Elsa Aragon

Ceramistas

Figura Humana

 
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Elsa Aragon

Ceramista

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Elsa Aragon y sus muñecas mágicas

por Alfredo Iriarte

Por una antigua amistad de familia  conocí hace años a Elsa Aragón. Era una niñita frágil, casi quebradiza, con unos bellísimos ojos azules que le invadían toda la cara, y con una mirada y una actitud general que delataban sin dificultad una timidez irreductible. Nunca volví a verla ni a saber cosa distinta de que se había casado y que era madre de tres niñas que, como ella, parecían imaginadas por los hermanos Grimm. Hace muy poco tiempo, una común amiga, Alicia Vega, me habló de Elsa y me insistió para que fuera a su casa extra-urbana para apreciar lo que, según Alicia, era una notable colección de trabajos en cerámica, tan desconocida y anónima como digna de conocerse de la manera más amptia y profusa posible.

Alicia no tuvo necesidad de insistirme más de una vez. Por lo regular creo en lo que me dicen mis amigos y, además, en este caso, sentí una gran curiosidad originada en el hecho de que nunca me ha parecido justo que, como a veces ocurre, haya expresiones relevantes de talento artístíco y literario soterradas por causas tales como la tirnidez o la descon fianza de los autores. El hecho de estar escribiendo estas líneas es la prueba de la convicción absoluta que tengo de no haber perdido el viaje y de que me asiste la creencia de que se trata de un trabajo que ostenta una calidad y una originalidad asombrosas. A continuación decidimos darlo a conocer a los lectores de la Revista Diners, y yo asumí con gusto el encargo de suspender en esta entrega de la revista la relación de mis historias disparatadas para contar mi encuentro con la obra de Elsa y la impresión que me produja, así como para que, a través de las fotos de Abdú Eljaiek, los lectores se fornen una ídea de la misma, mientras tienen la oportunidad de apreciarla y gozarla en el lugar que en justicia les corresponde.

Uno de las primeros rasgos que acusan las muñecas de Elsa Aragón es un oficio de ceramista Ilevado hasta raros extremos de finura y perfección; un dominio consumado de técnica y materiales, y por otra parte, una imaginación creadora viva y exaltada. Y, como ya quedó dicho, una pasmosa originalidad. En suma, tres elementos capitales.

Las muñecas de Elsa son ausentes y  tristes como su autora. Algunas parecen en trance de entonar una elegía o una endecha. La vida y la fuerza expresiva que irradian son ciertamente notables y no pueden dejar indiferente a nadie que las vea por más de un instante. He vuelto a mirarlas con detenimiento y cada vez les descubro más valores y matices. De ahí por qué me siento tan satisfecho de haber tenido la coyunfura fortuita y gratísima de penetrar en ese mundo hermético de Elsa Aragón, que ella ha construido y amurallado con materiales densos, mucho más por timidez que por hostilidad hacia su contorno. Por supuesto, Elsa profesa -y en ello somos almas gemelas- una fobia invencible por el abominable cosmos de las hordas que intercambian sandeces a diario con un vaso de whisky en la mano y sonriendo ante las cámaras de la crónica social. Pero no por ello deja de ser consciente de que si, como lo esperamos, las gentes conocen su obra y la crítica la valora con justicia, tendrá que emerger un poco más a me nudo de su cálida y exquisita madriguera para enseñar los valores de una obra que ya no hay razón alguna para que continúe confinada y anónima:

En cierta forma, el caso de Elsa Aragón me recuerda el de Alberto Iriarte, también siempre abroquelado en una timidez invulnerable, que en un momen de su vida decidió derogar en un ucase repentino el exitas o ejercicio de su profesión de arquitecto para encerrarse como un cenobiarca en Envigado a pintar esos bodegones deslumbrantes que, también por un feliz azar, salieron a la luz pública y empezaron su carrera de triunfos causando una verdadera conmación en los públicos parisienses. Yo estoy convencido de que la formidable ceramista que hay en Elsa Aragón está a pique de convertirse en una magistral escultora. Lo importante es que salga, como yo lo espero, de su inveterado hipogeo a la luz pública y hacia destinos más altos y ambiciosos. Nada tiene que temer. Sus muñecas mágícas no la dejarán trapezar en el camino.

Tomado de la Revista Diners No.206,mayo de 1987