Nicolas Uribe Benninghoff

Madison, Wisconsin, USA

Pintores

Figura Humana

Nicolas Uribe Beninghoff

pintor

Recuento
 

El Teatro del Mundo

Nicolás Uribe

Me di cuenta de que nuestra existencia no es otra cosa que una sucesión de momentos percibidos por los sentidos."
Jean-Jaques Rousseau

La belleza reside en la pureza, en lo inalterable. Antes era platónica, de líneas, puntos, medidas, simetría, armonía y ritmo; rechazaba el arte por venir de un mundo y una apariencia sensible. Ahora es una intrusa obligada a convivir en el mundo de los sentimientos que no trata de reflejar, ni siquiera de imitar a la naturaleza. Se convierte en tan sólo una esclava de los sentidos, trascendiendo los niveles normales de entendimiento y mesura.

La ética, la moral y la bondad sucumben ante ese mundo de Burke en donde el terror es la fuente de la sublimidad. La ferocidad, el sadismo y la sensualidad eclipsan a la razón y de esa tenebrosa oscuridad nacen terribles pero hermosas verdades.

Ese lugar en donde los crudos grises convierten la presencia de cualquier color puro en una virtud sarnosa e infecciosa, alberga la verdad enfática de un gesto declamatorio lleno de potencia capaz de evocar las emociones más radicales. El mundo que antes desconocía la manera de balancear lo sublime y lo bello, ahora se da cuenta que no tienen que existir en contraposición. Existe un nuevo mundo donde lo sublime es lo bello.

Melancólicos personajes que carecen de fe y buscan refugio en ritos trillados y religiones secularizadas, seres débiles que utilizan y abusan del poder - para al final darse cuenta que han sido utilizados y ahusados por ese mismo poder - y coléricas figuras que justifican su existencia con su anonimato y encuentran la pasión por medio de la expresión de sus cuerpos, dan valor y dimensión al espíritu de ese teatro, a esa eterna comedia humana de Balzac. 

Nicolás Uribe

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Pintor Clasico del 2002

por Paola Villamarin, redactora de El Tiempo

El joven artista bogotano expone su serie `El teatro del mundo, en la que caben desde cuerpos desnudos, retratos e imágenes religiosas. Uribe es una promesa de la joven pintura colombiana.

Hace dos años, Nicolás Uribe realizaba pinturas realistas que recreaban escenas de un parque neoyorquino. Mientras que algunos habitantes de la calle jugaban ajedrez, el artista instalaba su caballete y captaba la situación. Ahora, el tema de sus pinturas ha cambiado y Uribe ya no se siente sujeto a la ciudad y a lo que esta pueda ofrecerle.

"Me molestaba depender del sitio, estar atado a lo que me diera el día. Ahora mi pintura es más de estudio, más analítica y más teatral", dice Uribe, de 24 años.

Su reciente serie pictórica, El teatro del mundo, se compone de escenas religiosas, retratos y desnudos. Los modelos dice el artista- son su única atadura.

El resultado de su trabajo depende de lo que cada uno le produzca. Trabaja con la imagen de personas cercanas -como su mamá o su novia-, con modelos profesionales y no profesionales.

Este último grupo lo selecciona en la calle. Cuando camina por Bogotá, Uribe busca caras y cuerpos que puedan emocionarlo a la hora de pintar. Al contactar a estas personas la mayoría habitantes de la calle- les dice que es artista y les propone ir a su estudio para trabajar. Pero pocos acceden.

En contraste con sus pinturas anteriores, Uribe explica que hoy está interesado en que la figura humana sea la que afecte el espacio y no lo contrario. Por eso, la selección de sus modelos es tan importante.

Uribe, que estudió ilustración en Estados Unidos y se graduó con honores, se interesa por cuerpos con "personalidad". Le encanta el físico de los viejos, pero dice que en Colombia es muy difícil trabajar con ellos. También el de las mujeres voluptuosas. Son un manjar para su mano.

En El teatro del mundo son evidentes las influencias que tiene Uribe de los maestros de la pintura Diego Velásquez, Rembrandt y Francisco de Goya. Su pintura es clásica, aunque dice que hoy no es raro encontrar "arte clásico contemporáneo" en los jóvenes artistas.

Los homenajes a los grandes son numerosos, pero Uribe está buscando su propio camino. Por ahora, es evidente su capacidad pictórica, que lo ubica como una de las promesas de la pintura colombiana.

RETRATOS POLÍTICOS

El teatro del mundo es la segunda exposición individual que realiza Nicolás Uribe Ben ninghoff en Bogotá. Antes participó en exposiciones colectivas en Estados Unidos, España, Bélgica, Egipto y Japón. Estudió en la Escuela de Artes Visuales de Nueva York y se graduó con honores.

Uribe también ha realizado retratos de políticos colombianos. El año pasado elaboró y restauró retratos en miniatura, pertenecientes al Palacio de San Carlos, de los ex presidentes del país. Así mismo, pinturas con la imagen del canciller Guillermo Fernández de Soto y del presidente Andrés Pastrana.

Tomado de El Tiempo, 2 de abril de 2002

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La Realidadcomo obsesión

Si ve una paloma muerta en un parque, siente deseos de pintarla. Entre los seres humanos prefiere a los viejos mendigos que se encuentra en la calle. Ellos no mienten y sus canas reflejan el paso del tiempo. Ha aprendido a abordarlos con tacto, pues a veces se sienten objeto de burla. Los pinta en su casa en el norte de Bogotá en una sola sesión. A ellos, como a todas las personas que retrata, los desnuda con el pincel y procura que se sientan cómodos con lo que son. Los hace comprender que no los está pintando por compasión, sino por la necesidad de que sean vistos por mucha gente. Ante la realidad es fácil voltear la cara, pero ante un cuadro se la tiene que admitir. Teme que esas simpatías lo hagan ver como un socialista. Más allá de eso, cree que esa gente callejera tiene mucho que ofrecer. Su socialismo es el mismo que debió experimentar uno de sus maestros más admirados, el holandés Rembrandt cuando, en pleno siglo XVII, salía a pintar a las calles a la gente sencilla, algo raro para la época.

Con él y otros grandes como Diego Velázquez y el colombiano Luis Caballero, Nicolás Uribe Benninghoff aprendió a desarrollar su pasión por representar los seres y las cosas tales como son. Eso lo hizo un pintor figurativo desde la infancia. En esa edad su entrega al arte fue total. En el colegio San Carlos, donde hizo sus estudios básicos, dedicaba los recreos de más de una hora a dibujar. Su trazo ya era seguro. Nunca usaba borrador.

De su abuelo, el alemán Guillermo Benninghoff, heredó la vena artística. Él llegó a Colombia por la época de la Segunda Guerra Mundial. Aquí nació su hija Olga, la mamá de Nicolás, quien no lo conoció mucho. A veces imagina que su abuelo vive y que habla de pintura con él.

Olga se ha desempeñado toda su vida en el campo del grabado. Ella lo animó para que estudiara en Estados Unidos, aprovechando las facilidades que le daba el tener esa nacionalidad, pues nació en Madison, Wisconsin, hace 24 años. En la School of Visual Arts de Nueva York se graduó en bellas artes y se especializó en ilustración. Esos seis años de formación fueron gratos. Se basaron mucho en la experimentación. Profesores como Steven Assaell y Max Ginsburg le enseñaron a no tener miedo de expresar lo que sintiera.

Aun así, la vida en Nueva York fue difícil. Se sintió rechazado por ser extranjero. Eso lo forzó a ser independiente. Descubrió esa gran ciudad perdiéndose en los sitios feos y peligrosos. Compartía sus estudios trabajando de pintor en una empresa de murales. Sus compañeros que eran veteranos le dejaban la parte más pesada del trabajo. Exhausto, se retiró y empleó en un pequeño taller de ilustradores. Allí hacía obras para revistas o avisos publicitarios. Detestó estar detrás de un escritorio, la presión de los jefes y los horarios. Lo que más lo aburrió fue que lo dejaran darles toques muy personales a los encargos. Aunque le iba muy bien con los clientes, la agresividad del taller se le hizo insoportable.

Después de renunciar, vino de vacaciones a Colombia en diciembre de 2000. La temporada le sirvió para entender que es colombiano y decidió regresar definitivamente el año pasado. Es lo mejor que le ha sucedido. En su propio país se siente más humano y su pintura pasa por un momento fecundo. Le dicen que quedarse en Colombia, cuando se le estaban abriendo las puertas en el exterior, fue un error. Se refieren a las muestras en que ha participado en Europa y Estados Unidos desde 1995 y a los premios que ganó en Japón, Egipto y otros países. Pero estar aquí le ha permitido también descollar como retratista de presidentes de la República y pintar los 42 cuadros que expone actualmente en la galería La Pared de Bogotá (2002). Allí están sus ancianos, sus escenas cotidianas y también su visión del dolor que trae consigo la violencia.

Tomado de la Revista del Jueves de El Espectador, No. 1300, abril21 de 2002

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Retratos para pagar deudas
`GESTALT 100 RETRATOS, EN GALERÍA LA PARED

Al ver el espacio de la galería La Pared, en Bogotá, Nicolás Uribe pensó en una lar ga hilera de retratos. Imaginó a Jorge Luis Borges, a Julio Cortázar, a Francis Bacon, a Alejandro Obregón y a todas esas personas que han sido esenciales en su vida. Hizo cien óleos, que ahora exhibe con el nombre de Gestalt 100 retratos.

Algunos se repiten con insistencia. Cortázar, el autor de Rayuela, aparece varias veces porque a Uribe su obra lo "enloquece". "Él era físicamente como un animal. Le eché los ojos para atrás para volverlo monstruoso", dice el joven artista.

Durante el proceso de elaboración de los retratos, que Uribe define como "lúdico", el artista leía a los autores, estudiaba a los pintores o escuchaba a los músicos. "Quería hacer algo muy puro, no quería tomar la técnica de los pintores, sino filtrar su pintura a través de mí", agrega. De todas maneras, los retratos están abordados de manera distinta,-con trazos fuertes o más delicados, y con colores que, a juicio de Uribe, representan a estos artistas.

Fernando Botero, el pintor y escultor colombiano, está abordado de una manera un tanto lúgubre: "Siento que es una persona superfuerte, que juzga muy duro todo tipo de arte", dice Uribe, que acabó de participar en Art Miami con Caesarea Gallery. Uribe, que se graduó con honores de la Escuela de Bellas Artes de Nueva York, pertenece a esa corriente de artistas que expresan en su trabajo una deuda con el arte académico. Aborda temas religiosos, retrata delicadas mujeres que están en vueltas en telas o que se mueven en medio de paisajes, y se acerca a ese halo de belleza de todo ser humano, sea mendigo o anciano.

"La idea es ser capaz de ser un pintor figurativo y que, sin embargo, te guste Robert Motherwell. Fui a una escuela de formación académica, pero nunca estuve ciego a lo que acabó la academia. No me niego a ver ninguna exposición, soy un observador feliz", concluye Uribe.

Tomado del periódico El Tiempo, 5 de febrero de 2004

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Ponga la cara

A Nicolás Uribe se le desborda el talento para pintar y además le gusta. El arte por el arte. Ya está. No tiene un discurso superelaborado de lo que hace, ni le teme a no ser novedoso. Tampoco está en la onda de todos los artistas contemporáneos. Al tipo le gusta lo figurativo y decidió hacer una exposición que tiene por nombre Gestalt 100 Retratos, algo así como un homenaje a los distintos pensadores, pintores y escritores que han influido en su vida de alguna manera. Todo el matiz psicológico y la huella mental que esta gente dejó en Uribe está plasmada en sus ágiles pinceladas. 

Para qué, pero cuando vea la exposición seguramente va a coincidir con el artista en varios de los personajes que marcaron su vida. Cortázar, por ejemplo, es casi que un punto de convergencia entre varias generaciones (aunque algún amigo suyo haya acabado con la magia del "Toco tu boca, con un dedo toco tu boca" (capítulo 7 de Rayuela), de tanto repetirlo.

Las coincidencias no terminan ahí. Que tire la primera piedra el que no siente que Dalí, Warhol y Picasso lo acercaron al arte; que Einstein no hizo más relativa la vida; que Cervantes y Joyce no nos confirmaron que ser escritores era un tris más difícil de lo que pensábamos; que Poe y Hitchcock no nos despertaron todos los miedos o que Kafka no nos hizo sentir como cucarachas. Nicolás es tan bueno que no necesita mostrar su hoja de vida, pero se graduó con honores del School of Visual Arts de Nueva York y ha hecho varios retratos para la Cancillería y la Presidencia. Un cuadro de Uribe, además de increíble, sí que es una buena inversión.

Tomado de la Revista Soho No. 48, 2004

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El general del pincel

Su esposa es gran parte de su vida. Eso se descubre rápido, apenas se ven sus pinturas o se le oye hablar. Claudia es para Nicolás y viceversa: otro caso donde se comprueba que la vida y el arte juegan a imitarse.

Sí, en el mundo de Nicolás Uribe hay amor, hay arte, colores sin duda, formas, talento; pero también hay disciplina, sobre todo disciplina y compromiso. Sólo así se explica que a sus 28 años esté establecido, lleve adelante un hogar y le alcance con vender unos cuadros al año para asegurar una supervivencia más que cómoda que le permita dedicarse a pintar.

Su casa es su taller, allí trabaja todo el día en un estudio bien iluminado y sin cortinas. Está llena de sus cuadros; algunos que no vendió, otros que simplemente le gustaron y prefirió dejarlos en su espacio. El único lugar de su apartamento donde no hay obras suyas es su cuarto: dicho lugar es para descansar, para estar con su esposa y por eso el trabajo no cruza la puerta del recinto.

Pero pese a ser un artista, tiene el corazón convenientemente petrificado. Nicolás, nacido en Wisconsin, con segundo apellido alemán -Benninghoff- es un romántico empedernido, tiene la dosis exacta de talento y sensibilidad para ser un artista, pero cuan do de vender su obra se trata no rebaja un peso. Piensa como dueño de supermercado: la libra de tomates cuesta lo que cuesta. ¿Podríamos culparlo por eso?

El tiempo está de su lado

De niño dibujaba monstruos y hacía grabaciones en metal. Pinta desde los 18 años, ha estudiado desde siempre, se ha preparado, ha realizado exposiciones -sólo o acompañado- hasta el hartazgo. Lo suyo son los cuadros y eso se nota cuando habla de ellos, al describirlos, casi como si intentara justificar su lugar y función en el mundo. Pero todo se vuelve más evidente cuando los toca sin temor. Un admirador convencional de arte es incapaz de tocar un lienzo, por respeto a la imagen, al autor, o por miedo al regaño. Nicolás habla y pasa sus manos sin miedos por la superficie. Nicolás disfruta aquel rito.

Su carrera, en ascenso, no es cuestión del azar o la inmediatez. Está seguro de su talento, o al menos eso transmite, y es un convencido de la rutina. Él rompe el estereotipo del artista talentoso muerto de hambre, contestatario y abandonado a su suerte por la sociedad.

Por el contrario, Nicolás tiene amigos que lo estiman, mentores que lo apoyan, familia que lo quiere y obviamente lo admira. Habla sobre su tía y es inevitable que se le escapen unas lágrimas (para corroborar aquello de, que no tiene corazón de piedra). El la pintó cuando ella moría de cáncer en el hospital. A pesar de que vive con su esposa, se refiere a la casa de los papás como "mi casa". Su madre, Olga María Benninghoff, hacía grabados, mientras que su abuelo, alemán, era pintor.

El cuadro es su rompecabezas.

Su fuerte es el retrato, pero no es extraño encontrarse de pronto con fotos de una cocina descuidada que desea pasar al lienzo. Nicolás toma notas escritas sobre lo que ve y quiere, toma fotos a sus modelos, inventa el fondo y se lanza a pintar. Con la figura humana ya definida, decide dónde o como debe ir un árbol, una pared, un recinto, el sol. Siempre, eso sí, partiendo de la totalidad para llegar a la parte.

Lo suyo es plasmar el sufrimiento humano y de alguna forma él también sufre. A veces le resulta inevitable sentirse un poco culpable por tomar prestadas vidas ajenas y secretos de la imagen de los demás para llevarse las palmas. Es apenas un intermediario, un instrumento, entre la realidad y el espectador.

Las mañanas y las tardes llenas de trabajo son la rutina de Nicolás, que quiere sacar el estudio de su casa, alquilar uno más grande, más exactamente un cubo con luz cenital proveniente del norte. Así, en unos años, cuando su nombre sea casi parte de nuestras vidas, sabremos que se debe al tesón de un hombre que se ha dedicado sin descanso a lo que mejor hace: pintar.

Tomado de la Revista CapitalClub, edición 19, mayo de 2005

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Se la juega por la pintura

por MARÍA PAULINA ORTIZ,  Redactora de EL TIEMPO  

En tiempos de videos e instalaciones, Nicolás Uribe y Carlos Gómez, ambos de 28 años, prefirieron el clásico arte figurativo. Eso sí, con temáticas contemporáneas.

La pregunta podría ser por qué ellos dos y no otros. Sí, a lugar. Son muchos los jóvenes que prueban hoy los caminos del arte. Estos dos, sin embargo, tienen la virtud (y la valentía, también) de querer jugársela por una ruta que muchos desprecian en tiempos de instalaciones, de performances, de videos y etcéteras. Estos dos se la jugaron por la pintura-pintura.

"Mi nombre es Nicolás Uribe. 28 años. Soy aquel pintor joven, lleno de talento y de vida. Soy de la raza de los elegidos...", dice en broma el catálogo de la exposición Miopía, que hasta enero está en Quinta Galería. Aunque no nació aquí sino en Wisconsin, Esta dos Unidos, Nicolás (hijo de bogotanos) tiene a flor de piel el típico humor cachaco.

-¿Por qué el arte?

-Nací con eso. Mi mamá es artista y desde niño la acompañaba en su taller. Supe que iba a dedicarme a pintar.

Le pregunto, entonces, por qué el dibujo, por qué la figura humana como protagonista de sus obras, el retrato.

-Cuando me fui a estudiar `a Estados Unidos empecé haciendo de todo, pero en un momento dije: no, tengo que —pintar. En esa decisión influyó sobre todo un profesor, Steven Assael (tremendo pinfor de la figura humana).

Uribe tiene claro que no basta con manejar la técnica. "La peor trampa es contentarse porque uno puede pintar muy bien un dedo", dice. Está bien saberlo, pero hay que hacer luego algo más con ese conocimiento. "Lo más triste que le pasa a muchos pintores figurativos es que se conforman con eso". Él no.

Y eso se siente en sus cuadros, enigmáticos, habitados por atmósferas y gestos muy particulares. Figuras humanas que dejan ver más allá.

Nicolás camina junto a sus cuadros y explica sin reparos su técnica, sus métodos. "No tengo misterio con eso; otros sí. Yo digo cómo los hago. Me importa un carajo". Ríe.

Tiene sus metas puestas lejos y cree que así deberían hacer todos los artistas jóvenes. Nada de pensar en exponer y vender sólo en el país; lo suyo son las grandes ligas mundiales. Allá quiere llegar.

-¿Y para lograrlo? -Matarse trabajando y hacerlo bien. Una obra berraca se defiende donde sea.

Actualmente Nicolás pinta a diario en el pequeño taller que acomodó en su apartamento de recién casado. "El taller de mis sueños lo tendré cuando pueda", dice, y tampoco descarta que algún día deje de usar la luz blanca bogotana que tanto le gusta para irse a vivir y a pintar en otro lugar del mundo.

Le pregunto qué artista colombiano le entusiasma. -Luis Caballero; y no diría más. De los mejores dibujantes en la historia del arte.

-¿Siente que hay menos espacio para los figurativos? -Claro que sí. En bienales, salones de arte, premios nacionales tenemos menos espacio. Pero es indudable que la base del arte será siempre la pintura; por eso hoy se está sintiendo su renacer.

Tomado del periódico El Tiempo, 15 de diciembre de 2005

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Artista al que le gusta coquetear con la muerte

Nicolás Uribe tiene el oficio de pintar y no se avergüenza de él, aunque para decir lo suyo se base en obras de otros, como Picasso o Goya. Eso se ve en la exposición que por es tos días está abierta en Quinta Galería (calle 70A No. 5-67), donde evoca a esos artistas pero con referencias propias de este tiempo.

"Pinto desde hace 12 años, cuando estaba en al universidad (School of Visual Arts, Nueva York). Lo hago porque, aunque algunos dicen que la pintura ya llegó a su fin, yo sigo creyendo que es un lenguaje importante y lo uso para contar mis historias", dice Uribe.

Esa manera de pensar, casi un sacrilegio en el arte contemporáneo, `empeora. "Soy formal. Por eso, para mí, está primero el dibujo. Es la base de todo en el arte. Yo, realmente, no pienso mucho porque dibujar es la manera en que el artista piensa la obra", comenta.

No en vano es profesor de pintura y dibujo en la Universidad Javeriana. En la exposición, las referencias a El Greco también se notan, pero él dice que son una disculpa. "No le hago fuerza al tema en sí mismo. Eso es una disculpa para pintar, un pretexto. Todo tiene una razón, claro, pero al final es la pintura lo que me gusta y uno se hace un proyecto para pintar", explica.

Con todo y que retoma a maestros de la pintura española, en sus obras hay palabras en inglés y algunas representaciones algo fuertes, como la de un cristo desnudo no muy apropiado para una iglesia y muchas obras igual de `vestidas.

Para algunos que han visto la exposición, estos cuadros no están exentos de cierta morbidez. Uribe no niega que la muerte lo apasiona. "Sí, soy obsesionado por la muerte. Es fascinante entender qué pasará cuando uno muera. No se trata de ser eterno, pero hay una parte romántica en esa fascinación que tengo por ella".

Acepta que hay algo que incomoda a primera vista a quien ve sus cuadros: "Sé que hay algo sexy no sexual ni erótico, así suene kitsch decirlo. Tampoco soy el más crudo porque busco belleza en ellas. Esto es más pintura que otra cosa".

Tomado del periódico El Tiempo, 16 de diciembre de 2008