Alberto Soto Jimenez

Ibague, Tolima

Pintores

Bodegón, Figura Humana, Figura, Paisaje

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ALBERTO SOTO JIMÉNEZ

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CRITICA

de Mario Rivero

E1 público se ha preguntado muchas veces, frente a una obra abstracta, pues hay que admitir que este ha sido siempre un territorio inédito para muchos espectadores, cómo es posible distinguir lo verdadero de lo falso, o lo que equivale a decir lo bueno de lo malo. Sin embargo, ya frente a una obra naturalista, es decir frente a la visión de unas manzanas, unas casas, tinos arboles, o una figura humana precisos, se supone que se le allanan los problemas, y cree tener una apreciación segura, infalible simplemente recordando y comparando con el modelo real.

Está claro que la apreciación del arte abstracto es difícil, problemática, en la medida en que puede servir de coartada a los representantes de truquismo de tantos lienzos modernos, quienes, gracias al desconocimiento del gran público, creen poder moverse en un campo desbrozado, sin riesgos, que les permite insistir en tina pintura de fórmula, limitada a alcanzar efectos decorativos fáciles, o al empleo de simples recursos efectistas. Pero es tal vez más bien, el arte llamado naturalista,- la pintura que se traduce en objetos, cosas, o figuras precisas, inconocibles, la que más necesita ser, desenmascarada, desmitificando las cualidades pretendidamente naturalísticas, que nos dispensan, tantas veces, de atender a un dibujo duro, por ejemplo, a los colores sucios o insoportables, a la trivialidad de la técnica. A la impotencia, en fin, a esa indigencia imperturbable, que impide dar a las cosas inmediatas el menor aliento, y que conduce a la inexistencia artística; a la copia anodina; e insulsa.

Aunque al realismo plástico siempre se le ha considerado como una simple manera de copiar la realidad, en el arte no basta nunca la obra concebida como una declaración de buen oficio, (libre de espíritu) e incapaz de llevarnos más allá de la existencia mimética de un objeto. En términos semiológicos, esto apenas representa la actividad de un lenguaje parásito, inmóvil, especie de grado cero del acto pictórico destinado a representar lo real. Porque hay que recordar que un cuadro es siempre espectáculo, (para el hombre que anda por la ciudad sin más horizonte), y que el espectador ha delegado en el pintor la tarea de someter a sus objetos a fuerzas intensas, verídicas, capaces de llevarnos más allá de lo obvio. Las cosas deben pues necesariamente, alcanzar- una cierta intensidad inusitada, para que merezcan ser vistas, no digo yo para sobrevivir y permanecer. Tener un contenido de los caracteres de una particularidad, así sean solamente objetos extraídos de un decorado diario. Recordemos sin más el pequeño cosmos holandés, en el que los objetos llegan a existir maravillosamente sólo por su identidad, todas esas naturalezas muertas, esas marinas, esas escenas de interior- que deben "leerse" no como un catálogo anecdótico, sino a la manera de objetos dotados de sentidos casi siempre magistrales, aunque del orden puramente óptico.

Captado igualmente en lo que concierne a su materialidad y remite a un significado estable, sin conceder privilegios a tal o cual de sus cualidades, sin interesarse en su significación simbólica, el objeto pintado por- Alberto Soto es, en substancia, como el del realismo holandés, catártico. Purificado de sus "avatares", retira limpia y casi que pudorosamente de todo asedio que pueda ser ajeno a su objeto y perteneciente, digamos, al orden de la literatura, de la retórica, de la elocuencia, lo que equivale, como se sabe, a amenazar la idea misma de la pintura. El espectador ve entonces en la obra una reproducción fiel. Un cuadro con un gran contenido de realidad, pero dentro del fulgor y el temblor de la vida, con verdadera fuerza que lo sitúa más allá de un insípido orden naturalista, para el que sería valida la distinción de Juan Leering, según la cual "la pintura naturalista únicamente "copia", mientras el realista, confiere realidad. Inviste a los objetos de un nuevo significado que sólo es realizable pictóricamente"

Evidentemente, deseando pintar tal como vé, es decir dentro de un silencio que funda y establece irremisiblemente el límite del objeto, la obra de Alberto Soto, entrega sin embargo, una información intensa, a enorme distancia de una copia trivial. Lejos también de aquellos bodegoncitos que llegan lo más a un cierto "arreglo", lo de ya siempre existente y visible gana en su obra, significación propia, vida y legitimidad. Pues este pintor nunca compone en el sentido tradicional del término, nunca arregla los objetos sobre la mesa. No trata de hacerlos más patéticos o más significativos. Nunca les da una motivación dramática. Purifica las cosas de esos sentidos que indebida y constantemente los hombres solemos depositar en ellas, en el desarrollo de adjetivos marginales o una pintura - pintura.

Pero el realismo de Alberto Soto es admirable, además, en la medida en que afecta al material de la pintura que ha conseguido gozar aun de un privilegio clásico completo: el desnudo. No porque no haya en el país pintores que se ocupen de él de un modo interesante, hasta empaparlo al Hiperrealismo. Pero este desnudo de Soto, aunque tampoco existe más allá de su fenómeno, no tiene punto de contacto con esa temática que recuerda a "Lui" y a "Play -boy". No tiene por- función aparecer como una fotografía estudiada", montada" Sus desnudos no son pares ampliados, ni deformados, ni sometidos a escorzos violentos, a luces y colores insólitos, ni a asociaciones espectaculares o anormales. Soto cree en la fuerza de la vida, y su traslado a los términos de la pintura, (en este caso la acuarela que ha tomado la densidad y casi solidez del óleo, pies, Soto es más que un acuarelista), constituyen la única y suficiente razón de la belleza.

Representando la figura con la máxima intensidad posible en su aspecto, humano, consigue Soto reflejar el cuerpo como sin espejo, y lo constituye ante nosotros en espectáculo, es decir se puede conceder el derecho a ocupar nuestro tiempo. Pero estas formas se captan del mismo modo que como se captan los elementos temáticos de un bodegón: no de un modo filosófico, metafísico o idealista. En franca exposición de sus capacidades propias, el asunto permanece allí, como algo digno de ser visto; ya se trate de un caballito chino, un torso, un desnudo, un retrato, una cerámica del Carmen de Viboral. No son dobles, ni alegóricos, ni metafóricos. Imponen un solo orden de captación: la vista. Como en la mejor pintura holandesa todo el arte de Alberto Soto consiste en darle a los objetos un "estar-ahí" y en arrebatarle a los humanos un ser "algo". Sin valerse de una psicología o de una metafísica. En un realismo exhaustivo del sujeto promovido a la categoría de objeto, dentro de una pintura viril, fuerte; y excluyente, como h dicho antes de toda derivación lírica.

Mario Rivero