Rodrigo Callejas

Medellin, Antioquia

Pintores

Bodegón, Figura, Paisaje

Rodrigo Callejas

CRITICA

Por CARMEN MARIA JARAMILLO  

Hay en Rodrigo Callejas una doble vertiente que confluye con fuerza y dinamismo en su trabajo creador: la dialéctica establecida entre su fuerte arraigo en la cultura antioqueña y su contacto directo, durante varios años, con la cultura norteamericana. Callejas toma como motivo de su obra lo raizal, la geografía andina y le otorga un tratamiento muy contemporáneo, resultado del espíritu vanguardista que tomó fuerza definitiva durante su estancia en Chicago. En su universo plástico la síntesis de lo propio y lo foráneo configuran un lenguaje personal e inagotable. 

Acorde con el momento que vive, el pintor concede mucha importancia a la subjetividad en el proceso del conocimiento. Por eso, elabora hasta transformarla por completo, la percepción inmediata que tiene del objeto de trabajo, consiguiendo plasmar, más que una reproducción fotográfica de la naturaleza, una sutil metáfora de su relación con el mundo. Su fina sensibilidad y su mordaz conciencia crítica se traducen en una mirada sarcástica y maravillada frente a la realidad que lo circunda. No obstante, se cuida de no caer en el facilismo de contar una historia, de realizar una pintura narrativa y se preocupa por mantenerse dentro del terreno del lenguaje plástico. La suya, como toda buena pintura, encuentra su finalidad y justificación en ella misma, prescindiendo de recursos facilistas como la anécdota o lo truculento para atraer al espectador. 

A una realidad objetiva: el trópico andino (las montañas antioqueñas o el altiplano cundiboyacense), Callejas introduce códigos de percepción que nada tienen que ver con los propios del paisajismo tradicional. La sensación de desnudez que transmiten los paisajes panorámicos no existe en su obra porque el horizonte, de una manera simbólica, se fuga por la parte superior del cuadro, aparece en un plano artificial o sencillamente no existe. El horizonte no es ahora posibilidad sino limitación. La noción de profundidad disminuye, remitiendo a un mundo inmediato y misterioso. Sin embargo, la realidad aunque inescrutable está cargada de sensualidad y belleza en un derroche de elementos y colores que apresan la exuberancia del trópico. El empleo, en la mayoría de los casos, de primeros planos, no posibilita el descanso de la mirada en grandes planicies aireadas sino que por el contrario invade la retina con múltiples estímulos. De ahí su tensión, vigor y expresividad que alejan su obra de cualquier tipo de paisaje decorativo. 

A finales de la década del setenta, cuando Callejas opta por este peculiar enfoque del paisaje incorpora el que podría resultar su distintivo para este período: líneas horizontales y verticales crean franjas que segmentan cada obra en diversos planos, encerrando en cada uno de ellos un elemento diferente del paisaje. En uno sólo de sus cuadros podemos ver por ejemplo una abstracción del cielo que se configura a base de manchones informes, una montaña ejecutada con un trazo enérgico y un trozo de prado trabajado con la minuciosidad de un artista oriental, a través de una pincelada que remite más al dibujo que a la pintura. El enfoque y el tratamiento otorgan a la naturaleza su dimensión devoradora, mutante, autónoma; pletórica de contradicciones como la vida misma y no como la plácida imagen de una postal. 

Podría decirse que la fragmentación además de otorgar una dimensión más contemporánea vendría a ser el elemento definitivo a nivel conceptual y plástico en el trabajo de este período. Callejas , divide lo dividido. Sutilmente, aparece en algunos de los recuadros de cada obra, un alambre de púas que, además de fragmentar ese plano, remite a la creación de linderos en una geografía que el artista considera indivisible, respondiendo desde la plástica al momento político que se vive en los años setenta. El alambre de púas no sólo tiene la connotación de parcelación arbitraria del territorio sino que se convierte en un elemento directriz en la composición, como eje que crea equilibrio y dinamismo. 

A mediados de esta década, Callejas se traslada a vivir a Bogotá. De lo abigarrado de la geografía antioqueña, pasa a una naturaleza más ordenada y sombría. Escoge entonces como escenario de su obra a los bosques de pino de la región del Neusa. El cambio de entorno comporta una nueva actitud plástica. El color se torna casi monocromo y la composición se simplifica. Extrema su encuadre de primer plano hacia el suelo, prescindiendo en algunas obras de la línea del horizonte, opción que lo lleva muy cerca a la total abstracción. El formato de la obra queda copado por ritmos y texturas producidos por las estilizadas hojas de pino, entremezcladas en algunos casos con pequeños frutos, ramas o fragmentos de troncos. 

Paradójicamente esta cercanía a la abstracción va ligada a una transición hacia la "pintura dibujada". Cada una de las hebras de pino que cubren la tierra, esta perfectamente definida. La mancha de color, la pincelada espontánea que existía en algunos apartes de sus paisajes divididos cede paso a un trazo cuidado que responde más a los cánones del dibujo que a los de la pintura. Se parte de otro tipo de percepción en la cual se prescinde de la interferencia de la atmósfera o de las imprevisiones en la forma y las fusiones de colores que propicia la luz. En esta mezcla de códigos diversos podría radicar la magia y la extrañeza que suscita su obra reciente, la cual aunque verosímil, no deja de parecernos misteriosa. 

Callejas cierra su etapa de paisajes del Neusa al introducir objetos en su universo plástico, incrementando notablemente la intención simbólica de la obra. A partir de 1986 se sumerge en el mundo del "transformador" transformers muñeco de origen japonés, que según Luis Camnitzer: "es probablemente el juguete de más éxito comercial en los Estados Unidos en los últimos años. El hecho es importante anota Camnitzer porque se conecta con la fijación pública de una imagen que se convierte en memorable más que por sus valores intrínsecos por su difusión... El interés del transformador no está tanto en las imágenes que nos presenta en sus metamorfosis, sino en la capacidad transformativa. La imagen más estable en este proceso, la identificadora, es la del rostro antropomórfico". 

Con este muñeco, el pintor incursiona haciendo un juego de espejos en el universo infantil. Un objeto de consumo (como sucede en el Pop) obtiene por obra y gracia del artista, una nueva dimensión: la estética. Callejas, presenta los diferentes momentos de un objeto que, como las diversas caras de una realidad, reflejan su cosmovisión. El objeto adquiere animación e irrumpe en el paisaje como un hecho político que el pintor enfrenta, realizando el tipo de lectura ética que facilita el humor, carente de cualquier viso moralista o panfletario. Con ironía entre dulce y amarga parodia la violencia, el militarismo, el desgarramiento cotidiano, escenificando un juego de niños que resulta ser la guerra. 

La realidad camaleónica bombardea desde distintos flancos, asumiendo la figura de un transformador. La única constante resulta ser el cambio y cuesta trabajo aprehender un fenómeno cuando ya se ha convertido en otro. Una sofisticada arma de guerra se vuelve obsoleta en un abrir y cerrar de ojos. Un movimiento de vanguardia, antes de configurarse definitivamente es ya cosa del pasado. 

Nuevamente aparece la síntesis que realiza Callejas entre lo norteamericano y lo nativo. El muñeco, comercializado mundialmente por los Estados unidos y en cierto modo símbolo del afán bélico de esa nación, se mimetiza, en manos del artista, con ídolos precolombinos, como un reducto además de su vieja condición de ceramista. Resultan entonces figuras míticas que se independizan cada vez más del modelo original y sugieren la asimilación que se hace en el tercer mundo de los valores y productos de una de las grandes potencias. El pintor, consciente o inevitablemente auna estas dos ópticas desde su lenguaje personal, sin hacer concesiones de ningún orden. La metamorfosis, la fusión y la incorporación de una cultura a otra resulta ser una de las constantes sutiles o explícitas de su producción. 

Podríamos decir entonces, que el artista produce una obra coherente, que no se repite, que tampoco agota su universo plástico en una fórmula y que, como pocas en la pintura colombiana, tiene siempre algo nuevo para decir y una manera justa de expresarlo. 

Diciembre de 1987 

Tomado del Folleto: Museo de Arte Moderno de Bogotá
Rodrigo Callejas Vieira 10 Años.
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