los estudios para colaborar en el sostenimiento del hogar. Se empleó de mensajero y ayudante de dibujo con la firma Olarte Vélez, en donde se afianzó su interés y adquirió un ojo crítico para los temas de la ingeniería y de la arquitectura. Pasó después a trabajar en el negocio fotográfico de Oscar Duperly, y allí, para usar un término del arte, fue por contacto como cobró afición a la fotografía. Su aprendizaje fue puramente empírico; la decisión de independizarse tuvo algo de fortuita. Mientras cumplía funciones tanto administrativas como de fotógrafo en la casa Duperly, le gustaba recorrer la ciudad y, a título privado, "sacar vistas" de los lugares y eventos principales para su colección particular. Desde el comienzo supo que eran buenas; y como quienes las conocían empezaban a ofrecerle por las copias y a comisionarle trabajos esporádicos, se resolvió por el oficio de fotógrafo. 

Abrió su estudio propio en el año de 1928. Para esa fecha había establecidas varias casas del ramo en Medellín. Aparte de Duperly, podemos mencionar las de Rodríguez, Obando, Rafael Mesa y Benjamín de la Calle, ya en sus últimos años y a quien compró Mejía los equipos,. de modo que no sería incorrecto aseverar que le hizo de relevo. Los clientes encontraban a Mejía en su estudio del crucero de Junín con Colombia, después en la calle Ayacucho, primero en un local del Teatro Bolívar y luego al frente, en la esquina del Pasaje la Bastilla. La cercanía del teatro explica la profusión de retratos de artistas y personajes de la farándula. Cuando el ensanche de esta calle, se trasladó a un local aledaño a la iglesia de San Benito y allí siguió desempeñando su trabajo hasta la fecha de su fallecimiento. 

En un principio puso énfasis en el aspecto comercial (para diferenciarlo de la fotografía de gabinete) de su ocupación. Había mucho por hacerse. Las principales compañías industriales, empresas constructoras, bancos y establecimientos comerciales, la mayoría ya con alguna tradición, habían tomado conciencia de la necesidad y las ventajas de transmitir una buena imagen y del registro de sus actividades y adelantos; y en especial de la exigencia de renovar las técnicas de la publicidad y hacerlas más sutiles, más aleadas del cartelón y la proclama ingenua a los que hasta entonces se había recurrido. 

Empresas tales como la Naviera Colombiana, Fabricato, Coltejer, la Compañía Colombiana de Tabaco y la Nacional de Chocolates, encomendaron a Mejía estas labores. Los resultados fueron y son aún notables. Las suyas se resisten a ser el estereotipo higienizado y neutral de la fotografía comercial de todos los tiempos; y más parecen productos de la curiosidad y el entusiasmo, que el trabajo prudente que se ejecuta por encargo. Muchas ostentan cualidades estéticas, sin que este fuera su objetivo primordial, lo cual debe abonársele al artista. Sus fotografías de la industria son con frecuencia de interés social, por fortuna no del todo ajustadas a la función propagandística; las de fachadas e interiores de edificios y negocios dan prueba de un fotógrafo tan orgulloso y optimista como sus propietarios; y su fotografía publicitaria es elegante y arriesgada, más de lo requerido por las holgadas pautas de la época. 

La fase comercial de Francisco Mejía transcurrió principalmente durante los decenios agitados del 30 y del 40. La crisis del 30, la ascensión del liberalismo al poder, la creación de movimientos sindicales, el desarrollo acelerado de la industria y el aumento demográfico generaron grandes cambios sociales y urbanísticos en las ciudades colombianas. Actualmente son motivos de queja la expansión industrial y las demoliciones y fiebres constructoras a las que desde entonces Medellín se somete. La obra de Mejía nos recuerda que en sus días éstas no eran más que las señales del progreso. Y este progreso asume muchas caras. Así, la población obrera, femenina al comienzo y acaparada por el negocio del café, se traslada a la industria manufacturera y es sustituida gradualmente por contingentes masculinos; el paisaje del Valle de Aburrá se llena de factorías y de urbanizaciones para las clases medias, la ciudad de caserones antioqueños da paso a una de caserones de un estilo promiscuo que hoy parecen ostentosos, y en el Centro se elevan edificios que hoy parecen humildes, en el caso de haber sobrevivido; el río, las quebradas y las vías se confunden en la economía de las rectas; y las últimas divas del canto y la comedia llegan ya por avión a su función de despedida, mientras hacen su estreno otras un poco más a tono con los gustos modernos, los sex-symbols que el cine y la publicidad se han inventado. Y en todas partes parece estar Mejía tras su cámara, fotógrafo oficial del Congreso Eucarístico, de un trío de boleristas, de la Cervecería Unión, de una nueva avenida, de un colegio. Se educa, se trabaja y se hace caridad; y está Mejía para dejar constancia. 

Pero el rasgo distintivo del carácter de Francisco Mejía era la timidez; y su temperamento prefería la intimidad del gabinete, al cual fue dedicándose en detrimento de sus oficios comerciales. Como otros tímidos, fue un preciosista, altivamente honrado, y un artesano rico en secretos prácticos y habilidad manual. Contemporáneos suyos, fotógrafos como Gabriel Carvajal y Miguel Angel Zuleta, señalan su destreza profesional y el modo generoso como repartía sus conocimientos. 

Mejía fue pionero en la técnica de la iluminación al óleo que puso en boga sus postales y retratos retocados; y manejó con tanto acierto la luz artificial como la natural, de la cual se valía haciéndola llegar hasta su estudio mediante complicados ensamblajes de espejos o, para el caso de interiores de casas y edificios, dejándola filtrarse desde alguna ventana, con lo cual obtenía el raro efecto de intemporalidad que hoy nos presentan. Incursionó en el cine comercial y fue durante años el encargado de preparar las placas de publicidad que inauguraban el suspenso en las salas de cine. Mejoraba las cámaras, se ideaba y construía máquinas de ampliación y para el revelado de películas, y era un maestro en la preparación de emulsiones y material de procesado. Su éxito como fotógrafo de la arquitectura se debió, aparte de sus conocimientos sobre el tema, a que no vacilaba en colgarse de un lazo o subir a un árbol para obtener sin distorsiones las imágenes; y como fotógrafo de niños, a que iba desde construirles juguetes que los entretuvieran, hasta hacerles maromas y visajes que los hicieran sonreír. Sus dotes de retocador obviamente lo hicieron popular entre las damas. 

La timidez le permitía ser modestamente testarudo. Nunca entregó una fotografía que no dejara al cliente satisfecho, pero a cambio imponía el ángulo para la vista o la pose para el retrato que a su juicio eran esenciales, los únicos, no importaba si este pedía algo distinto. Se sentiría libre cuando por fin pudo concentrarse en la elaboración de retratos formales e impecables y solazarse en la pintura delicada de los mismos, en la tarea discrecional de un genio bienhechor. Pero el perfeccionismo vio pasada su hora, y la edad y otras técnicas, que le parecerían poco ortodoxas, lo fueron relegando en los últimos años de su vida. Sin embargo, abrió su estudio siete días a la semana, hasta la fecha de su primera y última enfermedad. Cuando murió el Medellín que Francisco Mejía fotografiara había sido derruído otra vez y las costumbres y los gustos ya no eran los mismos. Los mayores, podrán rectificar los recuerdos que guardan de estos tiempos, evocaciones que quizás se encuentran ya raídas por los bordes. Otras generaciones y otras gentes sabrán sacar sus propias conclusiones. 

Con la excepción de las postales y retratos iluminados, las fotografías de esta exposición son todas copias de reciente factura, la mayoría provenientes de los archivos comerciales de Mejía que tiene el FAES a su cargo. Estos archivos se componen de unos 6.000 negativos en diferentes materiales: vidrio, nitrato de celulosa y acetato de celulosa, según su orden de antigüedad. La selección se hizo con el criterio de cubrir, en lo posible, las múltiples facetas de los trabajos de Mejía. Una pequeña parte de este material venía ya fechada o identificada por el fotógrafo, y esta información se respetó, aún en casos de duda, pues Mejía agrupaba por temas más que por fechas o lugares. Gracias a la ayuda de amigos del Banco y de la Fundación pudo fecharse e identificarse con alguna exactitud el resto de la exhibición, aunque no sobra aquí decir que ambas instituciones agradecen al público las precisiones que puedan aportar a este respecto.  

Por problemas debidos al material efímero (nitrato de celulosa) utilizado en Colombia hasta los años de la Segunda Guerra Mundial, a la escasez de vidrio generada por ésta, que obligó al fotógrafo a lavar muchas placas para elaborar con ellas los avisos de cine, y a la pobre calidad de los productos fotográficos importados durante este período, parte de sus archivos ha desaparecido. El Banco de la República y el FAES agradecen a su esposa e hijos la donación y colaboración, y a Luz Posada de Greiff sus oficios de intermediadora, que han permitido realizar la presente muestra. Gracias a su generosidad, el FAES puede así proseguir con su interés por rescatar, conservar y poner al servicio de la comunidad este tipo de archivos, para lo cual ha creado el Centro de Memoria Visual de Medellín, en donde se procesa y clasifica este registro irremplazable; y el Banco, por su parte, puede cumplir con su política de apoyo a estos centros en distintos lugares del país, así como con su interés por la divulgación del material documental recolectado. 

CARLOS JOSE RESTREPO
Tomado del libro Francisco Mejía, Banco de La República
Fundación Antioqueña para los estudios Sociales - FAES

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