Hugo Zapata

La Tebaida, Quindio

Escultores (Escultor en piedra)

Abstracto, Objetos

Hugo Zapata 

http://www.hugozapata.com/

escultor

 

Critica

de Beatriz Jaramillo Arango

"La escultura de Hugo Zapata sobresale particularmente por sus relaciones formales con la topografía que a su vez se recrea en un material sacado de las entrañas de la tierra. Son connotaciones profundas e innovadoras en la escultura colombiana".

Hugo Zapata trabaja con materiales naturales: roca, piedra, mármol, pizarra; combinados con hierro y vidrio, manipulados y trabajados con maquinaria y tecnología. Por medio de cortes, inserción, agrupación; transforma la piedra y las lajas en forma geométricas revelando texturas, oxidaciones, constitución morfológica, resultantes de la acción del tiempo.

En el contexto del paisaje su obra "Sendero, recorrido sembrado de yarumos", es un circuito continuo alrededor de una gran presa de agua, actúa como señal y elemento demarcador del paisaje.

Otra obra que compromete el paisaje es "pórticos", gigantescos marcos de hierro pintados, "Aquí el objeto de contemplación es la naturaleza misma". Su último proyecto es la "Pirámide de Indias" en la bahía de Cartagena, gigantesca estructura que emerge del fondo del mar.

Los proyectos macro de Zapata vinculados al paisaje y a la geografía, sus piezas urbanas y sus objetos escultóricos tienen su origen en una interacción naturaleza - artista, la carga, la memoria de la tierra y sus materiales son objeto de una sensibilidad racional que ordena valores formales, contenidos y huellas manifiestas del tiempo y los elementos en el mundo circundante. La geometría orgánica de sus piezas sugiere presencias intemporales en las que el azar convive con la voluntad ordenadora. Su obra es una alusión permanente al entorno y los seres que lo habitan y transforman, convivencia, acción, transformación, materialización.

"Pienso que mi trabajo solo es posible por la convivencia permanente con los seres y elementos que conforman mi entorno, cada sonido, cada presencia, cada material que me permite interactuar, comulgar con algo que puede transformarse y materializarse en un ser nuevo, con memoria y energía propias. Las huellas, los signos, los códigos sin descifrar, son tal vez los elementos que más motivan mi actitud indagadora e interrogante, orientada a construir esas cosas aparentemente materiales pero realmente inexistentes como entes precisos y solucionados, son difusos, brumosos, no aprehensibles, sin verdades a pesar de que su peso, su forma y carácter los ubique en la realidad. Considero que esa no verdad que los anima los hace permanentes y vitales".

Fragmentos tomados de Territorio de geometrías en Colombia,
Tiempo de la práctica estética y del Arte.

Beatriz Jaramillo Arango 
Tomado del Folleto: Galería Garcés Velásquez - 1993

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AGORA

ÁGORA, LUGAR DE REUNION, plaza pública en la antigua Grecia. También, y desde siempre, un concepto recurrente en todas las culturas.

Hoy, en la universidad, Ágora es un espacio escultórico propio que comporta este espíritu. Una obra que se origina desde el mismo campus universitario, desde su entorno, conformado por la naturaleza, el hombre y la arquitectura, ordenados en función del conocimiento y la cultura.

En la obra, compuesta por múltiples volúmenes regulares, es manifiesta la noción de lo individual y lo colectivo y, aunque el manejo formal de las sombras, las retículas, las texturas, el color, etc., parece obedecer a un juego arbitrario, aleatorio o del azar, la búsqueda pretende, sin embargo, crear un espacio interior cambiante cuando el espectador lo habita, lo hace suyo y lo comparte, o cuando la luz del sol hace sus juegos sobre las aristas, los volúmenes y las superficies.

Ágora es, pues, un espacio que convoca, una escultura viva, de participación, en la cual, su origen, su relación con el paisaje, sus ritmos y sonidos, su escala y sus ordenamientos únicos, la incorporan definitivamente al campus universitario

figuras líticas
andrés posada saldarriaga

Figuras líticas para cinco percusionistas es una obra basada en la escultura El ágora, del maestro Hugo Zapata, ubicada en la plazoleta central de la Universidad Eafit, en Medellín. E! ágora, la escultura de bloques de mármol del maestra Zapata, tiene sus propias
melodías y ritmos. Melodías y ritmos no en el aspecto metafórico, sino específico: el contorno -o relieve- de las piedras, con sus distintas alturas, forma un dibujo, una línea, que puede convertirse en contornos melódicos y, a su vez, ser representado en valores rítmicos.

El ágora tiene tres grupos de piedras, o tres fachadas: norte, sur y occidental. De las fotografías digitales de estas fachadas extraje tres planos cartesianos para derivar las melodías y los ritmos de la obra: el parámetro vertical de cada uno de estos planos representa las alturas melódicas que, por supuesto, se derivan de las alturas de las piedras. El parámetro horizontal genera las duraciones de esas alturas (el ritmo), correspondientes al ancho de cada bloque de mármol.

Además, dentro del concepto original del maestro Zapata, existen dos diagonales implícitas en el piso que actúan como ejes de ubicación o polos. Estos ejes son representados en la música por notas repetidas y prolongadas en los timbales (pedales), por motivos rítmicos que se repiten (ostinatos), y acordes firmes, de apoyo, en la marimba y el xilófono, que representan la tierra, la base.

Existen, además, elementos volátiles, etéreos, como chispas, como gotas de agua, como lluvia de estrellas (expresados por los instrumentos de percusión más sutiles), que representan todo lo cambiante, lo que se mueve a nuestro alrededor, Ios elementos cíclicos, lo que gira, lo que va y a veces regresa, y que casi siempre pasa inadvertido por nosotros, hombres perdidos en el trajín de la ciudad.

Tomado de la Revista Buen Vivir, No.75, 2001

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formas primigenias 

por stefanía mosca

Cuando Verne soñó el viaje al centro de la Tierra no sólo se propuso
socavar la superficie, sino llegar a su entraña, así fuera inaccesible.
Hugo Zapata nos propone un viaje inverso:
quiere recuperar el centro de la Tierra para nosotros.

Hugo Zapata ve el mundo y lo hace abstracto y elemental. Con premura, despoja lo vivo de todo artificio. Va a la esencia, excava. Allí -quieta, testimonio insomne, testigo letal-, la piedra cubierta, recubierta, forjada por el flujo del agua; su corriente, su mano modeladora y mineral.  Busca el regazo de lo que es. Y se topa con la formación geológica. Recrea los mantos de la Tierra.  Es una memoria que quiere toparse con el polvo originario. La gran forja de lo real.

En su persistente labor, Zapata va desde el juego del niño que escarba la tierra y busca el cielo, el fondo de todo, lo oculto, lo generativo, del niño que aspira lo vivo en su totalidad, hasta el artífice paciente de la perfección: las manos dirigidas a impregnar sutileza en materias pesadas y permanentes. En su tarea, el artista consiguió lo que temíamos: el fuego. El elemento tectónico que funde, acrisola, transforma, transmuta. La brasa inicial. Así ha pasado Hugo Zapata de la superficie a lo profundo, de lo aparente a lo oculto. Ha llegado a la materia de toda materia, el magma. El hogar donde los alquimistas reconocieron al azogue fugitivo.

La escultura es una disciplina de los cuerpos, de las materias. Sus formas son alteraciones visibles, palpables del espacio. Estos argumentos vivos, permanentes, pesados, evidentes, tienen un origen, y como todo origen es una pregunta, una pérdida y una aspiración.

En el fuego primigenio arden las formas de la Tierra, que ahora Hugo Zapata quiere manipular y hacer objeto de arte para nosotros. La combustión, la plena germinación de la piedra, es la experiencia estética que elabora y estoy segura de que nos transportará a la quema de los tiempos o al nacimiento de la nueva memoria para nuestros pueblos.

Hace mucho tiempo -así empieza, creo-, lo sentía respirar bajo mis pies; mi padre, recuerdo, me hablaba de las minas de Amagá, un pueblo pequeño, asentado en un descanso de la cordillera. Debajo de nosotros, mijo, hay mantos de carbón prendidos desde siempre, son sordos, lentos y seguros, nada los puede detener, nadie lo intenta. Arriba hay vacas, árboles, café y gente comulgando:

Volver a lo latente, soñar el punto infinito del principio, el origen. Rocas de fuegos anteriores, la piedra ardiendo, la brasa, el fuego, donde las sustancias se transmutan y surge el súmmum de la sustancia. Estas cavilaciones se tornan imagen, objetos añadidos al mundo, recuperaciones de ese fondo candente donde ruge, inocuo, el animal que somos.

Algo que sale desde adentro, del magma primigenio, algo de la piel y la memoria, algo que no te deja solo, algo vivo que duerme cuando duermes, algo de siempre.

Cuando Verne soñó el viaje centro de la Tierra no sólo se propuso socavar la superficie, sino llegar a su entraña, así fuera inaccesible. Hugo Zapata nos propone un viaje inverso: quiere recuperar el centro de la Tierra para nosotros. Quiere soñar que hemos recuperado, en ese instante de percepción estética, el candor y la furia del fuego primordial, el caldero de todas las vidas de las vidas. El atareado asador del universo.

Estas obras de Hugo Zapata son ofrendas a los dioses, rocas plenas de luz, para que no olviden que eso siempre vive ardiendo, consumiendo y transformando: es el primer fuego de todos los fuegos. Tótems de los orígenes, piedras candentes como una oración para quien busca el principio y el fin.

Tomado de la Revista Buenvivir No.80, 2002

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Hugo Zapata, un artista natural

Es un paisa de pura cepa que ha dedicado su vida al ejercicio del arte. Después de 30 años de ser maestro de universidad se retiró y ahora, en su casa-taller cerca de Medellín, trabaja con el material que toda la vida lo deslumbró: la piedra.  Pero el maestro también tiene tiempo para disfrutar de la vida cultural, de su familia y de sus amigos de siempre.

Hugo Zapata, escultor - fotografía por Olga Lucía JordánHugo Zapata nació en La Tebaida, Quindío, pero desde que tenía un año vive en Medellín. Allí, entre el campo y la ciudad, se formó como persona y, sin darse cuenta, también como artista. Siempre tuvo el talento a flor de piel y era el dibujante del salón pues en las clases de anatomía el profesor siempre lo elegía para pintar las partes del cuerpo en el tablero y, cuando tenía acceso al microscopio, no perdía oportunidad para ilustrar cuanta planta analizaba.

Así terminó matriculado en la facultad de artes plásticas y luego, para calmar un poco la preocupación de su familia, también estudió Arquitectura, por aquello de que un artista no tenía muy definido su futuro económico. Pero como su pasión pudo más que los prejuicios sociales terminó dedicándose al arte y en esas ya lleva cuarenta años, repartidos entre la docencia universitaria y su trabajo personal. Primero hizo lo que sus compañeros de generación: lienzos y carboncillos, y luego eligió grabados y serigrafías.

Y como desde niño sintió atracción por las piedras, también se volvió asiduo visitante del departamento de Geología de la universidad y en sus ratos libres se hizo experto en el estudio de las rocas y su composición. Ya como profesor viajó a la China y pudo ver de cerca cómo los artesanos de ese país trabajaban el mineral de manera manual. "Allí aprendí que aunque la piedra sea muy dura se puede hacer con ella lo que uno quiera, el secreto está en conocerla y en tallarla  en el momento preciso:

La obra del maestro Zapata es cercana a quien la ve y aunque él no hace formas figurativas, sus esculturas sí evocan algo familiar. De hecho, trata a sus piedras como seres humanos y se va a diferentes sitios del país a conseguirlas porque no cualquiera le sirve, él tiene que verlas, tocarlas, sentirlas y hasta olerlas para saber si son aptas para tallar.

Durante su larga trayectoria ha trabajado con diferentes tipos: pizarras, lutitas, fósiles y sedimentarias. Asimismo ha mezclado elementos como el agua y el fuego a sus esculturas, como en su más reciente trabajo, Rituales Primigenios, una serie de obras de media no formato en donde Zapata le agrega fuego a las esculturas ya terminadas. Este ensayo lo tiene pensando día y noche en formas y técnicas novedosas y más ahora que va para Caracas a exponer 16 de sus mejores piezas en la galería del Grupo Li, durante el mes de noviembre.

Zapata es un amante de la buena vida pues, además de su trabajo artístico, también le dedica mucho tiempo a su esposa Diana, con quien ha compartido 25 años. Ella, además de ser su compañera inseparable, es quien maneja su imagen y todo lo relacionado con las exposiciones. Los dos forman un dúo perfecto en el campo personal y laboral.

Y como no todo puede ser trabajo, el maestro además va dos o tres veces por semana a Mede llín. Y todos los jueves, desde hace 10 años, cumple con un ritual sagrado: almorzar con su barra de amigos. Claro que terminan hablando de arte, irremediablemente, porque para los artistas cualquier momento es propicio para conversar de lo que más les gusta.

Tomado de la Revista Jet-Set No.39, octubre del 2001

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Escultura colombiana en Inglaterra

por Juan David Correa Ulloa

Las obras de Luis Fernando Pelaez (Jericó, Antioquia, 1945) y Hugo Zapata (Armenia, Quindío) comparten de alguna manera una preocupación por el espacio urbano. La observación de las ciudades, la transformación de las mismas, como en los casos de Bogotá y Medellín, les ha servido para realizar proyectos que hoy son reconocidos internacionalmente. Parte de dicho reconocimiento tendrá lugar este 15 de marzo (2003) cuando los dos artistas viajen hacia Inglaterra para ingresar a la Real Orden de Escultores Británicos y asistir a una permanencia en la Fundación Metal, un espacio para pensadores y artistas en donde se brinda la posibilidad de intercambiar experiencias y proveer herramientas para el desarrollo de sus obras.

El caso de Hugo Zapata es desde 1975 uno de los más persistentes en la escultura en Colombia. Entre sus más importantes aportes al trabajo urbano se encuentra Longos (1996), una propuesta que surgió de la observación de las montañas que se sumergen en el mar. La idea de las geometrías naturales es básica en sus búsquedas estéticas: en la escultura son volúmenes metálicos que evocan con su perfil la cordillera, juegan con la luz solar y alivian visualmente la congestión vehicular en la avenida El Dorado de Bogotá.

Así mismo, de la observación del río Medellin que ha buscado recuperarse con insistencia, Hugo Zapata realizó en 1999 una obra para el Festival de Arte de Medellín llamada Gavias (la segunda vela del navío), en donde ajustó las dimensiones de la Gavia ubicándolas en el eje central del río para minimizar cualquier efecto secundario en su lecho o taludes. "Estas piezas, concebidas como tetraedros irregulares, se levantan 9 metros a partir del fondo del río; sus caras son blancas, visualmente livianas. Cimentadas a distancias no menores de 60 metros localicé las siete Gavias del proyecto en puntos estratégicos a lo largo de la zona urbana central. El río corre de sur a norte. Cara al norte hay una superficie triangular escalonada por la que desciende un manto, cascada de agua, iluminada tenuemente desde el interior, se hace visible en la noche", ha dicho Zapata.

Sín embargo, desde hace dos años una idea ha rondado a Zapata: la Pirámide flotante en Cartagena, un museo de arte contemporáneo que se erigiría en la bahía de la ciudad. Por este proyecto Hugo fue tenido en cuenta por la Fundación Metal, que dentro de sus consideraciones a las propuestas tiene en cuenta factores socioeconómicos, medioambientales, de identidad y estéticos. Se trata de un espacio en forma de pirámide trunca que emerja de la bahía que cuente con museo, teatro, observatorio y un centro de investigaciones en tecnologías contemporáneas.

Tomado de la Revista Cromos No. 4438, 2 de marzo de 2003

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Zapata: escultor del paisaje

por Elizabeth Reyes Le Paliscot

Como el más agudo observador, Hugo Zapata posee ese ojo avizor para extraer del paisaje que nos rodea, los más fieles testimonios de una memoria que ha estado guardada para nuestros ojos y bajo nuestros pies. Su obra nos habla de un "permanente afán de develar y recrear a partir de la relación del hombre con la naturaleza y el espíritu". Zapata es un buscador de tesoros, poeta romántico del paisaje. En sus creaciones está inscrita una invitación a dialogar con la naturaleza, a descubrir los maravillosos inviernos, los veranos, los óxidos, el tiempo remoto. Son los ecos del origen, la memoria y el paisaje.

Así como sucedió con las primeras escrituras basadas en imágenes de la naturaleza que el hombre apropió y convirtió en símbolos para comunicarse con el mundo, Zapata ve las piedras como su lenguaje, lo conmueven y le permiten expr sar sus temores y sueños.

Pizarras y lutitas, cristales, fuego y agua son trasladados de su lugar natural, elegidos por su carga expresiva, para ser transformados, despejados de sus sobrantes formales. Zapata resalta rasgos inscritos milenariamente y transforma respetando la estructura esencial del elemento que trabaja. Es su huella que se une a otras huellas milenarias. "Ella no se pierde, pero la recreo y se convierte en ese tercer elemento que es la obra".

Sus obras conservan los vestigios del pasado y tienen impresa la marca del presente. Las somete a un proceso de depuración, talla, corte y ensamble a la manera del más sabio constructor. Es un investigador permanente del comportamiento de la piedra. En el Laboratorio de Geología de la Universidad Nacional analizó, durante años, piedras recogidas en sus viajes por todo el país. Aprendió a acariciar las con el agua para volverlas dóciles y fue en China donde hizo los primeros cortes manuales con herramientas fabricadas por los propios artesanos. Con las piedras, que son elementos transformados por la vida misma, descubrió que la naturaleza está llena de sugerencias que ha venido utilizando para su propósito creador. Con este conocimiento, transforma el paisaje rescatado en paisaje contemporáneo, lleno de nuevas texturas, colores, oxidaciones y formas.

Para Zapata, la piedra es como el chelo en la orquesta "Está siempre presente, cálidamente en el fondo. El chelo es lo más cercano a la voz del hombre y para mí la piedra es como ese chelo, un instrumento, el elemento que me conmueve porque tiene memoria, es testigo de la existencia del hombre. A partir de la piedra tengo más libertad para referirme a pasado, presente o futuro. La piedra es el testigo, el testimonio de la naturaleza".

En la serie que expone en la Galería Sextante está presente ese espíritu que por más de 30 años ha identificado su trabajo. El origen, la materia, sus fuerzas y manifestaciones esenciales se evidencian en obras como Mantos, Fósiles, Vestigios y Paisajes encontrados. Estas piezas, que se han ido transformando desde hace millones de años, las saca a la luz y modifica poéticamente, para continuar, con sus manos, el proceso natural de transformación.

Son esculturas hechas para la contemplación y la meditación.

El grupo de piezas llamadas las Flores del mal son un homenaje a Baudelaire, basado en su libro de poemas que lleva el mismo nombre. Son piezas hechas en lutita, roca que el artista encuentra en la Cordillera Oriental, rica en óxidos y generosa al trabajarla. "Son flores provoca doras, hermosas, sensuales y con cierta perversión, que nos recuerdan el regalo del poeta". Toda la obra de Zapata está cargada de poesía, de romanticismo y como en el caso de este homenaje, también de tragedia. Hay otra obra-homenaje a Beatriz González, que Zapata descubrió en el corazón de una lutita. "Encontré una forma que la recordaba, es aleatoria, una vivencia muy alegre, inocente pero también profunda. Muy personal".

Las obras llamadas Lagunas conservan la idea de guardar, proteger, de recipiente. Son como arcas que contienen algo, en este caso el agua sagrada, elemento de vida que tanto veneran nuestras culturas tradicionales. El agua es para él origen, huella, herramienta, metáfora, símbolo, tiempo, superficie, memoria de la piedra. También están Nigrum, Umbra y Estelas que persiguen esa misma actitud indagante que logra rescatar la evolución natural imperceptible ante los ojos.

En esta serie de objetos escultóricos, hay unos que son íntimos, cercanos, hechos para acariciar y también hay otros, de pared, como los Paisajes rescatados, que tienen una mirada más lejana, son geografías, texturas, óxidos. Zapata afirma que aunque uno los está mirando en un espacio interior, son objetos vistos como desde un satélite, de lejos, como sucede en los sueños. La mirada contemporánea de Zapata transforma el estado primigenio de las piedras para convertirlas en arte. Articula el pasado y el presente con la geografía, lo orgánico con lo racional, la tecnología con la magia del accidente o la poesía. Su obra, siendo tan de nuestro paisaje y nuestra geografía, se inscribe indiscutiblemente en el marco de lo universal. "Siempre he pensado que del arraigo, de lo regional, surgen creaciones universa les, como sucede con Carrasquilla o muchos otros poetas. El territorio propio lo construye uno. Siempre hay una referencia a esa geograa particular". El resultado son ecos contenidos, como los que están en la Galería, que hablan de esa enorme pasión del artista y su entendimiento por el valor universal y estético de la geograa, del paisaje.

Tomado del Suplemento Dominical del periódico El Tiempo, 7 de marzo de 2004

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Las huellas de la piedra

Ni la tierra ni el agua ni el fuego ni el aire superan al más antiguo elemento: la piedra, usada desde la prehistoria como la base para la elaboración del arte rupestre. Ahora vuelve a ser utilizada con fines estéticos en la obra del colombiano Hugo Zapata, creador de la muestra Cantos de la Tierra, compuesta por 16 esculturas trabajadas en vidrio o cristal.

Zapata nació en La Tebaida (Quindío) en 1945 y considera que la arquitectura es la disciplina más cercana al arte. Hace siete años comenzó su búsqueda artística y encontró en la piedra el elemento perfecto para representar el sentido ritual de las rocas. "Desde hace cinco mil años, en la piedra está escrito el comportamiento del hombre. He creído que ciertas formaciones naturales, afines a mi sensibilidad y a cierto instinto, responden a una búsqueda formal y espiritual", explica el escultor. Cada pieza de la instalación -Testigos, Pensadores, Ecos Cardinales o Cuna- proyecta la obra de manera atemporal.

Tomado del periódico El Tiempo, 27 de julio de 2007

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Un artista que habla con las piedras

por Eddy Natalia Rojas Rolón

Calmado, seguro de si mismo, decidido, sociable y con muy buen humor, así es el reconocido escultor de La Tebaida (Quindío) Hugo Zapata, a quien Davivienda le dedica la más reciente edición de su tradicional libro de arte, que será presentado este miércoles 9 de diciembre en el Museo Nacional en Bogotá

A sus 65 años ha hecho y deshecho en el campo de las artes plásticas, tanto en la docencia, cuando coordinó el programa de Artes Plásticas de la Universidad Nacional, en Medellín, como con sus esculturas no figurativas en piedra. Aun así, el libro para él es, en sus palabras "una alegría la macha".

Zapata es visto como parte de una generación de artistas paisas de la que hacen parte otros creadores, como su amigo Luis Fernando Peláez, por ejemplo.

Sus trabajos son apetecidos por coleccionistas privados y pueden verse en el espacio públicos, como el Agora de la Universidad Eafit, en Medellín, un conjunto de piedras donde los estudiantes se reúnen a charlas o a leer.

También son famosos los Pórticos del aeropuerto José María Córdova en Rionegro, y los Longos en la Avenida Eldorado, en Bogotá. Además participa en exposiciones en varios países de Suramérica, Centroamérica y Europa.

Ahora, a su hoja de vida se suma este homenaje nacional, que han recibido también artistas de la talla de Enrique Grau, Ornar Rayo, David Manzur, Ana Mercedes Hoyos, Edgar Negret, Luis Caballero y Armando Villegas.

Su amiga, la piedra

Hugo Zapata, con formación en Artes Plásticas de la Universidad de Antioquia y de Arquitectura de la Universidad Nacional ha encontrado en la piedra un material que, con los años, se ha convertido en su amiga y su confidente.

Hace años, en Bahía Solano (Chocó) fue seducido por una piedra que le tenía un amigo suyo. "Huguito, te tengo un santito", recuerda que le dijo antes de entregársela. Esa se convirtió en su primera escultura. Descubrió entonces que era este material era el que le permitía expresar sus emociones y sus pensamientos.

"La piedra ha estado desde siempre y me permite unir el ayer y el mañana en el presente. Es un material que viene de antes, en el que logro proyectar mis sueños en algo que va a estar en el futuro", dice.

Por eso, cientos de rocas de lutita de todos los tamaños esperan en su casa taller en El Retiro (Antioquia) el llamado que las transformará en pilas, flores, pensadores, cordilleras y pórticos.

Zapata cuenta que la mayoría de las piedras llegan sin que él las busque, simplemente le hablan: "Es difícil verba-lizar esto, pero unas me muestran tranquilidad, otras fuerza y otras elegancia. Cada una me dice cómo trabajarla".

Algunas han estado por años en su taller, "hasta que les digo Hoy te tocó querida". Eso sí, enfatiza que es terco, pues no hace lo que otros quieren, sino que sólo hace lo que él y su roca quieren.

Para trabajar no tiene horarios. En su taller, acompañado por cuatro ayudantes, Zapata aborda simultáneamente entre 10 y 15 piezas, porque después de cada corte que les hace, espera para ver qué trazos le van mostrando, qué forma les debe dar y qué otros elementos le puede mezclar.

El agua es recurrente en su obra, sea porque la pieza haya modificada por cuenta de ésta o porque la creación semeje contenedores o fuentes. El color está presente en materiales como el óxido de hierro, láminas de cobre, resinas, vidrio e incluso en la paprika (condimento).

Ahora, Zapata trabaja en tres proyectos. Uno, en el Banco de la República, en Bogotá, donde instalará 365 columnas en roca, que junto a espejos de agua reflejarán el paso del sol.

En el municipio de Bello, en el norte del Área Metropolitana de Medellín, construirá Puerta Norte, una estructura en láminas de concreto de 30 metros de alto que permitirá el paso del sol y hará las veces de parque lineal. Y en Aracataca (Magdalena), trabaja en un proyecto con árboles, agua en movimiento y figuras que podrán ser utilizadas como mobiliario. 

El libro, todo un reconocimiento

"Esto no le pasa a uno sino una vez en la vida", dice Hugo Zapata cuando se le pregunta por el libro que lleva su nombre, producido por el Banco Davivienda y editado por Villegas Editores. Muestra el recorrido desde sus primeras obras hasta sus proyectos actuales. Juan Luis Mejía, ex Ministro de Cultura y actual rector de la Universidad Eafit narra en la introducción parte de la juventud de Zapata, desde cuando optó por las artes plásticas, hasta el descubrimiento de la piedra como material predilecto. Las fotos fueron seleccionadas por el artista y el editor Benjamín Villegas. Están acompañadas por anotaciones de William Ospina, Marta Traba, Patricia Gómez, Jorge Alberto Naranjo y el mismo Zapata, entre otros. "Lo hicimos con mucho cuidado. Fue un trabajo supervisado y hasta la última paginita la quisimos y la luchamos. No se dejó nada al azar, lo hicimos con ganas", afirma Zapata. 

Tomado del periódico El Tiempo, 6 de diciembre de 2009

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Hablando con el material

A través de un santo de piedra de menos de 20 centímetros tallado por las olas que le regaló Adrián, su amigo brujo en Bahía Solano, hacia 1984, Hugo Zapata (La Tebaida, Quindío, 1945) empezó a escuchar el llamado del material trabajado por la naturaleza. Desde entonces, su obra de serigrafías, fotografías intervenidas y carboncillos pasó del plano bidimensional al volumen de la escultura. En su taller de El Retiro, Antioquia, Hugo deja que la realidad del material le hable; que cada piedra le muestre sus texturas, colores y vetas..., que le diga cómo quiere ser tratada.

"Estudié primero artes plásticas y después arquitectura, que es donde están los fundamentos creativos..., indudablemente la arquitectura es la gran magia", dice el artista quien ha establecido con el material una relación literalmente metafísica. Mientras que, para la mayoría, las piedras son objetos sólidos, fríos e inertes, Hugo ve en ellas todo un mundo contenido en su masa y en su forma: "En las rocas manejo el espacio, el vacío, la oquedad, el volumen, los ritmos... Los mismos elementos que aparecen en la arquitectura aparecen en la escultura de manera orgánica o racional". En cuanto a sus realizaciones de arte en espacios públicos dice: "Siempre estoy comprometido con el sitio; los pórticos (aeropuerto José María Córdoba en Rionegro, 1986) son dibujos contra el cielo que enmarcan el paisaje cambiante y resaltan lo natural". Al explicar el origen de Longos (1996), un conjunto de volúmenes de acero oxidado que surge de la tierra en el separador de la avenida Eldorado de Bogotá comenta: "Cuando recorría el aeropuerto pensé Hay que buscar momentos de silencio, y recordé los longos de la costa pacífica colombiana en Bahía Solano: ramales de la sierra que entran en el mar como colas de lagartos y lo van abrazando a uno en silencio cuando regresa de pescar".

En la mente de escultor y arquitecto de Hugo Zapata hay una obra que busca la oportunidad de salir: una estructura inspirada en el árbol, de grandes planos superpuestos entre los que circule el aire proyectando una gran superficie de sombra: un gran cobijo abierto.

Tomado de la Revista Axxis No. 201, 2010

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Una escultura en sintonía con el Sol

Se llama Poniente y gira a medida que el astro se va ocultando por la tarde.

Sol bogotano de cinco de la tarde, Sol que empieza su camino hacia el occidente, Sol que es el alma de una escultura que por estos días despierta la curiosidad de miles de bogotanos que pasan por la avenida 68 con calle 26.

Foto: Claudia Rubio - Poniente, escultura de Hugo ZapataLa obra, bautizada por el artista plástico y arquitecto Hugo Zapata con el seductor nombre de Poniente, está ubicada justo al frente de la Central de Efectivo del Banco de la República. Es un conjunto de 365 columnas hechas de un material llamado basalto y que simbolizan, según el autor, los 365 días del año.

Una de las novedades de esta instalación en el espacio público de la ciudad y donada por el Banco de la República, es que cada 15 minutos la escultura se verá cubierta por una gruesa capa de vapor, que saldrá de cada una de las columnas.

"La idea del proyecto es traer naturaleza a la ciudad. Será, sin dudas, un punto de referencia urbana, que estimule el encuentro de los ciudadanos", explicó Zapata, un quindiano, de 66 años.

La escultura tiene una relación estrecha con el atardecer; por ello su nombre: Poniente. Entre las cinco y las seis de la tarde, el sol ilumina de frente cada una de las 365 columnas que la conforman, diseñadas con dirección al suroccidente de Bogotá. El maestro Zapata se encerró con dos colaboradores durante un año para darle vida a la pieza. Para su elaboración se emplearon materiales traídos de Venecia (Antioquia) y para instalarla fueron necesarias cinco personas.

Después, vino la parte técnica, que le dio vida a los nubarrones de vapor, efecto que se consiguió gracias a un nebulizador que calienta el agua y la convierte en una especie de humo.

"La obra hace parte de una larga tradición del Banco de la República de ofrecer obras en el espacio público aseguró Ángela Pérez, subgerente cultural del Banco de la República.

El lugar donde fue construida la pieza pasó de ser un andén cualquiera a sitio de encuentro con ocho bancas y dos canecas. Para ser testigo de la comunión entre cielo y tierra, solo hay que pasarse por Poniente.

El artista que puso a jugar al mono

Hugo Zapata, autor de Poniente, quiere rescatar la relación que tienen los elementos de la naturaleza con la ciudad. Por ello, planeó una obra que jugara con el Sol. El artista tiene otra escultura en Bogotá que bautizó con el nombre de longos y que puede ser vista en la calle 26 con carrera 50.  Zapata estudió artes plásticas en la Universidad de Antioquia y arquitectura en la Universidad Nacional sede Bogotá. Se ganó la versión número 32 del Salón Nacional de Artistas de Cartagena y una beca del Ministerio de Cultura. En el Aeropuerto Enrique Olaya Herrera de Medellín tiene un trabajo denominado Pórticos. El  16 de marzo de 2011 el artista expone en la Galería Caroline Freymann de París [Francia].

Tomado del periódico El Tiempo, 3 de marzo de 2011

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Foto: Mauricio Velez"... Piedra que asciende, piedra que acaricia, piedra que piensa, piedra de la agilidad, de la levedad, y de la iluminación, la obra también nos asoma a un mundo donde lo humano parece ausente, pero no porque se haya ido, porque haya desaparecido, sino porque nos crea la ilusión de que no ha llegado todavía. Su intemporalidad, así como fácilmente nos remite al futuro... también nos hace soñarcon una aurora posible donde ya existe el orden de los elementos donde ya la piedra sabe sugerir formas y simbolizar mundos, donde ya el agua sabe pulir y corroer, reflejar abismos y estrellas, pero todavía no ha ingresado en el mundo el más curioso de los seres, el que está cargado de intencionalidad, el que todo lo modifica y lo subordina a una idea". 

William Ospina

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  “… la piedra está en el centro de su obra, y lo estaba ya cuando apenas era un juego de pliegues y texturas en su obra gráfica temprana.

…El artista pertenece contra su voluntad a esa especie que altera y deforma, pero casi consigue hacernos olvidar que él estuvo allí. La lisura de sus Geografías, de sus Espejos Estelares, de sus Ríos, pacientemente pulidos, produce la ilusión de que nadie las ha tocado jamás. Que la lutita es tersa desde siempre por su propia inspiración de piedra, que el ojo de agua se abrió en el bloque oscuro como un milagro, que esa piedra suave que invita a la caricia y que se regodea en su inquietante sensualidad no es fruto del trabajo ni del pensamiento. Y así el artista intenta y casi logra su propia desaparición, que es lo más difícil del arte.

…Zapata parece intentar que celebremos la piedra, no al tallador; que veamos en las capas de piedra, que se abren en una zanja tortuosa un mapa impersonal, un árido cauce antiquísimo, como si la obra fuera un millón de años anterior al artista, y éste sólo la hubiera apartado como a una niña de basalto; la hubiera iluminado como a un estanque en la noche; como si la suya fuera solamente la labor de un vigía, el índice de un pensamiento que señala esplendores en la selva del mundo, y que se aparta para que digamos: “qué extraños dioses conversan en estos jardines!” ”

Del libro Zapata por William Ospina, Ediciones Taller ArteDos Gráfico, Colección Sextante , 2012 

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Zapata por William Ospina

Colección Sextante, Ediciones Arte Dos Gráfico

Hemos vivido un largo romance con la piedra. Parecería difícil encontrar en el mundo un material más expresivo. Hacha y cuchillo, columna y libro, morada del silencio final y escala de los ángeles, la piedra parece concebida para ser una letra central de nuestro nombre, símbolo de nuestras posibilidades y extraño objeto de nuestros desvelos.

Todo en la historia alude a ella: el altar primitivo con sus hijos de púrpura, el escollo del camino, el soporte del templo, y hasta ese lecho final al que la canción popular nombra casi con ira diciendo: “ de piedra ha de ser la cama/ de piedra la cabecera”. Piedra las tablas de la ley y piedra el lenguaje de los lapidadores; piedra la metáfora de la locura y piedra la metáfora de la transubstanciación, cómo si sólo fuera verdadero lo que la nombra, cómo si sólo fuera irrefutable lo que la invoca. Cristo dijo que las piedras gritarían, Mahomet puso a sus pastores a venerar una piedra venida del cielo, desde la piedra mira Buda en las cuatro direcciones haciendo con sus manos los cuatro gestos simbólicos de la meditación, de la iluminación, de la predicación y del Nirvana. “Yo, que soy montañez, sé lo que vale/ la amistad de la piedra para el alma”, escribió Leopoldo Lugones. Al final de su obra, Rimbaud nos dejó aquella confesión: “si j´ai du gout, ce n´est guere/ que pour la terre et les pierres”.

Hablando de la tumba, Borges dijo: “Sólo esa piedra quiero…” Y Rubén Darío resumió su filosofía diciendo: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo/ y más la piedra dura porque esa ya no siente”. Todo esto sólo para afirmar que la piedra no es un objeto más, sino acaso el más privilegiado y simbólico de los elementos del mundo, pues ni el agua ni el aire ni la tierra ni el fuego han merecido ser utilizados así por el arte; la piedra concentra para nuestro sueño las virtudes y los ministerios de lo material; y las artes humanas, escultura, arquitectura, pintura, poesía, son un frecuente asedio a sus enigmas.

No pretendo que la obra de Hugo Zapata se limita a ese asedio, porque muchos otros materiales despiertan su juego creador: pero la piedra está en el centro de su obra, y lo estaba ya cuando apenas era un juego de pliegues y texturas en su obra gráfica temprana. A mi me sorprende encontrar en los mantos de piedra que Zapata extrae y secciona para armar sus obras todas esas misteriosas texturas, tensiones y acumulaciones que había en sus Ritos y Rituales, en sus Estelas, en las serigrafías de sus primeros tiempos. Y tal vez sólo en algunos de sus grandes proyectos espaciales renuncia a la piedra como primer inspirador y proveedor de sentido. De resto, es la piedra su vocación y su destino, y a ello se debe sin duda la singular sensación de intemporalidad que su obra nos brinda. Su voluntaria evasión de los laberintos de la historia para ser. Como las montañas, los ríos o las estrellas, contemporánea de todas las edades. Sería vano buscar un mensaje de actualidad o la alusión a un drama histórico en estas creaciones. Zapata es un acariciador de la piedra, un enamorado de su maciza realidad. Y la suya es menos una labor racional que sensorial, un ejercicio del tacto, de la mirada de la imaginación. “Una cosa es infinitas cosas” dijo el poeta, y las piedras de Zapata son soles y lunas y planetas sin nombre, son estanques y flores, son estratos de la orografía y altas antorchas para iluminar otros confines del mundo. Sus piedras quieren ser arpas del viento, metrópolis fantásticas, lechos de ríos que se fueron hace millones de años y a veces parecen hechas (para usar el verso poderoso de un poeta nuestro) con “las cenizas de mundos ya juzgados”. Estar en su presencia casi nos hace sentirnos absueltos de nuestra propia temporalidad.

Olvidamos a César y a Napoleón, al Führer y a los dictadores tropicales, olvidamos las guerras de religión, las monstruosas cruzadas, el angustioso llanto de los niños escondidos en los arrozales y las desdichas lucrativas de los noticieros, y miramos un mundo anterior y posterior a nuestras conflagraciones y deflagraciones. Y es importante decir “anterior” porque hay obras, como los estremecedores archivos cósmicos de Anselm Kiefer, que parecen aludir solamente al futuro, cuando ya no haya vida sino apenas memoria melancólica de la vida que fue; no ciudades sino puertas sin nadie que se abren a los reinos de Nuncamás; no lectores, sino infinitos libros de metal herrumbrado donde ya ni siquiera leen los ángeles. Piedra que asciende, piedra que acaricia, piedra que piensa, piedra de la agilidad, de la levedad y de la iluminación, la obra de Zapata también asoma a un mundo donde lo humano parece ausente, pero no porque se haya ido, porque haya  desaparecido, sino porque nos crea la ilusión de que no ha llegado todavía. Su intemporalidad, así como fácilmente nos remite al futuro, a las “máquinas para rezar” de los Heeches en la saga de Frederick Pohl; a los monolitos fantásticos de la Ciencia Ficción; a las ciudades ajedrezadas de Bradbury y a sus objetos mágicos perdidos en la arena, también nos hace soñar con una aurora posible donde ya existe el orden de los elementos, donde ya la piedra sabe sugerir formas y simbolizar mundos, donde ya el agua sabe pulir y corroer, reflejar abismos y estrellas, pero todavía no ha ingresado en el mundo el más curioso de los seres, el que está cargado de intencionalidad, el que todo lo modifica y lo subordina a una  idea.

El artista pertenece contra su voluntad a esa especie que altera y deforma, pero casi consigue hacernos olvidar que él estuvo allí. La lisura de sus Mandalas, de sus Amantes, de sus Ojos de agua, pacientemente pulidos, produce la ilusión de que nadie las ha tocado jamás.

Que la lutita es tersa desde siempre por su propia inspiración de piedra, que el ojo de agua se abrió en el bloque oscuro como un milagro, que esa piedra suave que invita a la caricia y que se regodea en su inquietante sensualidad no es fruto del trabajo ni del pensamiento. Y así el artista intenta y casi logra su propia desaparición, que es lo más difícil del arte. Por lo general se necesitan siglos para que Homero ya no exista, y sin embargo la vasta sombra ciega sigue perfilándose sobre el horizonte de las naves y de los combatientes . Como esos autores de unas sagas de fervor y de piedra que no legaron a nadie el nombre ni el perfil de su artífice, Zapata parece intentar que celebremos la piedra, no al tallador; que veamos en las capas de piedra, que se abren en una zanja tortuosa un mapa impersonal, un árido cauce antiquísimo, como si la obra fuera un millón de años anterior al artista, y éste sólo la hubiera apartado como a una niña de basalto; la hubiera iluminado como a un estanque en la noche; como si la suya fuera solamente la labor de un vigía, el índice de un pensamiento que señala esplendores en la selva del mundo, y que se aparta para que digamos: “qué extraños dioses conversan en estos jardines!”

Recuerdo un día que visitamos su taller, una suerte de jardín oriental, en El Retiro, sembrado de piedras que esperan con paciencia de piedra el momento de redimirse de su condición de objetos indiferenciados, y acceder a la vida del arte. Entre la masa, notable pero informe, de las piedras de Dios, se erguían las piedras de Zapata, concentradas, rituales, incorporadas ya a su ceremonia sin tiempo. Y entonces él nos reveló que en los primeros días de vivir en aquel paraje, aunque se iba a dormir cada noche dejando en orden sus materiales y sus instrumentos, todo amanecía disperso y confundido. Finalmente un día encontró la correa de la máquina de sajar la piedra separada del cuerpo de la máquina aunque para hacer eso habría sido indispensable desarmar completamente el equipo. Y creo que fueron los campesinos de la región quienes le explicaron que era necesario hablar con los elementales, que eran sin duda los que estaban provocando aquel desorden. Así que el artista durante varios días conversó con las plantas del bosque, con las aguas del arroyo, con el viento y por supuesto con las diseminadas piedras del taller, y estableció la alianza.

Pero yo diría que todo trabajo de Hugo Zapata es un diálogo con los elementales. Las piedras que vuelve preciosas con su tacto, con las que arma lunas y espejos, lagos y cordilleras, postes rituales y flores con el cáliz lleno de ocre o rojo polen, son fruto de un diálogo en el que el artista, antes de imponer nada, escucha la voz inconfundible de los elementos.

Y la intemporalidad de las obras, y la aparente, no ausencia… pero sí impresencia de su artífice, se deben tal vez que no es él quien tercamente ordena qué objeto ha de salir de la piedra y de los elementos, sino que son ellos los que le susurran qué formas poderosas contienen, en qué aspiran a convertirse por su mediación. Frente a tantos seres que siempre le imponen su voluntad a las cosas, que caminan en mandato y en monólogo, Zapata es de los que saben dialogar con la piedra, y no sólo la escucha sino que comprende su idioma Una larga legión de escultores admirados y admirables buscó siempre a los humanos que estaban escondidos en la piedra, y los sacó a la luz. Hugo Zapata busca la piedra que hay en la piedra, el infinito de plegaria y de sueño que duerme en sus repliegues

Texto gentilmente suministrado por la Galería Sextante, 2012 

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En la Galería Sextante

El gran testigo de la Tierra

Con sus grandes esculturas hechas en piedra, el colombiano Hugo Zapata ha sido invitado a exponer en el Museo Nacional de Antropología de México.

por Paula Santana

"Roca del sueño y de la noche. Roca que asilas la memoria de la tierra Roca que guardas el sol y los inviernos, hay en ti sonidos de pájaros y cielos. Huellas del viento y el trajinar del agua. Roca que sabes del tiempo, de los amonites y los cuerpos de antiguos dinosaurios. Roca que vives desde siempre y cantas cuando ruedas por los ríos de Dios". Con su voz añeja, el escultor colombiano Hugo Zapata recuerda uno de sus poemas en el que hace homenaje a la roca como el gran testigo que en sus entrañas esconde los secretos de la historia de la Tierra.

Para sus esculturas de mediano y gran formato, Zapata utiliza rocas extraídas de la cordillera oriental de Colombia, piedras de canto rodado, piedras que bajaron con los glaciares y que rodaron durante años acompañando las civilizaciones y el devenir de la naturaleza.

Las piedras "transcriben vivencias de la materia en la inmensidad del tiempo geológico, eventos extraordinarios, instantes grabados en las rocas desde siempre, instantes que la ciencia y la razón no han logrado descifrar. Hay en ellas ritmos, danzas, geometrías, claves, alfabetos posibles a los cuales podemos acceder solamente por la magia del arte y la imaginación", dice el escultor quindiano, nacido en La Tebaida en 1945.

Su obsesión por estos guardianes de la memoria empezó en sus años universitarios, cuando pasaba horas encerrado en el laboratorio de geología, cortando piedras y estudiando con disciplina sus interminables juegos de pliegues y texturas. Este arquitecto graduado de la Universidad Nacional de Medellin, amante del arte, la botánica y la ecología, hizo de la piedra su vocación y su destino.

Para el poeta y ensayista William Ospina "la piedra no es un objeto más, sino acaso el más privilegiado y simbólico de los elementos del mundo, pues ni el agua ni el aire ni la tierra ni el fuego han merecido ser utilizados así por el arte; la piedra concentra para nuestro sueño las virtudes y los misterios de lo material, y las artes humanas, escultura, arquitectura, pintura, poesía, son un frecuente asedio a sus enigmas".

Las esculturas de Zapata "son un ejercicio del tacto, de la mirada y de la imaginación". Su taller, ubicado en El Retiro, un municipio en el oriente de Antioquia, está rodeado de vegetación nativa, de pájaros de todos los colores, de pequeños mamíferos y, por supuesto, de piedras. Cientos de ellas esperan pacientes, algunas ya ocultas entre la maleza, a que su escultor las elija.

"Me aprovecho de su energía, de ciertas directrices, de ciertos ejes, de ciertas cosas que me regalan. Trabajo y comulgo con ellas y las esculturas se parecen a lo que ellas ya insinuaban", comenta. Como si ellas le susurraran qué formas poderosas contienen y en qué aspiran convertirse. Zapata las transforma y las interviene.

En Geografías, muestra que estará hasta finales de este mes en la Galería Sextante antes de ser exhibida en el Museo Nacional de Antropología de México, el escultor trasciende su curiosidad por escudriñar el interior de pequeñas piedras para abrir paso "a una mirada más abierta a la geografía y la opción de recrear el paisaje, las cordilleras, los ríos y lagunas, la memoria telúrica que guardan en su serena quietud y la fuerza que aflora incontenible cuando cambian", como asegura el artista.

El agua también juega un papel primordial en su obra. Cuenta que un día cualquiera, caminando junto al río Patascoy, puso su atención en unas rocas con cavidades que parecían ojos de agua Espejos de abismos. Cielos al revés. "Los indígenas del Perú hácían observatorios estelares con rocas de granito y estos grandes ojos de agua reflejábanlas estrellas. Cuando una estre - lia importante pasaba por el cielo y tenía cierta geometría, se reflejaba en el ojo de agua produciendo una rutilancia, un destello a su alrededor", afirma, recordando la sabiduría y la agudeza de las culturas precolombinas.»

Tomado del periódico El Espectador, 13 de julio de 2012

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‘La naturaleza y las rocas son mi alfabeto’

El artista quindiano Hugo Zapata presenta ‘Geografías’, una muestra que llevará a! Museo Nacional de Antropología de México.

por Melissa Serrato Ramírez

El mapa de ruta que guía la creación de las obras de Hugo Zapata es la convicción de que "todo lo que nos da la naturaleza es lo que conforma nuestros lenguajes". Así, por ejemplo, la música, en su sentido más elemental, sería el resultado de los sonidos del agua y de los pájaros, y las artes plásticas, el fruto de la exaltación de la tierra.

Esa certeza es la que le ha permitido a este artista quindiano encontrar la fecundidad en medio de la aparente frialdad y aridez de la piedra, que, para él, no es solo su materia prima; también, el testimonio del origen del hombre y del lugar que habitamos.

La exposición ‘Geografías que presenta por estos días, es una muestra de esa particular forma de comprender y relacionarse con el entorno para sacar de él su lenguaje artístico. AUí, sus obras de grandísimo formato se imponen y devoran los espacios de las salas. Sin embargo, su tamaño no impide que los ojos recorran milímetro a milímetro cada detalle, pues el modo como Zapata las trabaja permite apreciar vestigios originales de formaciones, texturas y colores de la naturaleza que él convierte en arte.

"La naturaleza y las rocas son mi alfabeto - sentencia Zapata - por eso, dejo que la obra vaya saliendo de acuerdo con lo que ellas me sugieren y así, yo hablo con los demás por medio de ellas". Es que para él, realmente, las piedras que traslada desde Cundinamarca hasta su estudio en Medellín están vivas, y lo sostiene con tal seguridad que dice que ellas reciben todo lo que pasa a su alrededor.

Es más: "En muchas ocasiones siento que sus colores, sus formas, sus altos, bajos y relieves responden a la historia que guardan", dice. Incluso, a veces el artista conserva piedras por años, sin saber bien qué va a hacer con ellas, hasta , que un día entiende su energía, y solo entonces empieza a trabajarlas. "Hace un tiempo, tuve una ahí quietica a la que no encontraba por dónde cogerla, hasta que, por fin, le dije: ‘Hoy te tocó, querida’ ".

Entre relieves

Las obras de esta exhibición también harán parte de una gran exposición retrospectiva que Zapata llevará a cabo en marzo del próximo año, en el Museo Nacional de Antropología de México. Se trata de una invitación que recibió, según él, porque su trabajo en piedra "habla también de la memoria, la escritura indeleble, las construcciones que permanecen a través del tiempo y los legados, no solo del hombre, sino también esos que quedan grabados en la naturaleza misma".

Ese también es el motivo por el que las obras que componen ‘Geografías’ muestran el modo como el hombre percibe y se apropia de sus paisajes. Por ejemplo, la obra Ciudad muestra la urbe con el espíritu de un animal, que al expandirse va invadiendo el espacio que le pertenece por derecho a la naturaleza.

Algo similar ocurre con las piezas Espejos estelares, a las que Zapata les incorpora ojos de agua, pues considera que "son una manifestación poética y estética de ese rito de los habitantes del antiguo Perú, en el que, a través de grandes ‘rocas huecas de granito a las que llenaban de agua, observaban el reflejo de la bóveda celeste para cultivar, para anticipar sequías y para comprender el curso de la vida... Del mismo modo que nosotros podríamos aprender del curso de la nuestra por medio de estos alfabetos, de estos lenguajes".

Tomado del periódico El Tiempo, 11 de junio de 2012 

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Diferente, alejado de toda lo tradición escultórica que le antecede, el colombiano Hugo Zapata (La Tebaida, 1945) -que en una etapa inicial hizo serigrafías y trabajó en metal- es un artista en franco romance con la piedra, ese material que representa los "rastros del trajinar de la materia en la eternidad del tiempo geológico", como bellamente lo ha expresado él mismo. En el sentir de Zapata, la piedra encierra, desde siempre, obras, signos y mensajes que él como artista debe desentrañar.

Para hacerlo, sale a su búsqueda -o tal vez a su encuentro. Remotos parajes y canteras de la Antioquia donde vive son testigos de su alucinado deambular y del ansia de coleccionista con que las acopia y las posee. Luego, a través de un delicado diálogo, en el que prima un enorme respeto, las descifra y las potencia. En este proceso se conservan inalteradas las rugosidades y texturas, los vetas y colores que conforman la identidad real del material, porque a Zapata le interesa la piedra por lo que la piedra es en sí, por lo que le ofrece y le entrega.

Así han ido surgiendo de su taller los Amantes, los Testigos, los Pensadores, los Flores, las Mandalas, los Vestigios, los Cenotafios y muchas otras manifestaciones incomparables de su inspiración, unas veces en solo piedra, otras acompañadas de materias como vidrio, pigmentos, resinas o agua.

Este libro, que recoge una extensa muestra de la singular obra de Hugo Zapata, parece darle razón a William Ospina cuando afirma que "la piedra no es un objeto más, sino acaso el más privilegiado y simbólico de los elementos del mundo, pues ni el agua ni el aire ni la tierra ni el fuego han merecido ser utilizados así por el arte".

Villegas Editores.com , 2012