Maria Isabel Rueda

Cartagena, Bolivar

Fotografos, Pintores

Figura Humana, Paisaje

ACQUATOPIA

Del 14/11/2018 al 31/03/2019

Ver la exposición en la Cartelera ColArte

María Isabel Rueda

fotógrafa

Recuento
 
Lea: Elogio de la sombra - Revista Arcadia, 2014
   


Vampiresas metropolitanas

La exposición `Vampiros en la sabana estará abierta hasta el 15 de marzo (2003, Galeria Valenzuela & Klenner). Instantáneas de jovencitas lánguidas y sombrías, en fragmentos
de paisaje urbano. 

"Es una resistencia callada a la maldición de ser joven, mujer y colombiana o el reflejo de nuestra sociedad en decadencia. Es como el simple luto por pertenecer a un país de muertos en vida", dice el artista y curador Humberto Junca, en su presentación de Vampiros en la sabana, muestra fotográfica que se exhibe por estos días en la Galería Valenzuela & Klenner. 

Imágenes de jovencitas, entre los 19 y los 24 años, de lánguidas miradas, poses desgarbadas, rostros pálidos y ropa negra, rodeadas por árboles y prados, componen esta exposición, de la fotógrafa María Isabel Rueda. 

La artista dice que la idea de hacer una colección de estas `vampiresas metropolitanas le llegó, no precisamente en Bogotá, sino en Ciudad de México, en un mercado medio decadente llamado `El Chopo. 

"Quedé muy impresionada al ver tantos jóvenes vestidos de negro -recuerda-. El con traste con sus rasgos, fuertemente aborígenes, hizo la escena inolvidable". 

Vampiros en plena calle

En Bogotá, en la calle, duró cerca de un año localizando a sus modelos, en cualquier esquina, sin un plan o parámetros definidos, excepto su aspecto lánguido y sombrío. Muchas de ellas son `metaleras o `góticas. 

"Si iba en una buseta y veía alguien interesante, de una me bajaba para proponerle que participara", dice María Isabel, quien explica que antes que nada les aclaraba que no se trataba de fotos de moda o algo por el estilo, sino un trabajo puramente artístico. 

"Lo primero que dicen es que lo suyo no es una moda o un capricho -aclara la fotógrafa-. La idea no era cuestionarles su autenticidad, sino, por el contrario, resaltarla". De hecho, María Isabel dice que su acercamiento a ellas fue solamente "visual", sin si quiera intimar demasiado. 

Como muchas de las modelos le expresaron su deseo de vivir en los países nórdicos, donde la cultura `gótica es más masiva, María Isabel buscó también "fragmentos del paisaje urbano" acordes con ese imaginario. Entonces, los escenarios que escogió fueron los alrededores de la Universidad Nacional y de la Avenida Circunvalar. "El paisaje y el retrato han sido constantes de mi trabajo", afirma. 

Una de las conclusiones que asegura haber encontrado luego de este trabajo, es que, definitivamente los jóvenes necesitan ser representados y hay un deseo total por "ser alguien", más allá de una aparente rebeldía. 

Tomado del periódico El Tiempo, 27 de febrero de 2003

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Vampiros en La Sabana 


Necesitaban verse como muertos vivientes, porque así se sentían.  Se vestían mal, se vestían terrible para desagradar a los vecinos , para molestarlos a todos en el país de las buenas costumbres y la gente elegante.  Se maquillaban como los vampiros que crecieron viendo por televisión, en esas viejas peliculas en blanco y negro, con ojeras pronunciadas, con labios negros; porque querían asustar a cuantos les vieran por la calle.  Pateaban latas, rompian vitrinas, cantaban en coro: No future /no future /no future for me...

Eran los hijos olvidados del Rey y La Reina (curiosamente la novela gótica europea, centraba el origen del mal en la decadencia de la monarquía, ej: Drácula.) en una Gran Bretaña en crísis, quienes crecieron odiando a sus padres desempleados por el cierre masivo de fábricas del año 72 cuando la OPEP impone un precio justo al barril de petróleo y termina con la maña del primer mundo de conseguirlo regalado.

Se hacían llamar punks (basuras, inútiles) y olian pegante para olvidar el hambre.  Escuchaban a un trio de delincuentes que se hacian llamar The Sex Pistols, liderados por un cantante que auyaba y se retorcía como el Jorobado de Notre Dame.  Y fueron el origen de un anti-movimiento que no creía en nada, ni siquiera en sí mismo.  Dos años más tarde en 1978 todos los
jóvenes en Londres querían ser punks y la música punk se volvía un buen negocio.  Entonces Sid Vicious se suicida y Johnny Rotten termina con Los Pistols gritándole al mundo que todo había sido pura pose (!!!).

Aparecen entonces las sombras de los muertos vivientes.  Interpretándo una música lángida y triste llena de aullidos y de ecos.  La canción de despues del fin.  El Rock Gótico.  Porque la maldición de ser jóven y no tener futuro, parece eterna.
                                                     
                  
Necesitaban ser más que los punks.  En todo sentido.  Más agresivos.  Sonar más duro.  Vestir más negro.  Tener el pelo más largo.  Ser más malos.   De hecho querían ser la misma imágen del mal, en medio de una sociedad mojigata y conservadora.  Escandalizaban a todos con su ritmo brutal y acelerado, con sus ruidos guturales, con su descarada adoración a las sombras,
en un mundo que dice ser bueno y puro.  Un mundo que en la década de los ochenta gira en torno a la coalición Reagan/Tatcher y a la censura.

El Metal era ahora la banda sonora del luto adolescente y con el aparecía el uniforme universal del mal. 

La rebeldía adolescente y la necesidad de cuestionamiento a las figuras de autoridad no tiene límites geográficos, y como la insatisfacción es tan mundial como la miseria... prontamente de Londres a Los Angeles a Madrid a Medellín a Bogotá se
extendieron los hijos de las sombras.

Desde entonces veinte años han pasado, y el tiempo (y la industria discográfica), que toda revolución se encarga de apagar, ha hecho de los punks, de los góticos, de los metaleros y de todos los engendros de sus cruces (seguidores de Siouxie, Robert Smith, Trent Reznor, Marilyn Manson etc.) una parte más del paisaje cultural.  El movimiento metalero en la capital no
representa ya ningún peligro... excepto, quizás, los días de Rock al Parque cuando el pogo en La Media Torta alcanza dimensiones épicas. 

De resto, para la mayorÌa de los mortales que transitan por las calles de la ciudad, ya no es sorpresa cruzarse con un joven de mirada oculta y traje negro que parece no pertenecer a esta dimensión.
 
Así seguramente se encontró María Isabel Rueda con las modelos de estas fotografías.   Estudiantes de colegio algunas, de universidad otras, hijas modelo las de más allá.  Nada fuera de lo común, excepto por "la pinta".  Pocas saben la historia de la
subcultura a la que se aproximan.  Pocas tienen un disco-himno que guíe su comportamiento.  Algunas visten así por sus novios, pero eso no importa; todas visten una oposición, retan a la sociedad que les ha tocado en suerte.


Pero ahora con la sencilla operación que realiza Rueda, al encuadrar el retrato de sus improvisadas modelos en medio de ambientes casi salidos de una narración gótica (verdaderas naturalezas muertas); ella devuelve el extrañamiento y la duda sobre la maldad innata en cada una.  Demanda creer, como un acto de fe, de nuevo, en el mal.


Más que un trabajo documental, María Isabel Rueda reconstruye el espacio que sus personajes pretenden habitar; y potencia la imagen ficticia que parece mover a cada una de sus modelos, permitiendo que durante un segundo o dos -capturados en la fotografía- cada joven sea de verdad el sujeto espectral y/o maligno que parece ser.  Del vestir al ser.  De esta transubstanciación somos testigos en VAMPIROS EN LA SABANA. 

El fotógrafo y teórico catalán Joan Fontcuberta distingue dos tipos de retratos fotográficos.  Un retrato narciso que refleja el ser del retratado, que nos devuelve su imagen tal cual es;  y un retrato vampiro, en el cual no hay reflejo que concuerde con
la imagen del retratado, o más bien éste ya no tiene imagen.


Entonces a medio camino entre lo real y la ficción, entre el cuento de hadas y el cuento de horror, atestiguando el fracaso de una sociedad que se precia de ser católica mientras se desangra en una guerra de mentiras; los retratos vampiro de María Isabel Rueda registran una pose, que sin embargo (y queda la duda) puede ser vista como resistencia callada (a la
maldición de ser joven, mujer y colombiana), o como reflejo de nuestra decadencia social, del conflicto moral o finalmente, como el simple luto por pertenecer a un país de muertos en vida.

Humberto Junca.
Bogotá, Enero del 2003

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Sobre Revés, una serie retratos. 


El contexto social de Bogotá suele interpretar las manifestaciones de la cultura juvenil utilizando una serie de lugares comunes que probablemente no han cambiado mucho durante los últimos cien años. Los retratos que conforman esta serie nos proponen una interesante relación entre la idea de localidad y de Bogotá en la periferia del mundo, interpreta a su
manera los mensajes del mainstream. Lo excéntrico en la periferia, es la expresión del orgullo de no ser el centro, pequeños grupos sociales viven esta positiva inversión de valores.

María Isabel Rueda recoge y construye a la vez, en estos retratos, parte de la actualidad local de un fenómeno que se ha convertido en una de las manifestaciones culturales mas importantes de nuestro siglo. Al lado de la fotografía, la moda es
actualmente la mas poderosa forma de arte y muy seguramente la más democrática que jamás haya existido (con lo poco o nada que el arte tiene que ver con la democracia).

El espacio de la moda es la ciudad, se mueve por la calle, está viva. no necesita galería. Es una manifestación cultural poderosa por su funcionalidad final, lo accesible de su materia principal, el propio cuerpo (único objeto que en última estancia nos pertenece) y por la inmediatez del impacto social que tiene cualquier modificación de los códigos conocidos
(y aceptados) sobre el mismo. Tiene un efecto que se duplica en todo el país donde exista una fuerte tradición religiosa y el cuerpo sea entre otras cosas la casa de Dios, un objeto sagrado y el contenedor de un alma.

El cuerpo es aquí un espacio abierto para componer un sistema de leyes individuales guiadas únicamente por el deseo y la fotografía una forma de enaltecer esta actitud completamente marginal. esta serie de retratos es como haber traído a unos invitados inusuales a que nos cuenten sobre sí mismos en un lenguaje sin palabras.  Posiblemente lo más cercano que estemos a experimentar alguna forma material de libertad, en el contexto social y urbano llenos de señales e indicaciones, sea esta constantemente cambiante combinatoria de diseños y materiales que es la moda. Y el hecho de que todos
los retratados sean jóvenes tenga que ver con que, la mayoría de las veces, en que la libertad aún es creída posible.

Muchas de estas personas diseñan y confeccionan su propia ropa y accesorios, a veces con motivo de una ocasión especial o para cada dia, e invierten horas trabajando en la construcción de una imagen propia. No es precisamente la misma  actitud que mantiene en movimiento a las grandes maquinarias de consumo. . Hay algo más allí que merece ser tenido en cuenta. Una interpretación del mundo cercana al viejo sueño de ver  a cada hombre como un artista y a la vida cotidiana como arte, también lugar para la poesía y la libertad.

La gente en la ciudad suele rechazar violentamente toda aquella expresión inquietante por su radicalismo, autonomía, individualismo o independencia. Las posturas radicales respecto al vestido, tergiversan la más de las veces los contenidos de la buena presentación personal , cuestionan el funcionamiento de la realidad urbana, como un sistema de signos establecidos de antemano e implican, contra lo que muchos pueden pensar, acciones de un alto contenido político, como muchas de las decisiones que encontramos en las artes plásticas contemporáneas. Tal vez esto explique la frecuencia de las reacciones
violentas frente a ambas manifestaciones.

Maria Isabel Rueda explica hablando sobre  su trabajo,  la posibilidad de crear un sistema en el cual el individuo no tenga que adaptarse a una cantidad de leyes generales que constituyen un estado.  Sino un mundo al revés . Donde exista una ley que
incluya a cada uno de los integrantes de la sociedad en sus más ínfimas particularidades. Tal vez la moda sea una manera de formular una ley incluyente. Y tal vez sea también, vivida de una cierta manera, en permanente oposición, translación de significados, formas y materiales, un espacio y un quehacer donde pueda empezarse a inventar, cada vez de nuevo, una
realidad distinta.


CLAUDIA CASAIS.
Exposición Revés.
2001.

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Nuevos Nombres.
Doméstica: una mirada cotidiana.

escrito por Jose ignacio Roca. 



María Isabel Rueda asume los roles del trabajo doméstico, como una referencia explícita a los stills de Cindy Shermann y los convierte en evocador documento fotográfico. Colocado en un recinto cerrado cuyo piso ha sido dibujado por la artista (en un diseño que recuerda los baldosines típicos de los patios de ropas de las viviendas de clase media). Rueda, en sus imágenes - autorretratos- nos presenta un conjunto de mujeres en diversas actitudes cotidianas: las labores de aseo, la conversación
telefónica etc.  En una mirada atenta a estas amas de casa captadas en el momento de realizar el oficio, se descubre que bajo las faldas siempre aparece una especie de "falo" tejido, en un patrón que recuerda el croché, labor femenina por excelencia. Este miembro masculino (en realidad es una tela rellena de unas semillas conocidas popularmente como "chochos", que se utilizan en la medicina tradicional para los cólicos menstruales) se presenta como un elemento que perturba
el "orden de la imágen" al evidenciar de qué manera ciertas actividades domésticas estan socialmente asociadas a un género preciso, a la vez que cuestiona el género del sujeto fotografiado.

Jose Ignacio Roca, 2001.
obre Detrás.

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El universo imaginario es entendido como el dominio de la fantasía que es claramente el efecto del posicionamiento de la función del deseo. La palabra imaginario proviene del término imágen , que es entendida como proyección o suposición. De ahí que se arguya que el Yo habita fundamentalmente una dimensión imaginaria, dado que su individualidad es el efecto de
una imagen- el reflejo de nuestro cuerpo en el espejo o la identificación al cuerpo del otro -, cuyo principio de referencia es el deseo. Por esto, cuando aún no dominamos el lenguaje verbal, podemos otorgarle a un objeto cualquier tipo de sentido. María Isabel Rueda parece concentrarse en una función imaginaria de los objetos y para tal fin utiliza un instrumento altamente afín a su naturaleza: la fotografía. Ella relacionará el mundo de la infancia con esa aspiración imaginaria de alcanzar un Yo ideal, que aparece tras el deseo de ser un superhéroe. Por esto se centrará en la máscara, que es uno de los objetos que confiere
poder al sujeto que asume dicho rol, dado que impide que su identidad sea reconocida. La máscara involucra además, por sus referencias al surrealismo, un deseo de hacer que la parte más alta del cuerpo y por tanto de la creación, ocupe un lugar inferior al identificarse con algo "más bajo". Para su obra Detrás, los niños que portan máscaras de lucha libre son el objeto de su mirada, que mantiene la atención sobre ese inquietante poder que tienen los objetos cuando no poseen un rol definitivo o verdadero.


Jaime Cerón.

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En el 39 Salón Nacional de Artistas

Su trabajo fotográfico toma la figura del Ché como uno de los iconos más difundidos de Latinoamérica.

Cartagenera, de 32 años, se graduó en Artes Plásticas en la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente trabaja enseñando fotografía a jóvenes adolescentes en la localidad de Usme, dentro del programa Jóvenes Tejedores de Sociedad. Para María Isabel, el arte es un campo de batalla. Ella se expresa en los terrenos de la fotografía, el dibujo y la educación. Su participación en el Salón la llenaba de expectativas entre ellas, "que no lo visitaran únicamente los artistas". Su perspectiva de trabajo, dentro de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, la ha llevado a pensar en la educación "como un espacio de creación que ha cambiado por completo mi relación con el arte. Mis alumnos son mi mayor estímulo".

Su obra fotográfica, Lo uno y lo otro; se refiere al Ché Guevara, el icono latinoamericano de la revolución más difundido, apropiado y masificado alrededor del mundo: "Utilizado como referente, tanto por nuestras organizaciones de guerrilla, y como símbolo de protesta juvenil, y también por los diseñadores de moda más contemporáneos y grupos de rock, la imagen del Ché se convierte en una de las más versátiles. Símbolo cliché del antiimperialismo yanqui, pero igualmente mercadeado al mejor estilo norteamericano del Star System".

La participación en el Salón Nacional, lejos de crear expectativas de fama o reconocimiento en esta  artista, la ha impulsado, según lo afirman, a estudiar y trabajar mucho más, a buscar nuevos caminos que la lleven a encontrar su propio lugar en el arte.

Tomado de la Revista Fucsia No. 53, octubre de 2004

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Lente de voyeur

por Diego Guerrero, redactor de El Tiempo

Tras unos matorrales, en lo alto de una colina de Taganga, María Isabel Rueda, se agazapa con su cámara digital y un lente de largo alcance para tomar fotos. Abajo una pareja se abraza en medio del agua. Ella la atrapa en una foto.

Lo mismo les pasa a dos parejas en otra playa y a uno que lanza un guijarro al mar, sobre una piedra. Todos quedan pequeños en la inmensidad del mar.

Son imágenes idílicas de la exposición `The End, nombre sacado de las películas de cine. Son 15 fotos y una docena de dibujos, también expuestos en Casas Riegner.

"En realidad, me parece tenebrosa la idea de que ellos estén en ese lugar y alguien los mire sin que lo sepan. Son como las películas de terror en las que una cámara enfoca a los personajes en un lago, como si fuera alguien que los mira escondido", dice Rueda.

Hay otro aspecto en el que, dice, se parece al cine. "Las parejas en medio de la inmensidad del mar, conforman momentos sublimes, como los ideales de la publicidad. Pero es algo creado por la foto por que ellos no sienten que están viviendo algo así", dice.

Tomado del periódico El Tiempo, 26 de agosto de 2006

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MIRADAS DEL TERCER OJO

Por María Margarita García

CON DIBUJOS Y FOTOS, MARÍA ISABEL RUEDA REFLEJA LAS HUELLAS Y LOS ESPACIOS DEL DESAMOR.

Maria Isabel Rueda es como un tercer ojo silencioso y clandestino y acechante y miedoso cuando está detrás de la cámara o en su taller de artista, siempre atenta a lo que ocurre a su alrededor y dejando lo real en el filo de la ficción. En ese límite se perfilan sus fotografías y dibujos recientes reunidos bajo el título The End, cuyo tema central es el desamor. La figura humana, mimetizada con el paisaje, establece la contradicción entre el amor y el desamor y recuerda las películas de terror.

"The End surgió de tomas captadas desde una montaña. Lo hice casi como una espía, desde lejos, como una presencia oculta", afirma. Aunque en este momento ella reside temporalmente en México -donde desarrolla una beca de investigación-, las imágenes fueron registradas en Colombia, "en Taganga y en varios pueblos de la costa atlántica mientras recogía información para un proyecto consolidado en Tropical Goth, revista en la que intervienen artistas colombianos y mexicanos interesados en el tema de lo gótico y que pronto publicaré en México". También se basó en fotos realizadas en el volcán del Totumo -cerca de su natal Cartagena- para su película El hombre lodo, aún en proceso. Con este material creó una serie en la que se advierten los vestigios de "un amor que mata". El paisaje, el hombre y el horror guían la mirada del espectador. Ahí se unen la rapidez con la cual oprime el obturador de su cámara para captar el momento preciso, y su minucioso trabajo de trazos de tinta. "La cámara me permite tomar las imágenes casi de manera inconsciente, y luego con los dibujos reflexiono y las vuelvo conscientes", afirma.

¿De dónde viene ese horror? "De las películas de terror, de las escalofriantes escenas ocurridas a mujeres solas en medio de un paisaje natural. De esa especie de castigo o culpa sentida por algunas féminas cuando hacen el amor con su pareja, o simplemente del terror a disfrutar el sexo. Pero en realidad me apasiona el hecho de ver cómo la cámara es un testigo oculto, con el poder de asustar, juzgar o sentenciar. Antes hablaba con las personas a quienes retrataba, ahora no lo hago y creo estar más cerca de ellas. Sin embargo este sistema me produce miedo y la misma incertidumbre provocada con la cámara en las películas de terror". Sus obras se basan en su fascinación por el séptimo arte y están en el filo de la realidad y la ficción y tienen el misterio propio de los filmes. Ese misterio, manifestado en el blanco y negro en su pasada serie Vampiros de la Sabana y ahora con el color y la luz tenue obtenida cuando el sol está a punto de apagarse y no es ni de día ni de noche; ese asombro da vida a sus imágenes "reales" en un espacio dividido hasta el infinito.

Su obra está llena de contrastes, ideas duales, y técnicas aparentemente contradictorias. Si en la fotografía usa como medio la cámara digital que le permite "ver inmediatamente las tomas y no imaginarlas", en el dibujo utiliza medios primarios como la tinta del esferográfico o las líneas hechas con tijeras. "Me encanta ennoblecer un marcador, un papel cortado o una tinta negra. Son instrumentos que siempre están ahí, que nadie nota y que pueden convertirse en cosas increíbles como una imagen fotográfica". Le apasiona dibujar y tal vez reivindicar una técnica asociada con la gestualidad y la rapidez y transformarla en una labor lenta y cuidadosa. María Isabel Rueda logra sorprender y crear ambientes insospechados en medio de experimentaciones a investigaciones plásticas como las que ha iniciado en su temporal estancia en México -donde por primera vez ha trabajado a cuatro manos con un artista de ese país- y que no observamos en la muestra de Bogotá. Y falta ver por dónde seguirá su camino cuando regrese al país y continúe su labor de docente de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y su maestría en la Universidad Nacional. Por ahora, con The End nos deja esa amarga y misteriosa escena del desamor.

Tomado de la Revista Diners No.437, agosto de 2006

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Visión Remota - 2012

Video (loop de 2)

Maria Isabel Rueda: Vision remotaLa imagen infinita dentro de la imagen.

La arquitectura hace zoom. Ver más allá de lo que muestra la imagen.

Dentro del recuadro, lo que queda fuera.

Imagen holográfica. Cada porción individual contendrá uno visión borrosa pero completa de la imagen entera.

Cada imagen una transformación activa de las que hubo antes.

Plegar y desplegar. Colapso de la figura con el fondo. Esquizofrenia de la imagen.

La estructura arquitectónica en ruinas como analogía al aparato fotográfico.

La naturaleza en flujo como imposibilidad de fijación.

Tomado de 2 Premio Bienal de Artes Plásticas y Visuales, Bogotá 2012
Fundación Gilberto Alzate Avendaño 

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La usurpadora

por Dominique Rodriguez Dalvard

La artista que ha retratado el deterioro del muelle de Puerto Colombia se fue a vivir allí costera para fundar un pequeño recodo de arte contemporáneo y robarle a esta población su destino ruinoso.

Maria Isabel RuedaHay algo inquietante en ella. Y no es solo su mirada penetrante. O su capul tan recto que parece una cuchilla. Son sus obras también, tan bellas como perturbadoras. Y sin embargo, María Isabel Rueda es un sol. Un sol al que cubren las nubes de vez en cuando y al que le va muy bien acompañarlo de la belleza conflictiva de las cintas de David Lynch o la densidad vocal de Tom Waits. Será por eso que le gusta tanto Diane Arbus, esa fotógrafa por la cual se dedicó a este oficio y que logró captar la belleza en las escenas más íntimas y sórdidas de la locura o la diferencia en el cuerpo. María Isabel Rueda nos ha presentado a lo largo de los años todo un registro visual de los personajes góticos de la sabana de Bogotá, así como innumerables dibujos que recuerdan a otra de sus influencias, el fotógrafo japonés Nobuyoshi Araki, donde a través de las formas más delicadas expone la sexualidad humana. Su obra es atrayentemente bella.

Rueda nació en Cartagena en 1971, vivió en Bogotá muy a su pesar durante muchos años (“me cansaba el clima”), y hoy, por fin, encontró su lugar para estar: Puerto Colombia. Fue como si lo tuviera marcado en su destino, pues hace unos años había realizado una serie fotográfica sobre este muelle que todo lo fue para Barranquilla hace décadas y hoy es una estructura que amenaza colapsar en cuestión de poco tiempo. “El destino me trajo a Puerto, al crear esas imágenes, quizá produje mi futuro”, cuenta con su golpeado acento costeño. En esas fotos, completamente melancólicas, se evidencia el olvido, el abandono y el implacable mar al acecho. Es la contemplación de una tragedia.

Y en esa grieta en donde el tiempo pasa lento, pero está ahí listo a marcar y a definir el final, se sitúa la artista. Podría haber elegido otra plácida playa de la costa, pero eligió Puerto Colombia, ese lugar delineado por el calor infernal y el gran y ruidoso mar verdoso, y que vive del recuerdo de lo que ya no será. Allí encontró la naturaleza y la lentitud que tanto estaba anhelando. Allí entendió que nuestros apremios y atropellos capitalinos son desgastantes y normalmente nunca necesitan de la velocidad que exigen. “Acá el ritmo se mide distinto, es más tranquilizador. Uno comienza a sintonizarse de otra forma y te cambia el tiempo. Hay cosas que no se pueden hacer por el sol, físicamente no es posible, te muestra que no todo lo puedes controlar, y eso está bien”. Como tampoco puede controlar la lluvia, a la que le teme porque lo inunda todo. La evidencia de que hay algo definitivamente más grande que nuestra singularidad (y vanidad) es el motivo de su trabajo.

Maria Isabel Rueda:  Muelle de Puerto ColombiaAnte la pesada evidencia de la inmovilidad, y de esa perspectiva de no futuro que se cuela en un escenario donde la ruina es protagonista, hay dos opciones: quejarse o actuar. “Cuando vas a Cuba y ves todas las casas en ruinas, ¿cómo sales adelante? Parece ser una estrategia visual y política, tal y como se vive en Puerto Colombia, ¿cómo levantarte de una cosa que todo el tiempo te está diciendo que se va a venir abajo?”, se pregunta María Isabel Rueda que, junto con su compañero, el también artista Mario Llano, decidieron fundar la residencia artística La Usurpadora para robársele un poco el destino a Puerto Colombia (y de paso remover la escena artística independiente barranquillera).

Nacida hace dos años, justamente, por la ausencia de posibilidades de ver expresiones artísticas contemporáneas en Barranquilla (solo los museos y las galerías tradicionales, muchas de las cuales son marqueterías donde se puede comprar obra), esta pareja se dio a la tarea de producir las exposiciones que ellos mismos querrían ver. Lo hacen con el fin de llamar la atención de que fue allí, en Barranquilla, donde nacieron, pasaron o vivieron muchos de los artistas que le dieron a Colombia el título de modernidad. Alejandro Obregón, aunque vivió en Cartagena, era habitual de La Cueva con la gallada creativa de Gabo, Álvaro Cepeda Samudio, Orlando “Figurita” Rivera y Alfonso Fuenmayor. Y el propio Norman Mejía, Salón Nacional de Artistas 1965 con Su horrible mujer castigadora, vivió y murió en Puerto Colombia.

Con ese precedente al que quieren homenajear siendo igual de irreverentes, el dúo Rueda/ Llanos está refrescando el oferta expositiva de Barranquilla (y así se suman a otras iniciativas curatoriales como la Red de Artistas del Caribe y a Mal de Ojo, en Cartagena). Hicieron, por ejemplo, una muestra que llamaron Las chicas solo quieren divertirse, buscando sacar de debajo de las piedras el trabajo producido por mujeres artistas en una región marcada por el machismo. En una casa en construcción en el barrio El Silencio, donde se proyectaban piezas en video en sus paredes, empezaron a tener público.

Uno que creció al descubrir, de la mano del artista Sergio Vega, la casa de un hombre que la tenía empapelada, en cada rincón y del piso al techo, de afiches pornográficos de los que salían en las páginas centrales de los diarios. Era como estar en una instalación in situ. Y, en otra muestra, un aficionado a las historietas de Kalimán, un tipo popular llamado El Company y que tenía toda su colección y vivía en unas condiciones donde su único lujo eran estas revistas, invitó a que en su pared se realizara intervención de grafiti. El evento estuvo anunciado por altoparlante, donde se oía la radionovela de Kalimán. También encontraron filmaciones de las playas de Puerto Colombia y Salgar de los años sesenta y setenta, que proyectaron en el garaje de una casa, trayendo a la nostalgia lo que solían ser esos parajes para la ciudad.

De esta forma, el proyecto La Usurpadora ha entrado pisando fuerte en la costa presentando formas e ideas más conectadas con las inquietudes formales que están circulando por los circuitos del arte contemporáneo, pero siempre conectadas con algo de la historia local, con esa precariedad que se vive y siente, pero que puede elevarse a múltiples interpretaciones y permitir hondas reflexiones. Pero también donde caben el humor y la ironía, la crítica y el mundo. Así, en su casa, la casa de la residencia de La Usurpadora, hallará una calcomanía pegada en la nevera que dice “¿Cómo disimular desilusión teniendo razón?”, y se topará con la perrita Alaska y la tortuga Ninja y con los gatos Norman (que nació el día que murió el pintor), Toti, Fanfarria, Yuri (como la cantante), Amapola y la desaparecida La peligrosa… que estará quizás entre piedritas pintadas con todos los electrodomésticos con los que no cuentan, tortas de Pablo Adarme, un gallito de Carlos Bonil, letreros de Jaime Tarazona y unas casetitas de playa miniatura dentro de un frasco de arena de Sergio Vega. Y, claro, dibujos, pinturas y fotografías de María Isabel Rueda. Un pequeño museo al lado del mar.

Tomado de la Revista Diners No.526, enero de 2014 

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Elogio de la sombra

Por Alfredo Baldovino Barrios, Puerto Colombia

Una calle sin pavimentar, flanqueada por palmeras de cocos amarillos, edificios con balcones que miran hacia el mar, y arbustos sin Dios ni ley conducen hasta la casa de María Isabel Rueda, en el municipio de Puerto Colombia. No es sencillo dar con ella, porque la entrada está cubierta por una frondosa enramada de trinitarias y ramas de nin. Además, el sector es tan solitario que, aparte de un grupo de albañiles que trabajan en una construcción cercana, no hay nadie a quien pedir información. Pero confío en mi sentido de orientación y sigo adelante llamando puertas al azar que nadie se toma el trabajo de abrir.

Solo entonces caigo en la cuenta de que mi situación es similar a la de muchos espectadores cuando se acercan a los dibujos de Rueda: primero, una sensación de extravío y soledad, y luego, la perspectiva de una red de caminos que se abren en todas las direcciones cuando nos despojamos de la intención de encontrar algo. Así que vuelvo sobre mis pasos hasta dar finalmente con la puerta indicada. María Isabel me recibe descalza y con un vestido de corazones color zapote, sobre un fondo azul rey. El cabello redondo, cortado sobre la nuca, como ala de golondrina, me lleva a compararla mentalmente con Urna Thurman en Pulp Fiction. Pero es solo un decir, porque María Isabel (contrario a lo que hace pensar su fijación por las tinieblas y las fotografías de su perfil en Facebook, en las que exhibe ante la cámara botellas de aguardiente Currambero) no bebe, ni fuma, ni lleva el mismo tren de vida de la esposa de Marcellus Wallace.

María Isabel Rueda“Sigue por acá y te ofrezco una taza de café”, dice, haciendo sonar a su paso las piedrecillas marinas que alfombran una pequeña zona de la entrada. El resto es un amplio patio anterior sembrado de trinitarias, palos de guanábana, mango, níspero, tamarindo y una hierba desgreñada que en algunos tramos crece a la altura de los tobillos. La vivienda en sí, provista de una entrada lateral, solo ocupa un pequeño espacio del lado derecho y tiene trazas de ser una intrusa en un territorio donde el bosque es amo y señor.

“Te presento a mi marido”, dice señalando a un hombre con el torso desnudo y una pantaloneta hawaiana, que sostiene bajo el nrazo una tabla de surf.  Después del breve saludo, cruzamos una puerta corrediza que comunica con una sala de estar.  En uno de los sillones hay una perra echada y, más atrás, dormido sobre el muro que separa la cocina de la sala, uno de los cinco gatos de la casa.

“Llegué a los 16 años a Bogotá a estudiar Publicidad, cuando aún no tenía claro que el arte podía ser también una opción de vida —dice al tiempo que enjuaga un pocilio en el grifo—. Fue en París, después de ver el metrónomo de Man Ray, donde tomé la decisión de estudiar Arte. Por mis calificaciones en el pregrado, me gané una beca para cursar la maestría. De alguna manera puedo decir que tenía mi vida definida en Bogotá. Daba clases en la Universidad Nacional y siempre estaba involucrada en un proyecto nuevo.

Pero me sentía un poco abrumada por el frío, la lluvia y los largos desplazamientos. Fui armando la idea de la mudanza poco a poco hasta que al fin me decidí”.

María Isabel Rueda nació en Cartagena, en 1972. Desde 1999, año en el que recibió el título en Artes Plásticas, ha tenido una carrera intensa que la ha llevado a residencias artísticas en Ecuador, Cuba, Bolivia y Canadá, y a exposiciones colectivas en Argentina, Puerto Rico, Cuba, Brasil, México, Estados Unidos, Londres, Francia, España, Turquía, entre otros. A eso se añade su trabajo como curadora y gestora cultural, en los que ha destacado abriendo espacios como El Bodegón, en Bogotá, en compañía de otros artistas, y más recientemente, La Usurpadora, en Puerto Colombia, junto a su marido, Mario Llanos. De ella dice el crítico Jaime Cerón: “Me parece muy significativa la manera como ha logrado generar alteraciones en la relación entre los escenarios y los personajes que configuran sus imágenes. De ese modo hace notar una oscura empatia entre los sujetos o lugares a que hace referencia y sus propias motivaciones y deseos”. Ya sea que trabaje haciendo fotografías, dibujos, videos o publicaciones, logra hacer ver al espectador que siempre hay algo que no se deja atrapar en las imágenes. Y Alejandro Martín, curador del Museo de La Tertulia, en Cali, afirma: “Para quienes creemos que el arte tiene que ver con el misterio, Rueda nos deja claro que hay muchas cosas que no entendemos. En su trabajo nos deja ver que hay algo enterrado y algo que vuela, que los mares son  lágrimas y qye las tempestades que van por dentro son las mismas tormentas que truenan fuera".

Sin embargo, el director de una reconocida pinacoteca de Barranquilla, y algunos artistas plásticos, críticos y visitantes de museos, no supieron qué responder cuando les pregunté por su obra, o en su defecto confundieron a la artista con la periodista homónima. Néstor Martínez Celis, crítico y maestro de Artes Plásticas en Bellas Artes, cree que ese desconocimiento se debe, principalmente, al acantonamiento de perspectivas del público local. Por otro lado, añade, está el hecho de que el arte contemporáneo no seduce a todo el mundo. Prueba de que, como dice el dicho, nadie es profeta en su propia tierra.

Pero ella tampoco parece interesada en transitar por calles concurridas. Todo lo contrario. Hay en lo que hace cierta atracción por lo no convencional, cierto cuestionamiento a la mojigatería del pensamiento conservador que se patentiza en trabajos como Tropical Pomo, una publicación con imágenes de sexo explícito acompañadas de textos, que sacó adelante en compañía de otros artistas. Quizá es el mismo mensaje que hay detrás de sus fotografías con aguardiente Currambero —el trago por excelencia de los desheredados—, aunque sea su marido, finalmente, el encargado de vaciar las botellas: que la tienen sin cuidado las etiquetas que la cultura oficial va poniéndoles a los sujetos según los productos que consuman.



“Para serte sincera tenía temor de venirme para acá, pues no sabía cómo iba a ser el proceso de adaptación. Pero sí, las cosas se han venido dando. Dicto clases una vez a la semana en La Salle College, en Barranquilla, y dispongo de suficiente tiempo libre para hacer otras cosas. Con La Usurpadora, mi marido y yo tratamos de abrir espacios para autores poco promocionados. Además, tenemos un proyecto de residencias artísticas, en el que recibimos a un artista por un tiempo determinado”.

Uno de sus primeros trabajos en el municipio, entre 2005 y 2009, fue una secuencia de imágenes sobre el muelle y sus alrededores. María Isabel llevaba cuatro años trabajando en eso, durante los viajes exploratorios que realizó al pueblo costero, sin tener muy claro qué iba a salir de allí. Cuando un tramo de la estructura cayó al mar, las imágenes fueron exhibidas en el estreno de la Fundación Puerto Colombia.

"Cómo permitimos que esto pueda pasar?"  Para otros, la caída del muelle era el síntoma de algo mucho más profundo: el fracaso de la modernidad como proyecto.

—¿Tienes un momento del día en particular para ponerte a trabajar?

—Yo solo trabajo cuando tengo ganas. No sigo un plan determinado. Un día normal mío consiste en levantarme temprano para barrer el patio, hacer el desayuno, limpiar un poco y, eso sí, leer mucho. Devoro cuanto catálogo de artista conocido o por conocer llega a mis manos.

—¿Qué es lo que más recuerdas de tu infancia?

—Recuerdo que tuve una infancia muy libre en Cartagena. Andaba descalza por el barrio e iba con mis amigos a jugar a la orilla de la playa. Mi mamá me enseñó muchas cosas antes de entrar al colegio. Todo el tiempo estaba dibujando, diseñando muebles, haciendo cosas. Me gustaba oír casetes de cuentos y fingía saber leer para impresionar a mis familiares. Escogí mi primer colegio porque me gustaban los dibujos de las paredes. Después pasé a un colegio más grande que había en Turbaco, al lado del Jardín Botánico. Sin duda alguna, el contacto con toda esa vegetación marcó mi vida y mi obra”.

En sus fotografías (sobre todos en las de Vampiros en la sábana) predominan personajes oscuros con entornos naturales como telón de fondo*. Pero es en sus dibujos en los que más se aprecia esa presencia de lo primigenio en forma de animales, flores, hojas o árboles. Pienso específicamente en Horror Vacui (2008), Museo de la inocencia (2010) y Mi destino está en tus manos (2012). Todo en un espacio donde alternan el blanco y el negro, sombras que dejan traslucir luchas interiores, expresiones puras de un deseo postergado, condenado a una insatisfacción sempiterna, como el de Tántalo en el Hades. “El concepto de belleza en la obra de Rueda —dice Martínez Celis— no existe. Su estética es la estética de la oscuridad. Transita por un escenario muy particular, tenebroso, poco habitado, que le permite ver el mundo desde otro prisma. Traduce un concepto de sexualidad a través de la animalidad que leva anclas, que tocas hasta tu puerta y orilla los abismos del ser”.

Para otros, esa oscuridad se materializa en un lenguaje críptico que veda, de algún modo, el disfrute de la obra. Francisco Manrique, por ejemplo, habitual visitante de exposiciones y fotógrafo aficionado, dice: “A nivel emocional no me siento conectado con la mayoría de sus dibujos, salvo algunos en que se sale del esquema general que tiene armado, es decir, en esos en los que no hay un animal, flores y una vieja desnuda. Me gusta el trabajo que hace con las hojas de los árboles, aunque en ese caso me interesa más el concepto que la misma ejecución”. El pintor Roberto Rodríguez Hereje declara: “Aunque aparenta hablar de la
vida, María Isabel Rueda habla gráficamente sobre la muerte, sobre el caos y sobre la oscuridad que la atormenta. No obstante, su voz, profundamente poética, no me resulta muy clara. Cuesta entender lo que quiere decir y acaso a eso puede deberse que recurra a tantos textos explicativos”.

Maria Isabel RuedaMaría Isabel tiene tres pájaros tatuados: uno en el muslo y los dos restantes en los brazos. Y no puedo menos que recordar los primeros versos de un poema de Jacques Prévert: “Pintar primero una jaula con la puerta abierta, pintar después algo bonito, algo simple, algo útil para el pájaro”. Menuda y frágil en apariencia, pero con una fuerza interior que se refleja en sus dibujos, María Isabel también es un ave migratoria a la que cuesta imaginar instalada en un mismo sitio por mucho tiempo. Durante su primera época en Bogotá, me cuenta, frecuentaba un bar rockero en el que se hizo seguidora de The Smiths, New Order, Joy Divison, David Bowie, Happy Mondays, Brian Eno. Queriendo estar más cerca de ellos, hizo su primera salida a Europa y se radicó por seis meses en Inglaterra. Su próximo destino fue París. Años más tarde, viajó sola a India y vivió durante dos meses en un ashram en el que se dedicó a la meditación. Sobre esa experiencia está escribiendo un libro: Please, Stop Horn:

“Me marcó bastante el conocimiento de Auroville, la ciudad utópica proyectada por La Madre y por Sri Aurobindo. Visitar ese sitio me llevó a concebir nuevas formas de habitar el mundo, que es lo que guía nuestro proyecto de residencias artísticas. Como dato curioso, en el ashram en el que yo vivía, todos los perros entraban al templo a meditar a las 5:00 a.m”.

Así mismo, María Isabel ha recorrido varias veces Europa y Suramérica. Convivió por espacio de un mes eri la Sierra Nevada de Santa Marta con una comunidad arhuaca, y hace apenas dos meses recorrió Egipto en barco e hizo una parada en cada templo. En 2016 ya tiene asegurada una exposición en Sidney, Australia, donde espera tener contacto con comunidades de aborígenes.

“Si quieres saber más de mí —me dice en algún momento—, mi obra puede decirte más que las anécdotas”. Pero hay algo que no coincide entre lo que me muestra su talante reposado y la turbulencia y opacidad de sus dibujos. Su elemento es la paradoja, la imposibilidad de las cosas, como lo señaló Martínez Celis. De allí lo contradictorio del concepto de Gótico tropical con el que María Isabel bautiza uno de sus proyectos, o la misma concepción de Vampiros en la sabana. Pienso entonces que su esencia se oculta en un ramaje de sombras, y que el cuerpo que sale todos los días al encuentro de la luz es la proyección: la sombra de esa sombra.

Tomado de la Revista Arcadia No. 123, 08 de diciembre de 2015

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