Rafael Escalona

Patillal, Cesar

Compositores

Personaje

 

Rafael Escalona

compositor vallenatos

 
 


Vea iconografía de Rafael Escalona en ColArte

Añorando a Rafael Escalona (El Tiempo, 2016)

En YouTube

Los testamentos de Escalona (El Espectador), 2019
 

   
 


Patillal, Cesar, 1927

RAFAEL CALIXTO ESCALONA MARTÍNEZ compuso su primer vallenato a los 15 años, en plena adolescencia. Nació en Patillal, Cesar, pero desde que era niño se fue a estudiar a Valledupar, donde aprendió de los campesinos del valle a expresar su sensibilidad a través del canto. Más de 90 vallenatos hacen parte de la herencia cultural que le ha dado a Colombia, primero como ritmos folclóricos que se tomaron el interior del país a mediados del siglo pasado, y hoy como un ritmo caribeño conocido y bailado en todo el mundo. Hijo de un coronel que participó en La guerra de los mil días, Escalona fue el séptimo de nueve hermanos y acaba de cumplir 75 años de una vida plena, en la que ha tenido tiempo para ser diplomático, agricul tor y sobre todo maestro de la música colombiana.

Tomado de la Revista Alo, No.359, 12 de julio de 2002

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El ego de Patillal

Por Alonso Sánchez Baute 

Quién dijo que la arrogancia siempre es mala? Aclaro, no la arrogancia como sinónimo de altanería, de soberbia, sino vista como el amor propio necesario para dístínguirse ante los demás. Algunos dirán que se trata más bien de actitud, que es palabra de moda en las revistas del corazón pero, la verdad, cuando uno nace en un caserío de escasos quinientos habitantes, perdido en las estribaciones de la Sierra Nevada, a miles de kilómetros de la capital del país en una época en que las comunicaciones eran casi inexistentes; cuando uno nace en estas condiciones pero tiene el talento grande de dar alegría a sus congéneres, por grande que sea este talento también se necesita muchísimo perrenque si se quiere llegar lejos. A este perrenque yo lo llamo ahora arrogancia, que es virtud de la que han carecido otros también grandes compositores de la música vallenata. Arrogancia para, a pesar de nacer en patria chiquita, tener el descaro de codearse con la patria entera.

Patillal se llama la tierra de la que hablo, y allí nació Rafael Escalona. Claro que Patillal,  en toda su historia, también ha visto nacer a muchos de los grandes compositores de la música vallenata- Freddy Molina, Octavio Daza, `El Chiche Maestre. Se trata de una tierra prolija en talento, habitada por gente culta y bohemia. Aunque el más celebre de todos sus hijos, sin lugar a dudas, y de lejos, es Rafael  Escalona Martínez, hijo del coronel Clemente Escalona -de quien Gabo dijo alguna vez le sirvió de inspiración para la creación del famoso personaje que no tenía quien le escribiera- y de Margarita Martínez, muchacha altiva que hablaba cuatro idiomas, pues su tío, el obispo Celedón (un hombre tan importante para su época que incluso se carteaba con el Papa, la mandó a estudiar de niña a la Europa nórdica.

Rafael Escalona nació con un ta lento grande: el de componer canciones. Comenzó a hacerlo en su adolescencia, cuando era estudiante del colegio Loperena. Su primer canto habla de la tristeza de un estudiante cuando su profesor más querido se va. Se llama Él profe castañeda, y con ella inicia Escalona una carrera prolífica dedicada al vallenato. Sólo que, para entonces, esta música era prácticamente desconocida en el resto de Colombia, y le correspondió al maestro hacer eso que ahora los más jóvenes vaman crossover es decir, cambiar el ritmo de un género a otro así, sin más. En este caso, pasar de la guabina y el bambuco al vallenato parrandero.

Una parranda vallenata no es otra cosa que una tertulia. musical: la gente se reúne alrededor de unos músicos que cuentan sus historias. Estas historias son las que compuso Escalona desde su juventud, las mismas que rápidamente comenzaron a cantarse de boca en boca. El testamento, La despedida, La molinera, son cantos que hizo cuando estudiaba en el Liceo Celedón, en Santa Marta, por entonces uno de los planteles educativos más importantes de Colombia, adonde mandaban a los hijos de todas las familias distinguidas del Caribe colombiano. Como dato curioso vale mencionar que el nombre se le debe precisamente al obispo Celedón, su tío, a quien Gabo inmortalizó en Cíen años de soledad cuando, para referirse a su amigo compositor, lo menciona como "el sobrino del obispo".

Pero no fue este parentesco lo que le permitió a Escalona abrirse paso entre la aristocracia samaría en sus épocas de estudiante, sino su música. Para entonces, los salones del Club Santa Marta estaban vedados a los estudiantes, salvo al hijo de Patillal: los pisaba con frecuencia de la mano de la más rancia alcurnia de Santa Marta. De Eduardo Dávila, de Miguel Pinedo, de Chepe Riascos. Como luego también lo hizo en el jockey, cuando López Michelsen lo invitó a la capital y lo presentó a sus amigos, las familias más distinguidas de la Bogotá cachaca. De hecho, el vallenato se escuchó primero en el jockey Club que en el Club Valledupar, pues las familias tradicionales del valle no veían con buenos ojos la música que escuchaban los trabajadores en las famosas "colitas". Y tardó mucho más en ser escuchado en Barranquilla. En realidad, el vallenato dio un salto grande de Valledupar a Bogotá, brincándose todas las ciudades íntermedías. Esto, en gran medida, se le debe al presidente López, quien de joven fue a Valledupar a trabajar unas tierras, herencia de su abuela Rosario Pumarejo, oriunda de la región. A López lo conoció en Valledupar, en la casa de Jorge Delgado Barreneche, y la amistad entre ambos se selló de in mediato y para siempre, al punto que, al ser elegido presidente, en 1974, López lo mandó como su cónsul a Panamá.

Sin el ex presidente muy posiblemente la música de acordeones no habría llegado a tantos rincones, convirtiéndose en la expresión folclórica más importante de Colombia. A partir de López, se habla incluso de un binomio "vallenato y poder", del que hay una queja generalizada de los politices de la costa, porque dicen que los acordeones suelen poner más ministros que el porro y la cumbia.

Escalona mismo siempre ha sido un hombre muy cercano al poder. Lo curioso es que Escalona confiesa haber votado a lo largo de su vida tan sólo en dos oportunidades: por López Michelsen y por Uribe Vélez. Con el actual presidente, además, lo une una amistad tan profunda que incluso Uribe visitó al maestro el tiempo que éste estuvo en la clínica, hace apenas un par de semanas, cuando casi se nos va a causa de un infarto. Por fortuna, hoy la salud de Escalona está completamente restablecida. "Lo que pasa -dice el maestro- es que el trabajo y las mujeres me volvieron como un roble".

A partir de su talento y de esa arrogancia, Escalona construyó un personaje tan importante en la cultura de nuestro país, que la televísión hizo de su vida un seriado -Escalona- que ayudó a masificarlo. Aunque, por su cuenta, Escalona siempre se codeó con las grandes personalidades de Colombia. No en vano, desde muy joven, él mismo se convirtió en una de ellas. Cuando Gabo volvió a Aracataca luego de su periplo por medio mundo, lo primero que hizo fue mandarlo a buscar para que le cantara y lo pusiera al día en todo lo sucedido en su ausencia. De esa fiesta queda un escrito del Nobel llamado La parranda del siglo, y la historia ha dado en designar este evento como el antecedente de la creación del Festival Vallenato, ocurrida cuatro años después en Valledupar bajo la iniciativa del mismo López y de Consuelo Araújo.

Con Gabo, Escalona se conoció a partir de su mutuo amigo Alejandro Obregón.  Al pintor lo buscó el mismo compositor en uno de sus tantos viajes a Barranquilla. Escalona sentía profunda admiración por su obra. De hecho, al patillalero lo que le llamaba la atención en su niñez era la pintura, pero desistió de ella al descubrir que su amigo del alma Jaíme Molina hacia mejores cuadros que él. En todo caso, de la mano de Obregón, Escalona conoció a los demás miembros de La Cueva, aunque ahora confiesa que visitarla no le llamaba mucho la atencíón: "Tenía un defecto muy grande: no admitían mujeres".

Y ya que las mencionamos, no hay ní qué decir que las mujeres han sido una constante en la, vida del maestro. Muchísimas recibieron sus amores a lo largo de los años, aun que la más celebrada fue Marina Arzuaga La Maye, con quien se casó a los 22 años y tuvo seis hijos, entre ellos la famosa Ada Luz, la de La casa en el aíre.

Ahora el maestro tiene una nueva mujer, Luz Marina,  una cachaca de Suesca que espera que Escalona componga algún día una canción sobre sus amores, una mujer que lo cuida día y noche y lo acompaña a cada ciudad donde es frecuentemente invitado a dar conferencias sobre lo que más le gusta y sabe: el folclor vallenato, la música de acordeones, la narrativa costumbrista que siempre hizo y que tanto gozo nos ha dado a los colombianos. Míami, Nueva York, Madrid, Barcelona, París, Caracas. Cada día llega una invitación desde una. ciudad diferente buscando escuchar las historias de un hombre que se hizo gran de a punta de talento, a punta de perrenque; a punta de ese don de gentes que dice que tiene cada vallenato.

Por fortuna, como a los grandes genios de la cultura, el compositor vallenato ha recibido innumerables homenajes en vida. No se cumplió en este caso aquella frase de Caro: "El hombre es una lámpara apagada. Toda su luz se la dará su muerte". Aun que no es menos cierto que para un hombre que tiene el don de alegrar a la gente ningún homenaje es suficiente. Ojalá hubiera muchísimos más como él, porque en esta vida lo que se necesita es cantar, reír, bailar, llenar el espíritu de contento, de alegría. Quizás así podríamos seguir el consejo de Edwin Rodríguez Buelvas cuando advierte que lo único inteligente que puede hacerse en esta vida es ser feliz, y felicidad es precisamen te lo que nos produce escuchar las canciones de Escalona.

Tomado de la Revista Cromos No.4497, 27 de abril de 2004

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Yo quiero a la que me quiere

por Pilar Tafur

Rafael Escalona es tan mujeriego, en el mejor sentido de la palabra, que le ha sobrado inspiración para componerles no solo a sus enamoradas sino también a sus hijas, sus comadres, las mamás de sus amigos, las cuñadas, las vecinas y hasta a las cantantes de moda. 

El amor ha sido uno de los temas pilares en la inspiración del llamado mester de juglaría u oficio de juglares, y Escalona, juglar vallenato por excelencia, hace honor a esa tradición de siglos. La mujer es la musa que le inspira toda la gama de sentimientos y emociones: amor, celos, despecho, enfado, nostalgia, romanticismo, llanto, picardía, desamor y, naturalmente, humor.

En 1938, cuando el niño de once años Rafaelito Calixto Escalona compuso su primer poema, no fue a un barco, a un juguete o a un oficio soñado. Fue a una muchacha que se llamaba Rosa Elvira y le doblaba la estatura... y la edad.

Las estrellas no iluminan
porque tienen nubarrón;
date cuenta Rosa Elvira
de este pobre corazón.

En 1943, cuando compone su segundo canto, la musa no es una mujer sino un automóvil, "El carro Ford". Pero al lado del carro asoma el alma de una mujer a la que el compositor se dirige:

Ay, que yo te enseño y tú me lo manejas
cuando me dé sueño por la carretera.

En 1946 conoce a una quinceañera muy atractiva, Ambrosina Ariño, y escoge su mejor arma para conquistarla: un canto. Será su primer vallenato abiertamente amoroso: La Mensajera. Curiosamente, y a diferencia de la mayoría de sus cantos de amor que mencionan con nombre propio a las protagonistas, en este caso el autor usa la metáfora de la paloma para referirse a la cortejada.

Yo no sé por qué se espanta
esa paloma mensajera. 
Te voy a posé una trampa
para que caigas en ella.

Otras dos jóvenes conmueven por la misma época al joven compositor y a cada una de ellas le compuso su canción: El copete y La Flor de La Guajira.

Cantos para la Maye 

La gran inspiradora de sus cantos de amor fue su novia juvenil y primera esposa, Marina Arzuaga, más conocida como la "Maye". En 1947 le compone La despedida, cuando, siendo estudiante, Escalona se va de valledupar a seguir estudios en el Liceo Celedón de Santa Marta.

No llores, mi Maye, no llores más
que a mí me duele verte llorar.

Un año más tarde le escribe La creciente del Cesar, y en 1953, Los celos de Maye, un canto donde narra de qué modo lo cela con todas las mujeres: 

Lo que voy a contar ahora
van a decir que es locura.
porque saludé a una monja
me dijo: "Metete a cura" :

No es de extrañar que la Maye tuviera los celos a flor de piel. Su conquistador marido había dejado testimonio musical de sus veleidades con las mujeres más bonitas de la provincia: para Elsa Armenta, esquiva muchacha de El Molino, creó el merengue La molinera; El testamento, terna musical de la serie de televisión con Carlos Vives Escalona, fue para Genoveva Manjarrés -"Vevita"-, otra de sus.novias estudiantiles:

El regalito, El Medallón; La golondrina y Honda herida fueron inspiración de "la monita de ojos verdes", natural de San Juan y otra musa fundamental en la discografía del autor patillalero. Es una de las obras cumbre de Escalona:

Que yo tengo una herida muy honda
que me duéle, 
que yo tengo una herida muy honda que
me mata: 
un hombre así mejor se muere
ay, para ver si así descansa.

También desfilaron por su pentagrama amoroso una cachaca, Esperanza; una joven de las riberas del Magdalena a quien dedicó La Plateira; Juana y Graciela, gemelas de Villanueva a las que compuso Las dos hermanas; y otra muchacha de Urumita cuya imagen retrató en Mariposa urumitera. Para rematar los celos de la Maye, en 1951 compuso El hombre casado; especie de manifiesto sobre su nuevo estado civil, donde deja claro su criterio al respecto: 

Enamorá si se ofrece
a la que se me atraviese
Yamanecé por la calle
aunque se ofenda la Maye
Y parranda cuando quiera
en mi casa y fuera de ella . 

El instante crítico de los celos surge en 1957 con La Brasilera, merengue que narra el amor del maestro por Piedad Dos Santos, sobrina del embajador brasileño, por quien Escalona estaba dispuesto a quemar la frontera con Brasil. El drama conyugal solo se superó cuando el músico le hizo a su esposa "La resentída". 

Por causa de la brasilera,
que no ha sido culpa mía,
la Maye está resentida 
y yo apenado con ella. 

Vendrían también otros cantos de amor para Carmen Rodríguez, La mona del Cañaguate, con quien tuvo descendencia (se habla de que el maestro tiene una treintena de hijos naturales reconocidos); El pirata de Loperena, para Mercedes; y a una antioqueña, María Tere. Una Consuelo y otra María Cristina presumieron también de tener su vallenato. 

Otras musas 

Un nuevo matrimonio con Dina Luz Cuadrado renovó la inspiración amorosa de Escalona; en 1973 le compuso el merengue Dina Luz que, con Mariposa bonita y El arco Iris, completa la trilogía para ella, hermana del acordeonero de Carlos Vives, Egidio Cuadrado:   

Ni a todas las mujeres que tuvo les compuso canto Escalona, ni todos los cantos de Escalona los compuso a mujeres que tuvo. Sus hijas Ada Luz y Rosamaría inspiraron desde la cuna dos de sus obras más célebres, La casa en el aire y El manantial. La crónica de . lo que ocurría a su alrededor lo llevó a nombrar en sus cantos a otras mujeres con las cuales no tuvo relación romántica alguna: Carmen Gómez, La vieja Sara y Juana Arias, más conocida como "La patillalera". No fue una excepción su admirada cantante española Paloma San Basilio. 

En uno de sus más clásico paseos, El Mejoral, Escalona deja plasmada su filosofia ante el llamado sexo débil, que tantas alegrías, penas y éxitos musicales le ha dado-. 

En asuntos de mujeres 
tengo una ley muy bien aprendida
yo quiero a la que me quiere
y olvido a la que me olvida.

Tomado de la Revista Carrusel No.1277, 18 de junio de 2004

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RECUERDOS DE ESCALONA

por FÉLIX CARRILLO HINOJOSA#

Llegó al periódico lento y envuelto en una gabardina grisácea, que le daba una apariencia de viejo investigador. Empezó a recorrer con su mirada cansada, en procura de encontrar algún rostro conocido. En su memoria quedaban las voces de don Guillermo Cano, José Salgar, Álvaro Monroy, Antonio Andraus viejos amigos que tres décadas atrás le ayudaron en la prensa a dar a conocer la música de su tierra. Esas voces lo hacían ir al pasado, que contrastaba con el recinto frío actual donde haríamos esta entrevista. Pero él, pese a todo, estaba ahí queriendo retar el pasado y ser eso que desde jovencito lo convirtió en "El mejor cronista de su aldea".

TIEMPOS DE PATILLAL

En sus respuestas apareció el muchachito de 17 años poniéndole melodía a cuanto tema aparecía, desde Patillal, un caserío cercano a Valledupar, cuyo corte pastoril se conserva, para ser una insignia musical de Colombia. Estaba pendiente de todo. De los viejos fumadores de tabaco y echadores de cuento, para meterse en su mundo y aprenderles todos sus secretos. Corría detrás de las muchachas que iban a lavar a orillas del río, para robarles sus secretos afectivos.

Las mujeres le reclamaban su ausencia o querían conquistar su arisco amor. No era raro que sacara de los bolsillos de su pantalón caqui sus versos distintos, que no se cansaba de lanzarlos tercamente contra aquellos que no lo querían escuchar. Así, puso a hablar de una música rara, plebeya y de poco perfil social a los más encopetados hombres intelectuales de la élite vallenata y de otras ciudades.

Todo eso, a él le importaba un comino. Que fulanita de tal se moría por sus amores. Que así como estaba en Barrancas, en menos de lo que canta un gallo su destino era Plato. Tampoco que su mamá Margarita Aló Martínez lo acusara con su papá, el coronel Clemente Escalona, y que durara días sin verlos. Tenía una manera especial de arreglar esos pequeños detalles: Una parranda con Colacho a la cabeza o el que se apareciera. Peor aún, cambiaba de profesión como de vestidura. Hoy era un correcto negociante de cerdos y a la media hora se enfrentaba a las dificultades que generaba el algodón, producto de ese gusano impertinente que no le interesaba si Escalona era o no cumplidor con su deber. Arrinconado por la situación, él siempre le daba rienda suelta a su creación y les gritaba a todos: "Pa eso tengo gerente yo", "Así haya que dado como paloma errante cuando un muchacho va y le rompe el nido".

Ese jovencito de Patillal empezó a retarse y se vistió de todos los encantos que la provincia en su momento prodigó. Un día cualquiera miró a la Nevada y se metió en los secretos de los koguis, kankuamos, arzarios, Arhuacos, y los combinó con los caribes, lo que le hizo comprtender que ese territorio que hizo a su antojo le quedaba pequeño.  Por eso decidió alzar vuelo musical, que lo llevó a enfrentarse, en Cali a finales de los años 60, al reconocido Atahualpa Yupanqui, que cayó redondito por el encanto de sus versos. Fue una batalla de varios días. El sonido de la guitarra bucólica de Yupanqui se vio sorprendido por los dedos imponentes de Colacho, que recorrían armónicamente ese inquieto acordeón, sumándose a los versos de Escalona. Así fue como conquistó a la dama María Tere, uno de sus amores, "la antioqueñita de ojos verdes".

Pero si en Cali todo era color de rosa, en Valledupar tenía más de un lío por resolver. Por un lado, su mujer, Marina Arzuaga, La Maye, qué no hacía la pobrecita por retener al escurridizo amor de su vida. Por el otro, las deudas de sus cultivos, sumadas a las incomodidades que le carcomían el cerebro a más de uno por su ascenso vertiginoso, no ofrecían un buen panorama regional para el prestigioso creador. Esto no escapó a las bromas que el pintor Jaime Molina le hacía frecuentemente: "Bonito que anda el Escalona ese, ahora se cree Beethoven".  El se reía de los que se mofaban de sus ocurrencias folclóricas. Lo que no entendían muchos, era el mecanismo correcto que Escalona usaba para que la música de la provincia lograra su posicionamiento. Pero qué más, le podíamos pedir. Escalona lo daba todo por su región.

Lo escuchaban en silencio. En cada frase suya estaban presentes el pintor Jaime Molina, Juanarias, Hernando Molina padre, hijo y nieto, Consuelo Araújo Noguera, el taxista, el café La Bolsa, Cinco Esquinas, todos sus amores, hijos, hermanos, bohemia, perfumes, relojes y camisas de encargo; las historias de cada una de sus canciones, tan lindas o más que la propia creación, y el centenar de ahijados que, sin verlo todos los días, siempre reciben sus consejos.

EN LA REDACCIÓN

Me habló del reto que tiene ahora con San Pedro, que está empecinado en que vaya a parrandear con él al cielo, pero Escalona, que es bueno en todo "menos pa cuidá mujé" o aceptar "ese tipo de invitación", le mandó a decir con su compadre Poncho Cotes Queruz, "ese pedazo del alma mía", que ni de fundas... ese tipo de negociación no está en sus planes.

Después de tres horas en la redacción, decidió levantarse en silencio como había llegado. Trató de irse, pero le hice un corte y le pregunté: ¿Qué piensa de los nuevos valores del vallenato? "Bueno, ahijado, los viejos valores son insuperables. Los actuales lo hacen a su manera. Ellos tienen sus seguidores y su estilo, que gusta mucho. De los nuevos, me gustan Iván Villazón, Saúl Lallemand, Jorgito Celedón, Jimmy Zam brano, Peter Manjarrés, Franco Argüelles, Silvestre Dangond y Juan Mario de la Espriella. Ellos tienen sabor vallenato, saben cantar nuestras raíces".

Dio media vuelta. Alzó su mano izquierda como despidiéndose. Recorrió veinte metros para descender por una escalinata de cemento raída por el tiempo. Lo seguí, mientras me decía: "Mijito, no es como dice usted, sino como digo yo".

*Compositor y escritor folclorista.

Tomado del periódico El Espectador, 24 de abril de 2005

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Escalona, compadre y maestro

por Daniel Samper Pizano

SI quieren saber cómo le dicen a Escalona sus amigos, sus admiradoras y hasta quienes no le guardan simpatía, presten oído a sus propios cantos. Ellos recogen las varias maneras como otros lo conocen.

Algunos le dicen Rafael: "Rafael, tienes que irte ahora / a otra parte del continente". Así se dirige a él el presidente López Michelsen en El gallo panameño.

Otros cantos lo distinguen por su apellido: "Así, Escalona, que empecemos:/ vaya y prepare su terreno". Es lo que le propone el gerente de la Caja Agrada cuando el gusano se le come el arroz al compositor y no le queda "con qué responder" (El señor gerente).

A menudo conversa con compadres: "Pero, compadre, no siga tan serio,/porque este asunto se puede arreglar", le dice al músico Reyes Torres en El villanuevero al disculparse por no haber llegado al bautizo de su ahijado. También evoca al compadre Simón ("Me han dicho que en ese lugar/ ya no vive el compadre Simón"), al compadre Tomás ("Oiga, compadre Tomás,/ yo lamento que Mercedes,/ la que parecía una santa,/ le haya resultao demonio") y al compadre Juan Gregorio (a quien solo llama compadre en el título). Hay que suponer que el tratamiento es recíproco. 

Una sola vez sus cantos mencionan el título con el que lo conocen y reconocen los colombianos: maestro. El merecido honor aparece en un paseo inspirado por un puñado de políticos de la capital que, en pleno diciembre de 1965, aterrizan a bordo de un DC-3 en Valledupar. Rugía la campaña bipartidista de Carlos Veras Restrepo, a la que se oponía el Movimiento Revolucionario Liberal de Alfonso López Michelsen, y Escalona era militante de este grupo.

Por eso Rafael no se dejó ver ese día y ofreció luego una explicación:

Como soy del MRL
a López no le conviene
que vean
al maestro Escalona
con esas malas personas.

El paseo se llamó originalmente Canto a Fabito -por Fabio Lozano Simonelli-, pero al final acabó con otros dos nombres: El godo decente -por Belisario Betancur- y, en aras de la corrección política, Dos tipos importantes, por ambos. Lo interesante es notar de que hace 42 años ya se reconocía a Escalona como maestro, galardón que, en materia de música popular, no confieren las universidades ni las academias: solo la fama y el respeto de la gente. 

Con ambos cuenta de sobra Rafael Calixto Escalona Martínez, hijo de un coronel de la Guerra de los Mil Días y sobrino del obispo, nacido en Patillal (Cesar) en 1927 y autor de un centenar de cantos vallenatos, algunos de los cuales se han grabado a interpretado en medio mundo. Ningún compositor ha ejercido en la música de acordeón tanta influencia como Escalona, ninguno ha gozado de su difusión tanto como él, ninguno ha contribuido tan poderosamente a consolidar el vallenato como emblema musical de Colombia. 

No es el único maestro, naturalmente. Maestros son también, por ejemplo, Tobías Enrique Pumarejo, José Barros, Alejo Durán, Leandro Díaz, Emiliano Zuleta, Julio Erazo, Calixto Ochoa, Adolfo Pacheco, Rafael Campo Miranda y Gustavo Gutiérrez, para nombrar solo a diez. Pero Escalona es maestro de maestros. 

Yo lo conocí una mañana que llegué en avión a su tierra. Fue en 1967, la primera vez que pisé Valledupar. Había acudido a cubrir para El Tiempo la visita que realizaban al futuro departamento del Cesar Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio y López Michelsen, entre otros próceres. Para mí era como conocer a Pelé. Desde mis tiempos de escolar había oído, aprendido y contado  los paseos y merengues de Escalona; consta en el anuario  del colego donde logré el diploma de bachiller, ese papel que -según sus cantos - él no tiene, que uno de mis sueños era visitar Valledupar y saludar al autor de La casa en el aire. 

Esa mañana se cumplió el sueño. Me sorprendió la elegancia de Escalona. A pesar del calor asfixiante llevaba camisa de cuello almidonado, corbata y vestido completo, lo cual no impidió que, del aeropuerto a la ciudad, viajáramos en el platón de una camioneta entre la polvareda que levantaban los demás carros de la caravana. Escalona se sentó en el borde aferrado de la llanta de repuesto; ponía cara seria y achinaba los ojos para protegerlos del tierrero.

AI presentarme, Cepeda le había dicho riendo: -Este bogotano sí sabe vallenato. Escalona me miró con simpatía pero con desconfianza.

-Ya veremos cuánto sabes, cachaco. 

Cuatro días continuos de comilonas, bebetas, charlas, viajes a poner serenatas en los pueblos de los alrededores y parrandas en las que me obligaron a cantar avergonzado para ver si el cachaco sabía vallenato, me permitieron ganar el visto bueno de Escalona. 

AI terminar el viaje ya nos llamábamos compadres sin que hubiera ahijado de por medio. Todavía, casi medio siglo después, conservamos el tratamiento de afecto. 

Déjenme agregar que pocos compositores han sido tan celebrados por sus propios colegas como Escalona. Adolfo Pacheco lo tilda cariñosamente de "viejo zorro" y Julio Oñate to llama Rafa a secas en su vallenato Esperando a Rafael. Otro más, Pachito Mejía, le dedica su paseo Gracias, maestro. 

Esto último es lo que todos tendríamos que decide a mi compadre Rafael Escalona por tantas emociones que nos han dado y nos seguirán dando sus cantos. 

Tomado de la Revista Don Juan No.13, 2007

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Clásico del vallenato

por Jaime Cortés

Dentro del conjunto de las manifestaciones musicales populares del siglo XX colombiano, Rafael Escalona (Patillal, Cesar,1927) figura al lado de Alejo Durán, Leandro Díaz y Emiliano Zuleta, entre otros, como uno de los músicos más representativos del vallenato. Escalona inició la composición de sus canciones en los años cuarenta, cuando este género musical se consolidaba en los departamentos del Magdalena y Cesar. De esta época se conocen varios títulos como El profe Castañeda, El carro Ford y La enfermedad de Emiliano.

Partícipe de frecuentes parrandas, Escalona se vinculó a un mundo proscrito por las élites sociales de la región, que con veto explícito prohibían la interpretación de música de acordeón en el club social de Valledupar. Resulta singular que Escalona no participara en ningún conjunto vallenato, ni cantando ni ejecutando ningún instrumento, lo cual refleja una cultura musical oral, en donde el proceso de composición se completa con la colaboración de algún intérprete, quien escucha la melodía y la fija en su instrumento.

En sus textos, Escalona hace alusiones a las anécdotas de una vida en la que combinó su actividad musical con los negocios agrícolas en el Cesar, algunos cargos públicos y, a partir de 1983, como miembro activo de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia, SAYCO. La evocación de diversos aspectos de su vida las encontramos en sus canciones más conocidas hoy en día, entre ellas La casa en el aire, El testamento y Adios a Pedro Castro.

A finales de los años cincuenta el vallenato ya se identificaba como una manifestación musical que había adquirido características de símbolo regional.

El ciclo de consolidación del género se cerró con la creación del Departamento del Cesar en 1967 y la realización del primer Festival de la Leyenda Vallenata en 1968, acontecimientos en los que figuró Escalona como protagonista.

En la última década del siglo, aspectos biográficos de la vida del compositor fueron objeto de una telenovela que revivió el gusto por la música y alentó la creación de nuevos arreglos, esta vez interpretados por Carlos Vives y posteriormente por otros cantantes. Las nuevas versiones se alejan del estilo original con que Guillermo Buitrago y posterior mente Bovea y sus Vallenatos dieron a conocer los temas clásicos de este compositor.

La influencia de Escalona en la música popular colombiana se destaca por ser un caso particular, dada la amplia difusión que ha alcanzado en los diversos ámbitos del mercado musical nacional y latinoamericano. Igualmente, hay que resaltar el papel que desempeñaron, tanto Escalona como sus contemporáneos, en la conformación de un perfil musical regional para la Costa Atlántica desde mediados de este siglo.

Tomado de la Revista Credencial Historia No. 120, diciembre de 1999

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El maestro Rafael Escalona jamás aprendió a tocar el acordeón. De hecho, su familia no lo educó para ser músico y, de joven, se ganó varias jaladas de oreja de su madre Margarita Martínez, quien lo regañaba porque decía que la música vallenata "era para plebeyos".

Pero eso no impidió que cumpliera con su destino: ser uno de los más grandes compositores y cronistas de la música vallenata, que dejó para siempre impreso su talento en el pentagrama del folclor colombiano.

Por eso ayer, cuando murió a sus 81 años en una clínica de Bogotá (4:36 p.m.), nadie lo recordaba por las penosas enfermedades que lo llevaron a mejor vida, ni porque un mal negocio le hizo perder los derechos sobre sus canciones hechas leyenda, sino por ser uno de los hombres que dejó el ritmo vallenato en uno de los niveles más altos.

Rafael Calixto Escalona Martínez nació en Patillal (Cesar), el 26 de mayo de 1927 y fue el séptimo de nueve hermanos.

El maestro Escalona se consideró en alguna ocasión como el "cronista del vallenato", desde los lejanos años en que su padre, Clemente Escalona, le leía historias periodísticas y el, entonces, creía que "podía hacer lo mismo, pero cantadas".

Su primera canción data de febrero de 194.3 ("El Profe Castañeda", cuando estudiaba bachillerato en el colegio María Concepción Loperena), a la que siguieron decenas, tras recoger historias cotidianas de su región. Entre las mas recordadas están La Casa en el Aire, El Testamento, El Jerre Jerre, La Patillalera, `La Custodia de Badillo , El Mejoral y Elegía a Jaime Molina.

En todas ellas contaba las crónicas de su entorno.

Desde entonces, y según algunos de sus biógrafos, su obra creció así como su fama de "músico, parrandero y mujeriego".

El era de la élite, sobrino de un obispo, orgullo que no escondió, como tampoco negó jamás que no aprendió a tocar acordeón porque no era para gente de su clase. "Cuando comencé a hacer canciones - dijo una vez- no había compositores vallenatos, sino acordeoneros. El acordeonero era un tipo analfabeta, el ordeñador, el mozo de la finca. Y yo irrumpí en ese mundo".

Pero se las ingenió para que las canciones, inspiradas en el acontecer cotidiano que llevaba en la cabeza, conquistaran a Colombia.

Sus canciones nacieron en guitarra y fue en ese instrumento que empezaron a difundirse. Uno de sus amigos lo relacionó con los juglares Emiliano Zuleta (autor de La gota fría) y Tono Salas, hecho que comenzó la difusión de sus cantos acompañados del acordeón. Y fue Nicolás `Colacho Mendoza, acordeonero humilde, quien tradujo la múisica de Escalona a sus sonidos del 57 al 75.

Por su lado, Escalona se dedicó a la agricultura, al algodón. Y más adelante, por amistad con el ex presidente Alfonso López Michelsen se convirtió en su mano derecha cuando este fue primer gobernador del Cesar, en 1967. López, Escalona y la `Cacica Consuelo Araújonoguera se erigieron entonces en los fundadores del Festival de la Leyenda Vallenata, que tuvo su primera edición en abril de 1968. Un hecho que comenzó a elevar el estatus social del vallenato. "Escalona es un mosaico pintoresco y lleno de gracia que narra las historias, las costumbres y chismes de su tierra (...) Pero también deja testimonio de sus amores y dolores en sus canciones", recuerdan los biógrafos-

Grandes exponentes de obra de Escalona

Curiosamente, su música tuvo un impacto inicial más fuerte en Argentina, anotaba Araújonoguera, en la voz de Alberto Fernández y el trío Bovea y Sus Vallenatos.

Las historias cantadas de Escalona, en los 50, "pasaron al repertorio internacional y a la televisión en los 80 y sirvieron en los 90 para producir impacto en el mercado de discos y conciertos de América y Europa, de la mano de Carlos Vives", recuerdan sus biógrafos.

De hecho, Carlos Vives lo representó en una serie de televisión, que llevó el nombre de *Escalona

Tomado del periódico ADN, 14 de mayo de 2009

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¡Con sentimiento, compadre!

Ven, ven que yo te hago el retrato en el cielo/ Ven, ven que te quiero presenta a San Pedro ". Hace muchos años el maestro Rafael Escalona imaginó que su entrañable amigo el pintor Jaime Molina lo llamaba desde el cielo. Ello le inspiró Las mariposas del río Badillo, una de las canciones que le compuso a su compañero de parrandas para cumplirle la promesa de sacarle un son", Y Molina le dice: "Óyeme Rafa/tú me ganaste me hiciste el canto/Y yo no pude allá en la tierra/ Allá en la tierra hacerte un retrato".

Pero Rafa no sólo le hizo el canto, sino que le robó la mitad de la promesa y le pintó un retrato, que hoy conserva el hijo de Molina. Quizá con esto se sacó un clavo: "Yo pintaba bien, pero Jaime pintaba mejor, así que me tocó hacer una retirada honrosa, porque a mí no me gusta perder", dijo Escalona hace poco a SEMANA, a sus casi 82 años, al recuperarse de una de sus recaídas. O quizás lo hizo para asegurarse de que Molina siempre lo acompañara... aunque fuera desde el más allá.

Como también lo hizo con La patillalera,la Cacica, Colacho Mendoza, Alfonso López Michelsen, quienes aparecen en un mural colorido en su casa en Bogotá. Adornados con acordeones, nubes, golondrinas y una casa en el aire, Escalona creó, no con letras sino con trazos, esta gran pintura vallenata en la que están muchos de los memorables personajes a los que inmortalizó, porque de tanto ser cantados hoy parecen de leyenda.

"Yo en realidad soy un rapsoda de los que en la Edad Media recopilaban sucesos para luego contarlos en las cortes ", fue la manera como el juglar vallenato se definió en una entrevista con el periodista Alberto Salcedo Ramos. No podía ser de otra manera, porque su infancia en Patillal, un corregimiento a 35 kilómetros de Valledupar, le ofreció un mundo rico en historias y, como dice Daniel Samper Pizano, "fue allí donde se enamoró del arte de contar". Era un apasionado de los relatos de su papá, Clemente Escalona, quien fue coronel de las tropas liberales durante la Guerra de los Mil Días, y de los cuentos del viejo Pedro Guerra, compadre de éste, un hombre analfabeto que le transmitió su don para narrar.

Con ese equipaje llegó a la capital de Cesar, donde a los 11 años dio muestra de los dos talentos por los cuales sería reconocido: su poesía y su galantería. A esa edad se enamoró de una jovencita un decenio mayor que él, y ella fue la musa de su primera composición: "Las estrellas no iluminan/porque tienen nubarrón./Date cuenta, Rosa Elvira/ de este pobre corazón / Las estrellas no iluminan/porque el cielo está nublado./ Si supieras, Rosa Elvira/ lo que a mi me está pasando..."

Aunque Escalona no sabía tocar instrumentos, poco a poco, a punta de silbidos, y golpeando con sus dedos sobre la mesa, fue aderezando sus versos con música, la cual por lo general era interpretada por su amigo, conductor, administrador, acordeonero y alcahueta, Nicolás Colacho Mendoza. "Cuando escribe su primer canto, es un colegial y en él cuenta los asuntos que conmueven al colegial", escribe Samper en su biografía del maestro. "Después cuando viaja a estudiara Santa Marta sus últimos cursos de bachillerato, contará los asuntos del estudiante exiliado. Cuando se mete a negocios de comercio marginal contará los apuros del contrabandista^ después los del agricultor, los del político, los del funcionario..."

Escalona se convirtió en un cronista de la cotidianidad. "Amigos, conocidos y no conocidos le tuvieron mucho miedo, con el comentario generalizado de que de ese tipo hay que cuidarse para no caer en uno de sus cantos", contó a SEMANA su hija Taryn, quien heredó su pasión por narrar y es periodista. Tanto es así, que su amigo Gabriel García Márquez hizo una referencia al revuelo que causaba el oportunismo poético del compositor en uno de sus libros: "hasta ese Coronel que no tenía quien le escribiera, se negó a salir a vender el viejo reloj cuando su mujer se lo sugirió, para poder comer. Aun sabiendo que se podía morir de hambre, el militar le dijo renuente a su señora, que ni lo soñara, porque si Escalona lo veía con ese aparato sobre su espalda, seguro le hacía un canto", agrega Taryn.

Más miedo aun porque sus historias trascendieron las fronteras de la Provincia (que comprende partes de Cesar, Magdalena, La Guajira, Bolívar, Sucre y Córdoba). Su éxito hizo que la música de acordeón, tradicionalmente de campesinos y pastores, que tuvo por mucho tiempo las puertas del Club Valledupar cerradas, "se vistiera de etiqueta. Fue él quien se atrevió a llevar el vallenato a las altas esferas con los grandes personajes", explica el artista Ivo Díaz, hijo del maestro Leandro Díaz, amigo de Escalona. Tiempo después su música se convertiría en un fenómeno capaz de conquistar grandes audiencias en televisión gracias a la serie Escalona, de Carlos Vives.

Fue tanta la influencia de este ritmo en el país que, cuenta la leyenda, fue a punta de vallenato que Cesar, antes parte de Magdalena, se convirtió en departamento en 1967. "Mi papá viajó con el comité de esta causa a Bogotá y se iban a los medios con caja, guacharaca y acordeón para que los apoyaran. Duraron un mes de parranda en la capital", relata Taryn. Un año después, Escalona, Consuelo Araújo Noguera y el gobernador del departamento, Alfonso López Michelsen, crearon el Festival de la Leyenda Vallenata. En su primera edición consistió en una tarima improvisada frente a la casa de la Cacica, que puso a competir a cuatro músicos para elegir un rey. Ha sido tanta la entrega del maestro por ese querido hijo,que ni sus problemas de salud lo alejaron del más reciente certamen, el número 42, que según Taryn siguió por televisión y celular. "El amor espanta la muerte", le dijo.

El festival está lejos de ser su único amor. "Como representante de una cultura machista en la que es timbre de honor tener mujeres y muchos hijos, Escalona reconoce haber procreado cerca de dos docenas de descendientes", contó Samper a SEMANA. Alguien puso en duda el número y le preguntó si no sería más bien medio centenar."Pero Escalona rectificó con una frase digna de sus cantos: No hay que exagerar. Si todos los tiros dejaran una víctima, no cabrían los muertos en los cementerios".

No es casualidad que en sus años mozos sus amigos lo llamaran guacaó." Es el nombre de un pájaro muy enamoradizo que anda en Patillal. En cada barrio tenía una novia, era coqueto y las conquistaba con versos", recuerda su compadre, el gallero y folclorista Darío Pavajeau, quien recita uno de ellos:"Con esos ojazos bellos que tienes puedes matar a un vivo si quieres y resucitarlo también".

Escalona además ha incluido a sus hijos en sus composiciones. Ada Luz es famosa por su Casa en el aire y a Rosa María le escribió El manantial. Taryn cuenta que a ella no le tocó canción, pero que le regaló un par de alas. "Me puso colibrí, porque de niña me encantaba fantasear con sus historias. Y me dio ese obsequio para que volara lejos".

Pero además de "homofamiliae", Samper lo describe como un "homo parrandensis", porque eran famosas sus reuniones con trago, sancocho de gallina y chivo, en las que se atrevía a cantar. "Siempre le ha encantado tomar. Yo vividos semanas con él en Bogotá y todos los días a las 5 de la mañana se me sentaba en la cama, me despertaba y me decía, Ivo, tómate el tinto, pero el tinto era un whisky", cuenta Díaz. Y hasta a la muerte se la parrandeó:" Ven, ven que yo te quiero presenta a San Pedro/ Le dije: Jaime, allá no se puede parrandear./ Tráeme a San Pedro pa emborracharlo en Valledupar."

"Tengo el corazón grande de tanto meterle cosas", dijo Escalona a esta revista con su ingenio narrativo intacto, para burlarse de sus problemas cardíacos "Grande de tanto querer", añadió su esposa, Luz Marina Zambrano. En esa oportunidad con aire de melancolía volvió a mirar el mural y uno a uno empezó a recordar con su voz baja y cadenciosa a los personajes que se ganaron el derecho de hacer parte de sus canciones, de su vida. Porque, como dice en uno de los tantos premios y reconocimientos,"escribiendo versos escribió su propia historia".

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Una revelación

Por Daniel Samper Pizano

Rafael Escalona pertenece a una tradición folclórica que tiene casi tantos años -1.000- como la lengua castellana. Surgió en la Provenza, pasó a Cataluña, se extendió a  Castilla y se reprodujo hace un siglo en las tierras de la costa atlántica. Son demasiadas las semejanzas entre los juglares medievales y los trovadores vallenatos como para suponer que se trata de una mera coincidencia. En ese mundo de hondas raíces romances surgió una generación Iluminada de compositores e intérpretes que supo narrar los acontecimientos de la región y aliviarlos problemas del corazón con palabras frescas y ritmos mestizos. A esa generación dorada pertenecen, entre otros, Chico Bolaño, Juan Muñoz, Alejo Duran, Tobías Enrique Pumarejo, Emiliano Zuleta, Leandro Díaz, Lorenzo Morales, Adolfo Pacheco, Julio Erazo y, primero entre pares, Rafael Escalona.

La música y las letras del maestro Escalona no sólo Imprimieron al vallenato un impulso que lo disparó a todos los rincones del país y, con los años, a muchos sitios del mundo, sino que esparcieron un aire renovador en la música popular colombiana. Ya sabían a náusea los bambucos con letras artificiales que no parecían cantar a campesinas de origen chibcha, sino a valkirias wagnerianas: "Divina mujer de bucles de oro/ y cuerpo gentil de virgen diosa", y en esas llegó Escalona con versos llenos de picardía donde decía: "Oye morenita, oye morenita/ asi es que me gusta verte/: con la boca pintadita, con ese lindo copete"... "Si el corazón se viera/ si ella pudiera ver cómo lo tengo yo/, me pediría llorando que le diera/ con toda su maldad, perdón de Dios".

La primera vez que oí los cantos de Escalona sentí eso que llaman revelación: una fuerza súbita que te hipnotiza y te agarra. Ocurrió hace cosa de medio siglo y aún sigo atrapado por su obra y por las de los demás compositores clásicos. Pude conocer personalmente a Rafael en 1967, cuando ya sabía de memoria muchos de sus cantos. Hemos sido amigos desde entonces. Nos tratamos de compadres, lo he acompañado a parrandas, lo he visto contento y enojado, le he oído cuitas y acolitado conquistas, he tenido el privilegio de escucharlo cantar sus merengues en voz baja llena de melodía y le he tomado el pelo cuando se disfraza de funcionario circunspecto.

Pero ni un solo instante a lo largo de tantos avatares se me ha olvidado que estoy con un tipo genial. Quizás el más grande compositor que ha dado la música popular colombiana.

Tomado de la Revista Semana, 11 de mayo de 2009

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La leyenda

El maestro Escalona ahora descansa en paz en el cementerio central de Valledupar, después de un duro combate con la vida. Murió a las 4:36 de la tarde, el pasado 13 de mayo, en la Fundación Santa Fe, en Bogotá, a causa de una insuficiencia cardiaca. Su nombre se convertirá en leyenda y su historia resucitará siempre que suenen sus canciones. Así fue el cronista vallenato.

Rafael Escalona Martínez nació en una patria muy chica, pero en sus 81 años plenos de parrandas y de mujeres logró codearse con la patria entera. Patillal se llama el sitio que lo vio nacer, un pequeño caserío que por entonces no sumaba 500 almas, pero que luego conoció la fama de la mano de varios de sus pupilos que llenaron de gloria el cielo vallenato: nombres como Freddy Molina, Octavio Daza y El Chiche Maestre. Aunque, de lejos, el más célebre de todos es Rafael Escalona Martínez, hijo del coronel Clemente Escalona y de Margarita Martínez.

Escalona, a quien con los años amigos y desconocidos lo conocerían como El Maestro, nació con el don de alegrar a la gente y con un corazón muy grande "por todo lo que le había metido", tal cual expresó semanas antes de su muerte haciendo referencia a las cientos de mujeres que amó a lo largo y ancho de la provincia colombiana.

Engendró 23 hijos en total, pero sin dudas, fue Ada Luz la que logró fama universal al ser inmortalizada en aquella tarareada canción que habla de una casa en el aire cuya historia parece copiada de un cuento más del realismo garciamarquiano, lo cual no resulta vano si recordamos la amistad entre el premio Nobel y el gran cronista —¡el más grande cronista!- del vallenato. De hecho, el sobrino del Obispo es el guiño cómplice con el que se reconoce a Escalona en Cien años de soledad.

El profe Castañeda se llamó el primer canto que el maestro compuso en plena adolescencia y que no es más que la queja de un alumno tras la partida de su profesor más querido. A partir de entonces, su alegría se multiplicó en casi cien cantos, todos igual de importantes. Suyas son canciones como El testamento, La despedida, La molinera y El hambre del liceo, un homenaje a ese Liceo Celedón donde estudió bachillerato, lo que le sirvió a él -un hijo de la clase afortunada de la región- para romper la tradición legendaria de que la música de acordeones, que por entonces era apenas conocida en los alrededores de la Sierra Nevada de Santa Marta, fuera cantada por la peonía analfabeta.

No se preocupe nadie por la muerte de Escalona. Que nadie lo llore: la parranda no ha acabado. Simplemente cambió de sitio. Debajo del palo de mango ahito de whiskey y friche donde ahora se encuentra —seguramente en el patio de la casa en las nubes que soñó para Ada Luz-, lo acompañan su hermano del alma Jaime Molina, su comadre Consuelo, su amigo y jefe El Pollo López Michelsen, el gran Alejo Duran, su compadre Colacho Mendoza, sus amigos Miguel Canales, la vieja Sara, Poncho Cotes, Don Toba, el Tite Socarras, Juana Arias y su nieta respondona, y muchos otros, que sin duda lo recibieron con la alegría de los acordeones y la alharaca eterna de una caja acompañando a una bulliciosa guacharaca.

Rafael Escalona siempre consideró que los homenajes se deben hacer en vida. Pero, ante su grandeza como compositor, sus mejores amigos le dijeron adiós en Bogotá y Valledupar. Hubo lágrimas, pero también parrandas. Los juglares se despiden con canciones.

En diciembre pasado, Rafael Escalona trató de recordar las veces que había entrado al Congreso de la República para recibir distinciones y reconocimientos, pero perdió la cuenta. El pasado 14 de mayo, el compositor de La casa en el aire y El manantial, regresó una vez más al gran recinto legislativo donde el país político, amigos y artistas le rindieron el último homenaje.

Escalona murió de una terrible combinación entre cáncer y problemas renales, que lo llevaban una y otra vez a la clínica. Pero siempre se dio aliciente al compararla enfermedad "con una mujer caprichosa que unas veces amanecía de una manera y luego de otra". Para darle ánimo a sus seres queridos les decía que esa señora le había echado mal de ojo por feo".

Con tanto humor, aun en su camino hacia la muerte, los asistentes al cortejo fúnebre no tuvieron más remedio que despedirlo con humor, vallenatos y piquerías, como suele hacerse con los grandes del Valle de Upar.

Al acto litúrgico, en la Catedral Primada de Bogotá, no faltaron sus amigos entrañables de parranda, a los que solamente les decía "compadre" en la intimidad, "para que Colombia no fuera a pensar que les estaba faltando el respeto". Cerca al féretro estuvieron el presidente Alvaro Uribe, el ex presidente César Gaviria, el ex procurador Edgardo Maya, la ex ministra María Consuelo Araújo, y la actriz Florina Lemaitre -La Maye en la serie Escalona-, entre muchos más.

El país musical lo esperaba en Valledupar donde recibió más tributos, discursos y versos bonitos de jóvenes talentos que lo considerarán por siempre como "el compositor más grande que ha dado la historia del vallenato". En plena Plaza Alfonso López dijeron que Escalona se había ido a vivir "a su casa en el aire".

Tomado de la Revista Jet-Set, Edición No. 168, 20 de mayo de 2009

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Tres Veces Escalona

por Alberto Salcedo Ramos

El periodista Alberto Salcedo Ramos hace un análisis de la obra de Escalona, uno de los grandes compositores del país y cofundador del Festival de La Leyenda Vallenata

1. El tiempo

Rafael Escalona es el cronista mayor de la música vallenata porque no solamente se vale de la narración y la interpretación, dos requisitos del género crónica, sino porque además plantea tramas que se resuelven a través del tiempo.

Varias de sus canciones desarrollan un argumento que se agota en sí mismo, porque contiene la génesis y la conclusión. En El almirante Padilla, Escalona comienza hablando de La Guajira arriba, donde nace el contrabando, y termina ofreciendo una fiesta para celebrar el día en que a ese barco pirata bandido un submarino lo voltee en Corea. No es gratuito que la canción empiece con una ubicación geográfica que contiene el verbo "nacer": ese es el punto de partida. Y tampoco es gratuito que el final de la trama sea el hipotético momento en que al barco El almirante Padilla lo hundan en el mar. Ese es el punto de llegada. Tal hundimiento puede asimilarse con la muerte que cierra el ciclo.

La canción El general Dangond comienza diciéndonos que "en su automóvil resplandeciente/ de Vilanueva para El Molino/ va el general y regresa siempre/ con esa viuda muy resentido". Uno podría reemplazar el verso "va el general" por "nace el general", porque en ese momento está brotando a la vida como criatura y como tema. Los últimos versos de la canción concluyen la trama:

Van a decirlo muchas personas

Cuando se crucen por El Ramal

No solamente murió Escalona

Aquí enterraron al general

Escalona, en una de sus clásicas hipérboles, se permite la licencia poética de imaginar la muerte del general, lo cual le sirve como colofón para el viaje espacio- temporal que había comenzado cuando el carro de Dangond, hombre dispuesto y enamorado, entró a la escena pitando en el mismo ramal en que ahora su dueño termina enterrado.  el ciclo se cierra en el mismo punto en el que se abrió, y es perfecto porque no solo nos presenta la conclusión del ser que narrado  -el maestro Escalona-, El cantor y la criatura de su canto acaban fundidos en una sola muerte común.

En la canción La creciente del Cesar el viaje narrativo empieza mostrándonos a un enamorado temerario -el propio Escaloña- capaz de desafiar al aguacero y al río crecido con tal de ver a su amada, y termina con una advertencia tremendista de ese mismo enamorado: "si no quieres condolerte/ de mi pena y mi pesar/ me voy a tirá al Cesar/ pa’ que me ahogue la corriente". Es decir, el personaje que brota en el canto por obra y gracia del amor, se despide del mundo también por obra y gracia del amor: en el río Cesar empieza a cantar y allí mismo podría dejar de hacerlo si finalmente cumple su amenaza de tirársele a la corriente para morir ahogado.

Abrir un ciclo y cerrarlo, poner el punto inicial del círculo y luego ser capaz de clausurarlo en el lugar preciso y en el momento justo: en esto Escalona es decididamente magistral y no tiene pares en el folclor vallenato. Escalona inaugura y clausura su universo narrativo. Solo él sabe cómo se accede a cada uno de los lugares de sus cantos, solo él tiene las coordenadas para subir a la casa en el aire donde vive su hija Ada Luz, y solo él sabe dónde diablos queda el manantial en el que se baña su hija Rosa María, y solo él sabe en qué sitio de Estambul venden peines como el que una vez le ofreció a una de sus musas. Por eso Escalona y solo Escalona es capaz de reinar a sus anchas en un mundo hecho a su medida, un mundo donde solo él fecunda y destruye, un mundo que nace con él y muere con é

  • El universo

    Vistas individualmente, las canciones de Escalona son piezas autosuficientes, dotadas de sentido completo. Vistas en conjunto se transforman en capítulos sucesivos de la gran novela musical del Magdalena Grande. La única novela colombiana que se puede cantar desde la primera hasta la última línea. Una novela en la que hay asombros, mofas, lamentos, contemplación, memoria. Una novela por la que desfila en gran parte la fauna social de la Colombia del siglo XX, desde los héroes de las guerras civiles hasta los magistrados en trance de reposo, pasando por los contrabandistas, las chismosas, los donjuanes que asedian a sus musas, los políticos interioranos que se pasean por la provincia en busca de seguidores, los agricultores que viven a merced de los caprichos del tiempo, los compadres resentidos. Oír a Escalona es leerlo. Leerlo es conocerlo y conocer su época. Conocer su época es documentar la memoria.

    Escalona no fue un compositor de canciones aisladas. Además de tener un sello propio fácilmente reconocible, forjó un universo en el que hay unidad. Sus elementos, intertextuales, se repiten como en un juego de espejos. Pasan a menudo de una canción a la otra. Así, El Ramal en el que suspira de amor en la canción La molinera es el mismo ramal por el cual pasa pitando el general Dangond. El contrabandista que, en la canción El Chevrolito, llegó cargado desde los mares de Aruba, está hermanado con El Tite, el pobre Tite Socarrás, que lo ha perdido todo por "contrabandeá". A su vez, ese Tite Socarrás descrito como "muy triste" en la canción El almirante Padilla es presentado después, en la canción El villanuevero, como un hombre aventajado a la hora de tirar trompadas. En la gran novela escaloniana hay un capítulo para que la vieja Sara, furiosa, excomulgue a su hijo Simón, y otro capítulo para que la vieja Sara, risueña, "flequetee" por El Plan con el traje blanco que el maestro Escalona piensa regalarle. El pintor Jaime Molina, que en la canción El pirata va a pintar la herida sangrante del enamorado que anda desterrado del barrio Loperena, es el mismo personaje que después, al morir, inspira una elegía desgarradora. Escalona -totalizador, integral- no deja cabo suelto. En el colmo del virtuosismo narrativo, se da el lujo de explorar dos veces, de ida y vuelta, el mismo camino: en la canción El testamento lo recorre en un sentido y en la canción El hambre del Liceo lo recorre en sentido contrario. Es como decir que tiene una mirada lo suficientemente penetrante para captar la realidad y su revés.

    La fantasía

  • Los cantos de Escalona son producto de la realidad y, sin embargo, parecen de ficción.

    Tal fenómeno podría explicarse con el siguiente comentario de Daniel Samper Pizano: "La actitud de Escalona es la del cronista que oye unas historias aquí y las cuenta allá. No es necesariamente testigo de ellas, aunque podría serlo. Por eso, antes de proceder a su relato, notifica al auditorio que son cosas que le contaron, con lo cual deja flotando una duda implícita sobre su veracidad y, de paso, adquiere licencia para exagerar y aplicar el tamiz del humor o la ironía a lo que narra".

    Escalona es un híbrido de cronista con fabulador. Del reportero tiene la libreta de apuntes y del fabulador su libertad para deformar, exagerar, o añadir, de acuerdo con sus conveniencias. Sabitas es un personaje real descubierto por el ojo fisgón del cronista. Pero resulta que el fabulador no se daría por bien servido si simplemente tuviera . que limitarse a mostrar  lo que encuentra en el original. Entonces crea una cola de armadillo y, sin inmutarse, se la pega a su criatura. Escalona utiliza la materia prima del cronista, valga decir, la realidad, y la enriquece con sus fantasías. Funde, en un mismo cuadro, la creación con la recreación, y no siempre nos permite ver las costuras de su truco de mago. Así las cosas, a ratos no sabemos hasta dónde llega la realidad y hasta dónde su invención.

    Hay dos elementos adicionales que quisiera destacar. Uno es la universalidad ligada a la atemporalidad. ¿Qué prodigio hace posible que unos cantos costumbristas, llenos de modismos como ‘flequetear’, y repletos de personajes locales, hayan gustado en toda Colombia y aun en el exterior? ¿Cómo se explica el hecho de que estos cantos, ambientados en gran parte en un país rural, parroquial, sigan vigentes en el país de hoy, habitado por muchachos que se informan a través de la red social Twitter y oyen su música en un aparato digital llamado iPod?

    Para responder a estas preguntas acudo a León Tolstói, el escritor ruso; "Pinta bien tu aldea y serás universal" .  eso fue lo que hizo Escalona.

    El segundo elemento que quiero destacar surgió un día en que yo hablaba con Escalona en su apartamento de Bogotá. Estábamos sentados en el sofá de la sala cuando, de pronto, caí en la cuenta de que él se había pasado su vida musical regalando lo que no era suyo. Así, se había declarado dueño de los arco íris, le había prometido a una musa un tesoro del Amazonas y a otra, una nube rosada. En ese momento recordé una pista que, sobre su personalidad, nos dio Consuelo Araujonoguéra en su libro Escalona. El hombre y el mito: Escalona necesitaba estar cada vez más lejos de la realidad que lo circundaba y siempre en pos de algo distinto de lo que tenía a la mano.

    Pero a mí también se me ocurrieron dos explicaciones que le comenté al maestro. La primera: como él se había codeado con tantos políticos, quizá había aprendido algo del carácter promesero de eUos, y siempre, tal vez por marrullero, prometía lo que no era posible cumplir. Al fin y al cabo -le dije- regalar una casa en el aire sale gratis, mientras que regalarla en tierra podría costar un dineral. Escalona me dirigió la mirada que un verdugo le dirigiría a su víctima segundos antes de cortarle la cabeza. Pero no me decapitó sino que se quedó serio. A continuación yo le di mi segunda interpretación del fenómeno: un poeta grande como él tiene derecho a declararse dueño del mundo con todos sus arreos, y a regalar los mares, los ríos, las perlas y todo lo demás, a quien quiera y cuando quiera. El maestro sonrió, por fin, y yo creo que el recuerdo de esa sonrisa vanidosa es ahora un buen punto para cerrar el ciclo, valga decir, para seguir celebrándolo.

    Tomado del periódico El Tiempo, 29 de abril de 2013 

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