Cartagena Ciudad Capital Bolivar

Cartagena, Bolivar

Ciudades y sitios (Arquitectura, murallas, corralito, hoteles, paisaje urbano, restaurantes, teatro Heredia)

Construcción

CARTAGENA


por Hernan Diaz


"AI decirte a ti "única"
no es porque no haya otras rosas junto a las rosas
olivas muchas en el árbol, no. Es porque te vi solo
al verte a ti... ".
Pedro Salinas


"Las cosas sin importancia estarán aún por ahí" ~Cavafy)
Busquemos bien, Catarí2. Vámonos para ese refugio secreto que todos tenemos en la geografía del corazón. Encontremos inocentemente una ciudad para soñar un sueño. Pero recuerda Catarí: los sueños se sueñan de noche... (Pero, ¡¿cómo es posible?!, ¡si sólo ayer tenía 29 años!).
Había llovido todo el día y el último aguacero, el de las ocho, podía durar toda la noche. Sólo en septiembre Ilueve así, por horas y horas. Atravesé corriendo la Plaza de la Merced y me refugié en una puerta detrás de una estatua. La puerta cedió a mi espalda y después de otra, abierta, pude distinguir al fondo una luz débil colgada de un cordón largo, desprendido de la tiniebla del techo. Entré lentamente, con el temblor olvidado del escondite: "Me van a encontrar".
Era un teatro en ruinas; alguna vez hubo una última función. Colocaron todo en su sitio, apagaron las luces y no volvieron. El tiempo había entreabierto la puerta. Allá en la oscuridad se adivinaban los palcos, las lamparitas barrocas desprendidas, los ornamentos de estuco y las musas pintadas. Hubo un alma en ese cuerpo, esa noche cansado de nostalgia.
Atrás había una pared de ladrillo. La parte alta se perdía en la oscuridad y de la oscuridad regresaban unos cables gruesos, negros de hollín, anudados y terminados en telarañas. Crujieron los tablones del escenario y, para quebrar el silencio, eché unos nombres. Ni un sí, ni un no.
Serían las ocho y media: "Voy a quedarme aquí mientras llueve". Arreció el aguacero como el aplauso de una última función y la luz llegó hasta un piano destruido. Los pianos se destruyen con olvido. "Si mis fósforos no estuvieran mojados, iría a visitar los espectros dormidos en los camerinos". Estaba seguro de haber visto aquello antes, con alguien, alguna vez. Me encontraba encerrado en una alegoría del pasado, en un enigma hermético, en un sinfín de preguntas sin respuestas y de respuestas sin preguntas.
A pesar del aura de renunciación, la magia no era faustiana o "negra", sino natural y llena de amor. Había encontrado un refugio para huir de un mundo de esperanzas frustradas que ha olvidado la magia del misterio y de la poesía.
Y subieron los fantasmas de los camerinos. Miss Havisham, la de las Grandes ilusiones, en su traje de novia; y Justine, la del Cuar-teto de Alejandría, vestida de blanco; y Emily, la de Nuestro pueblo3 en su monólogo final. Y se quedó en la sombra, para una gran entrada, la Loca de Chaillot. Las cosas sin importancia estarían por ahí, aún tibias del Sol de la tarde encerradas en este universo-caja de Cornell.
Eran casi las once cuando salí. Cartagena estaba húmeda y brillante, solitaria y olorosa. En el cielo sin luna estaba estacionada la Cassiopeia~. Hubiera debido quedarme a dormir allí, para pasar suavemente de un sueño a otro sin arrepentirme de nada, sin deber nada, sin esperar nada...
La ciudad, sí, la ciudad
Pasó mucho tiempo ames de atreverme a llegar de día hasta el teatro. Tenía miedo de que se desvaneciera el embrujo de esa noche. No, mientras se marcara bien la huella. No, mientras el tiempo aposentara el efecto recóndito que uno profesa toda la vida al primer amor.
Y poco a poco, por entre los laberintos de piedra, fui descubriendo con mi cámara mi propia historia. No trata, pues, de ésa, escrita tantas veces con otros fantasmas y otras comedias, sino una desentrañada de la ciudad, en imágenes acumuladas en años y cajones, sin la recitación de un guía.
Comienza otra vez en la noche, sentado en una banca entre dos parejas de enamorados y frente a otra puerta: la de la Inquisición. Atropellan las luces y las sombras, los recuerdos y la historia. Cuando la fuente apacigua el ritmo del pulso, los ojos se van por esas curvas de piedra caprichosas y barrocas, inventadas por algún artesano de rara y mágica mirada a quien Dios ha debido encargar la belleza del mundo.
Allí cerca, donde termina la calle de San Juan de Dios, parado en una placita estrecha, está el Templo de San Pedro Claver, una mole gigante, cuadrada, de piedras doradas, que no cabe entre los ojos. Para verlo hay que arrimarse contra el suelo, junto a la pared de enfrente. Sólo las gaviotas pueden ver el domo y las cúpulas. Las nueve de la noche y se viene encima, cuando tañen .las campanas y devuelve el eco desde un patio de enredaderas perfumadas.
No puede tomarse todo a la vez. Pero si así fuera, iría en coche por las calles de Las Damas, Santa Teresa y la Factoría hasta la Plaza de la Merced para ver lás musas del Teatro Heredia, ojalá con luna llena. Seguiría despacio por el callejón de La Merced hasta la Iglesia de Santo Toribio y
me detendría en Tres Esquinas, la de los cuatro puntos cardinales, tres brisas y dos puertas. Allí vive la Rosa de los Vientos. Allí Baco calmó la sed con agüita de coco y, en agradecimiento, hizo brotar un manantial de ron.
Regresaría por la calle de La Universidad hasta la Plaza de los Coches frente al Portal de los Dulces, con la música desvencijada del coche y de los cascos, entre balcones sigilosos que pasan por los costados cerca de las sienes. Escucharía, otra vez, las diez campanadas y el Concierto de Aranjuez5 en la Plaza de San Pedro.
El triángulo de la Plaza de la Aduana, desierto y nocturno, debe caminarse divagado, en vals, con el brazo sobre una cintura o la mano entrelazada con otra mano, despacio, hacia la despoblada Arcada de los Dulces, antes de salir por el delta seco de la Torre del Reloj. Mañana, al primer indicio del Sol, habrá que nadar contra la corriente de tres ríos que traen el murmullo de un idioma parecido al castellano.
Así la ve el Sol
Los ingenieros militares construyeron una muralla para defender la codicia, no los ideales. Pero estos diseñadores de la muerte no calcularon -y esa debe ser su condena- que el tamaño de las troneras era demasiado grande para un artillero, aunque perfecto para dos enamorados. Y Cartagena quedó encerrada en un confesionario de amor. Pero un alcalde ambicioso, buscando tesoros, la derribó entre las calles de San Pedro Mártir y la Boca del Puente. Los cartageneros llamaron esa herida "El Boquete" y, en un pacto sentimental, acordaron entrar al recinto por el Delta del Reloj, para sentirse ungidos por la muralla.
Es un paredón salpicado aquí y allá por los cogollos del almendro, visible desde el espacio sideral, de nueve baluartes con nombres de santos y un espigón llamado La Tenaza. Desde allí se vislumbra un perfil de tejados, atalayas, balcones y balconcitos interiores, bajo la cima temblorosa de los árboles de los solares. Se reconocen para siempre las torres de San Pedro, Santo Domingo y la Catedral y, de ahí en adelante, los ojos sabrán dónde apoyarse.
El tiempo se detuvo en los balcones enfrentados a la distancia de un secreto, vividos como una vida, de dos en dos. Están adornados conjardines colgantes de ropa al sol. Mudos. Nunca confesarán cuántas serenatas, cuántos asaltos bucaneros.
En la Ceremonia de las Sombras del medio día, el sol transporta el dibujo de las barandas a paredes ocres y blancas para medir el tiempo en deste~llos, porque una luz que estaba allí ya no está. Por un momento el sol chisporrotea entre los aleros y cubre los helechos y balcones de oro en polvo.
Oasis, treguas y reposos
Si el sol persigue y los reflejos resultan insoportables, la Catedral, alta compañera de las aves, lleva brisa y trae luz fresca por entre las claraboyas circulares... La Plaza de San Diego entre Torno y Camposanto, donde termina la callecita Stuart, ¿por qué no le habrán compuesto canciones?...
Y Santo Dommgo, donde hay un altar cañoneado por Vernon y un patio semioscuro y sereno con árboles gregorianos y una fuente blanca en el centro. O un jardín secreto en la Inquisición, donde inventaron la tortura de presentir el verde desde la sala de cepos, mientras por un tragaluz se entraba el pregón de los raspadosó.
Y cada calle tiene bahías en forma de zaguanes donde se sospechan patios con hamaca, largos corredores y rumor de hojas secas corridas por el viento sobre pavesas tibias, tocadas por las tímidas puntas del helecho. Son de propietarios que desenterraron sus tesoros, no contaron el hallazgo y nunca volvieron al trabajo.
Desde esas sombras se ve pasar la diaria procesión de las calles: alguna nana con un querubín desnudo, el vendedor de raspados con un arco iris en las botellas y otro arco iris en el pañuelo de una negra -la más linda del mundo-, una pausa, una canción, un perro, una monja, otra, dos y dos más... y un carrito de tres ruedas.
Ocho minutos, solamente ocho...~
Para perseguir una gaviota extraviada en un vuelo fugaz y eterno. Para desprenderme desde el cerro de La Popa sobre la fortaleza de San Felipe, mecerme al viento sobre Getsemaní, remontarme sobre el domo de San Pedro, acariciar con el dedo la cúpula de la Catedral, pasar sobre Santo Domingo y posarme sobre la Plaza de La Merced, la del nombre de cita, la del teatro viejo de esa noche. Porque esperan las musas de mármol asoleadas por un siglo. Porque hay que adivinar de dónde viene la canción de una palenguera8. Y porque, mientras aparece por la esquina inesperada, se siente la ansiedad de un toril abierto.
Ich habe genung9
En la Bahía de las Animas siempre hay un barco esperando. Quisiera no parpadear mientras Cartagena se aleja de los ojos navegando a Bocachica. Las gaviotas tachan de la memoria a Estambul y Alejandría.
Todo se ve azul, se siente tibio. La magia es aquí real. El embrujo, palpable. Se comprende por qué los imperios del siglo XVII querían apoderarse de este lugar. De pasar por aquí, Ulises no habría regresado.
Y aparece a lo lejos San Fernando, un remoto asteroide de cinco puntas, caído, incrustado en el Caribe. Tiene unos arcos interiores con la sombra más profunda y la luz más brillante que conozco. En las cúspides, se juntan la luz y la tiniebla en el filo de una navaja.
De dónde viene el viento
En la Ciénaga de la Virgen, las barandas retorcidas del manglar abrazan como los balcones de la ciudad en la noche del cochero. En un amanecer, llame a Juan (todos los pescadores se llaman Juan). Aquí, la Ceremonia de las Sombras hipnotiza con los arabescos que el sol desfila sobre la canoa, entre garzas asustadas. En los islotes enrojecidos de cangrejos hay
unos duendes malignos que excitan la debilidad humana por hacerjuramentos y promesas. Conjúrelosl°. Llegará a una playa solitaria donde las a«es vuelan una danza adormecida en un escenario infinito. Para regresar algún día, deberá escribir sobre la arena la promesa de nunca profanar este lugar con la indiferencia. A1 regreso, tiéndase sobre el fondo de la canoa, porque arriba, entretejida con las ramas, las gaviotas y los alcatraces nace una aurora de paz, para quien no nació poeta, para quien no nació pintor.
Debo termmar el sueño, Catarí. Y otra vez de noche, desde la ventamlla de un avión, veo una fotografía imposible: allá abajo, Cartagena parece un puñado de diamantes regados sobre un paño negro.
Septiembre de 1983
( t ) C. P. Cavafv. El poeta griego de Alejandría ( 1863-1933). Traducciones de E1 so1 de la tarde (1966) y La ciudad (1972) de Hernán Díaz.
(2) Catarí. Canción en dialecto napolitano de Cordiferro-Cardillo. (3) Nuestro pueblo (Our Town). Thornton Wilder (1897-1975)
Obra teatral en tres actos estrenada en 1938. Emily ha regresado de su tumba a recrear el día en que cumplió los doce años: "No puedo", dice, "no puedo seguir. No tenemos tiempo de mirarnos los unos a los otros. Nunca me dí cuenta. Todo esto nos sucede y no lo notamos; mejor, llévame a la colina, a mi tumba. ¡Pero espera! una mirada más... Adiós, adiós tierra. Mamá y papá. Adiós, tic-tac de los relojes... y girasoles de mamá. Y comida y café. Y trajes recién planchados y baño tibio, y dormir y despertar. ¡Tierra, eres tan hermosa para tenerte en cuenta! ¿Sabrán los humanos qué es la vida mientras la viven?".
(a) Cassiopeia. Una de las más bellas constelaciones de la Vía Láctea de extraordinarios claustros galácticos. Es visible aún durante lunas llenas a 30° del Polo Celestial. Tiene el mismo trazo de Cartagena y de noche desciende sobre la ciudad alineando sus tres estrellas sobre las torres de San Pedro, Santo Domingo y la Catedral. Es visible de junio a diciembre, porque los vientos de enero soplan lejos las estrellas. Cassiopeia es la madre de Andrómeda, nombre primitivo de Cartagena, a quien Perseo desposó al librarla de ser devorada por un monstruo marino el 4 de noviembre de 1588.
(5) Concier~to de Aranjuez para guitarra y orquesta. Segundo movimiento, "Adagio" (9:56 min). Joaquín Rodrigo.